miércoles, 9 de noviembre de 2011

La Palabra (1955) – Carl Theodor Dreyer

Si vemos alguna película de Carl Theodor Dreyer, vemos a uno de los grandes maestros del cine europeo y mundial. Si vemos La Palabra (Ordet), vemos probablemente la mejor obra de Carl Theodor Dreyer, el epítome de sus estilos, de su narrativa, de su poderosa técnica audiovisual, de sus simbolismos, y de sus profundas implicaciones religioso-filosóficas de constante presencia en todos sus filmes. Ver una película como Ordet, del maestro Dreyer, es ver a uno de los maestros del genial Ingmar Bergman, dato éste último que habla por sí solo. La profundidad y realismo que Dreyer le imprime a esta obra es soberbio. Dota a su película de un ritmo pausado, pudiendo llegar a ser denso dentro de la situación que el director desea plantear. Mencioné el hecho de sus simbolismos pues acá está presente, por dar un ejemplo, su personal uso del fuego, la llama de fuego que se enciende en momentos determinados, simbolizando la razón, la sabiduría. Todo esto se potencia con una poderosa presentación visual de los hechos, Dreyer juega con las luces, con los contrastes de blanco y negro, remarcándolos en situaciones especificas para crear un mayor impacto y dotar de mayor carga dramática a su relato.

       


A esto se suma la profunda propuesta reflexiva que hace el maestro danés, en los planos filosófico y religioso, los pilares de su filmografía, que como se mencionó, en esta película se encuentran plasmados en su máxima expresión. La película de Dreyer trasciende una mera intención de narrar una historia, va mucho más allá, es una propuesta de debate en la que inevitablemente nos involucramos, la propuesta es la directa confrontación entre distintos enfoques religiosos -uno conservador contra otro más heterodoxo- que atestiguamos durante todo el filme, del desafío a la verdadera fe, el cuestionamiento de la razón contra la demencia, pragmatismo versus la incorpórea fe. Es por esto que será importante no parcializar por los conceptos religiosos propios de cada uno y evitar evaluar la película como un elemento clerical, pues en su lugar debemos apreciar la película como obra de arte que es, y no nublar la razón, y luego los ojos, con cualquier prejuicio de esa índole. El maestro nos habla un poco a este respecto: "existe una estrecha semejanza entre una obra de arte y un ser humano: una y otro tienen alma, que se manifiesta a través del estilo, el creador fusiona los diversos elementos de su obra y obliga al público a ver el tema con sus propios ojos", siendo esto así, Dreyer concibe su magnífica película manifestando su estilo, ese estilo que fusiona diversos elementos: imágenes, claroscuros, simbolismos, etc. resultando todo en una obra maestra total.



La película nos narra la historia de la familia Borgen, una familia aldeana conformada por el patriarca Morten Borgen (Henrik Malberg), que tiene tres hijos: Mikkel (Emil Hass Christensen), cuya esposa Inger (Birgitte Federspiel) es una de las claves de la película, Johannes (Preben Lerdorff Rye), un obsesionado estudiante de teología que se cree que es Jesucristo en la tierra, el supuesto loco cuya familia lo considera así, y el tercer hijo Anders (Cay Kristiansen), que vive un furtivo romance con la hija del sastre del pueblo, cuya familia es de una creencia religiosa, que, si bien también cristiana, es antagonista a la de su familia. No pocos son los personajes a analizar en esta película, se debe iniciar por la mencionada Inger, que resulta casi central protagonista, la nuera perfecta, la mujer virtuosa, le ha dado dos hijas a Mikel, y está embarazada de un tercer hijo; ella es el personaje que sirve de nexo entre la familia, dueños de la llamada cordura, y Johannes y los niños, pues ellos son un mundo aparte, ellos sí tienen fe. Viene después Johannes, el considerado lunático, que perdió la razón, un personaje cuya inmediata vinculación con El Quijote es casi inevitable, el personaje que pierde la razón de tanto leer libros de religión, en vez de caballería, es capaz de enfrentarse a los molinos de viento, su propia familia carente de fe, a quienes exige que crean, que tengan una fe verdadera, todos lo toman por loco, pero él es el único que ve las cosas como son, su locura lo dota de humanidad, y de sensatez y sensibilidad extraordinarias. El paralelo con el Quijote es aún más profundo, pues Johannes finalmente recobra la razón, observa al mundo, y lo reconoce y define como un tiempo podrido, insalvable. 





El filme comienza con la familia en su hogar realizando labores cotidianas, y de pronto vemos a Johannes que se escapa, y rápidamente adoptará un comportamiento de profeta, lanzando discursos mesiánicos, hablando como si fuera Jesús; la voz del actor, su actitud al momento de hablar, como si su palabra fuera ley, colaboran a esa aura profética. La familia entera cree loco a Johannes, todos, excepto Inger, ella lo compadece, ella hace lo más cercano a entenderlo. Luego, el hijo menor Anders revela que tiene una relación secreta con Anne Petersen (Gerda Nielsen), la hija del sastre Peter Petersen (Ejner Federspiel). Inger acepta ser la intermediaria y tratar de convencer a Morten de esta relación, y en la secuencia donde le habla sobre esto, Dreyer ambienta escenas donde ella es lo más blanco del encuadre, ella resalta como un ente blanco, resalta impoluta, inmaculada, es lo más puro del filme. Otro detalle positivo del impecable trabajo narrativo/visual de Dreyer lo apreciamos en la secuencia donde habla Johannes dentro de la casa, con pausados viajes de cámara, que resaltan el aspecto oscuro de Johannes, estos movimientos de cámara a la vez permiten que apreciemos “toda la foto”, nos hacen sentir que apreciamos el plano general completo de la escena, escena que se ve reforzada cuando Johannes prende las velas, uno de los mayores simbolismos dreyerianos, el fuego encendido, como Johannes dice, su luz que debe brillar en la oscuridad, excelente secuencia de Dreyer, donde combina ambos aspectos indivisiblemente: el narrativo y el visual.





Uno de los aspectos más sólidos de la película es la forma en que Dreyer enfoca a los personajes con mayor falta de fe: como el esposo, luego viudo desesperado, también la pareja cuyo amor imposible les hace pensar en cambiarse de religión, todo esto confrontado con la fe ciega de Johannes conducen al debate del cuestionamiento de Dios, el sentido de la oración, de cómo oramos, y si somos escuchados en esa oración, es esta una seña de inconfundible herencia e influencia que luego apreciaremos estilizada por Bergman: el silencio de Dios, la incertidumbre que ese silencio produce, el maestro sueco lo retrata en su magistral trilogía; ver a Dreyer es ver al individuo que influyó decisivamente en obras como esa. Luego, en la película el nuevo pastor del pueblo visita a los Borgens, y él también cree loco a Johannes, él, representante de la religión, cree loco al único personaje con la visión clara de la fe, ojo a las marcadas ironías dreyerianas. En una secuencia, vemos cómo Morten se opone a la unión de su hijo con Anne, y Mikel afirma que lo que su padre teme es que la fe de Anne acabe por imponerse a la fe de Anders, se representa aquí la confrontación de ambas religiones, cristianas, pero que difieren en sus formas. Pero Morten al enterarse por Anders que el sastre Peter considera al joven Borgen no lo bastante bueno para su hija, va personalmente a enmendar la situación.





Tiene lugar allí una secuencia de las más importantes, cuando Morten visita al sastre Petersen, y lo encuentra impartiendo una ceremonia religiosa, donde nuevamente se encienden las flamas de la razón y fe, y donde los creyentes visten todos de negro. Tras ese momento litúrgico, Morten y Peter sostienen una conversación sobre sus hijos, su relación, y Peter afirma imposible la unión, las diferencias de religiones son insalvables, y se va acalorando la discusión. Mientras tanto, Inger cae terriblemente enferma, y el enfrentamiento se tensa al máximo cuando Petersen llega a afirmar que desea que Inger muera, si con eso puede cambiar la forma de pensar de Morten; muy significativas sus palabras, pues así se expresa su religión, buscando imponerse a otros, aún si ello conlleva una muerte. Producto de la enfermedad, el hijo de Inger muere, es extraído despedazado de su vientre, hecho horroroso que produce la ruptura de la fe, el desesperado Mikel pregunta a su padre por Dios, dónde está Dios, el silencio de Dios. Johannes aparece y recuerda a todos que su falta de fe es lo que los condena, su padre, atormentado, ya ni distingue entre locura y razón, y Johannes le contesta que se está acercando a Dios.




Luego Dreyer hace una exploración del mundo aparte que son Johannes y los niños, pues ellos sí lo entienden, ellos sí creen en sus palabras, y el maestro danés retrata ese mundo paralelo en una prodigiosa secuencia provista de un plano giratorio que hace un giro entero de 360°, nuevamente la visión total que enriquece completamente el momento, que dota de misticismo a Johannes y sus palabras, momento donde la inocencia de la niñez es acogida como la única que reconoce el verdadero camino de fe, impresionante la escena. En la máxima confrontación de pragmatismo versus fe, Inger muere, y un destrozado Mikel pierde por completo la fe, no acepta tal pérdida. Johannes, al ver el cadáver, se desvanece. Tras esto, Johannes escapa de nuevo de la casa, y entonces tiene lugar la  búsqueda del pródigo por parte de su familia entera, narrada a través de unos excelentes encuadres paisajísticos, muy buenos contrapicados, y también uso de barridos para señalar paso de tiempo, en una secuencia dotada de gran fluidez y fuerza visual, uno de los puntos altos del film. Luego, un arrepentido Petersen aparece y desconsolado pide el perdón de Morten, y ofrece a su hija Anne como reemplazo de Inger, la hija perdida. 











Finalmente vemos en las últimas secuencias que Johannes regresa, y regresa “lúcido”, pero con la “lucidez” convencional de su familia, ha cambiado su forma de vestir y hasta de hablar, el viejo caballero Hidalgo Don Quijote de la Mancha ha recuperado la razón, culminó su proceso de sanchificación. En un hecho bastante simbólico, el otra vez consciente Johannes, en su lúcida condición pretende realizar el milagro de resucitar a Inger, algo que tiene escépticos a los demás, excepto a los niños, quienes siempre creyeron que ese milagro sería realizado por su tío. El milagro termina siendo materializado, e Inger, primero durmiente en el ataúd, mueve las manos, abre los ojos, ¡se levanta!, ha resucitado. Todos están maravillados y encantados, y Mikel, el menos creyente, abraza a su resucitada esposa, es un momento celestial, que luego es impregnado por la carnalidad de lo humano, cuando el ex viudo besa con pasión a su mujer, Dreyer primero nos transporta al mundo mágico místico donde todo es posible, donde los milagros pueden ser realizados, para después devolvernos al mundo real, al mundo de la carne, al mundo de los humanos. La escena final es considerada de antología, lo celestial y lo humano están juntos, es el final perfecto para una película de ensueño, hermosa, espiritual, que llama a la reflexión, pero dentro de todo, es una estupenda obra artística.





”El artista debe describir la vida interior, no la exterior. La facultad de extraer es esencial a toda creación artística. La abstracción permite al realizador franquear los obstáculos que el naturalismo le impone. Permite a sus films ser no solamente visuales, sino espirituales", afirmó el genial danés, nos habla que el cine no debe mostrar los fenómenos exteriores, sino los internos, es esto un desafío mayor, mostrar el mundo y los conflictos interiores, y Dreyer se valdrá de su amplia gama de recursos técnicos de realizador absoluto para terminar ésta, una de sus obras mayores, sino la mayor. Dreyer forma parte de la historia selecta del cine, es influencia directa de diversas generaciones, por ejemplo de otro gigante como es Ingmar Bergman, uno de mis favoritos, e influye directamente también en su heredero coterráneo, el irreverente y provocador Lars Von Trier, quien afirma mantener constante comunicación con su finado mentor. Habiendo directores como Dreyer, tenemos muchísimo por ver, muchísimo por analizar, y aún más por disfrutar. Por lo pronto, veamos Ordet con todo el entusiasmo que la obra maestra de un colosal cineasta merece y exige. Arte en estado puro.


     

     


  

3 comentarios:

  1. horrible, panfletarismo cristiano puro, ayer me la vi y se me hizo demasiado camandulera para mi gusto, solo falto.que cantaran la cancion del granito de mostaza, particularmente para mi el cristianismo es un atentado contra la razon y me molesta que le hagan propaganda en el cine.

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    1. Pobre hombre, sigue estudiando a ver si comprendes algún día el calibre de las simplezas que has dicho en sólo tres líneas.

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  2. Hay que tener el juicio necesario para, al margen de nuestros pensamientos o filiaciones de cualquier índole (políticas, sociales, religiosas, etc), sepamos apreciar lo que es, arte. No leí en tu comentario una critica o comentario sobre lo que es, una película.

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