sábado, 18 de agosto de 2012

Gertrud (1964) – Carl Theodor Dreyer


Es la presente cinta el trabajo final de una de las mayores luminarias que el cine europeo y mundial ha sabido producir, es el filme culminación de la carrera del formidable cineasta danés Carl Theodor Dreyer, que indeleble impronta supiera dejar en los mayores directores de décadas posteriores, y no en vano la película que ahora nos ocupa ha sido seleccionada para clausurar una etapa en el presente blog, Cinestonia. El filme es la adaptación de la obra teatral homónima del mítico dramaturgo sueco, Hjalmar Söderberg, referencial literato que serviría de primigenia fuente para adaptaciones de otras luminarias cinematográficas, entre otros, sin ir más lejos, del inigualable sueco Ingmar Bergman, a su vez uno de esos mencionados genios fuertemente influenciados por Dreyer, pero en este apartado se ahondará mucho más, más adelante. El memorable filme presente nos retrata la historia de Gertrud, una mujer que vive y dedica su vida a la búsqueda de un amor ideal, de un amor perfecto, un amor al que pueda ella entregarse sin condiciones, y que reciba a cambio exactamente lo mismo. Empero, su tenaz búsqueda no encontrará un amor a la altura, su amor sin ataduras ni reservas no encontrará adecuado receptáculo, teniendo sendos fracasos en sus relaciones con tres hombres, relaciones que serán el vehículo a través del cual el filme nos irá desnudando a la protagonista, sus intereses, angustias y finales resoluciones. El filme es un estupendo compendio de esas exquisitas y únicas directrices de Dreyer, impregnado de todo el poder expositivo, estético, y de puesta en escena que este remarcable danés pudo alcanzar, es una suerte de testamento artístico, una obra mayor.

      



Se inicia la cinta en una residencia, donde Gustav Kanning (Bendt Rothe) llama a su esposa, Gertrud (Nina Pens Rode), mujer que, mostrándose fría y distante, ida, le reclama que antepone su trabajo a ella misma. Así, él, abogado, se irá a reuniones de sindicatos, intentará un treta política, ella se irá sola a la ópera, pero Gustav le increpa dos nombres, Gabriel Lidman y Erland Jansson, nombres de su pasado. La madre de Gustav (Anna Malberg) los visita después, visita que es acortada por Gertrud, que le informa a su esposo que lo abandonará, el amor se extinguió, no tolera más estar en segundo plano, después de su trabajo, le dice que ama a otro, y aunque esto causa pesar en Gustav, no hay vuelta atrás y ella se marcha. Apenas saliendo de la casa, afuera la está esperando Erland (Baard Owe), artista a quien ella ama, pero a quien prontamente también reclama que la deja en segundo plano, por su arte, rememora ella sus pasadas vivencias en un flashback, él tocando el piano, ella acompañando con el canto. Gertrud, símilmente, le dice a Erland que no tolera estar relegada, y es que Erland está más preocupado por vivir intensamente que de ella, nuevamente Gertud queda desplazada. Gustav se irá a una travesía artística pero cuando Gertrud le dice que ya es libre, cambia su proceder, mientras le pide que se atreva a consumar su unión. El acongojado Gustav en vano la busca en la ópera, pues Gertrud está en casa de Erland, enamorada, accede al pedido del artista.





Luego, en la reunión importante de Gustav, donde está Gertrud también, se agasaja al gran poeta del amor, Gabriel Lidman (Ebbe Rode), a quien Gustav dedica solemne panegírico. Gertrud, que se siente mal, es atendida por su amigo Axel Nygen (Axel Strøbye), y luego Gustav le pide que rectifique su decisión, aunque todo es en vano; le afecta saber que Erland revela y se pavonea de sus conquistas amorosas, siendo ella la última en publicarse. Poco después, Gabriel hace lo propio, le pide explicaciones a Gertrud de porqué le dejó, llora el poeta, y luego Gertrud canta a pedido de los asistentes, otra vez con Erland al piano, pero ella se desvanece. Ya recuperada, le dice a Erland que se irá, le pide que la acompañe, pero el desempleado artista le dice que no, que ama a otra mujer, que le embarazó, cruelmente le dice a Gertrud que no es ella a quien ama, pues es muy orgullosa. Luego, Gabriel se retira, ruega a Gertrud que vuelva con él, pero de nuevo, ella dice que no hay marcha atrás, su preponderancia a gloria, fama a y dinero, los separó, le rememora cuando halló un escrito que aseveraba esto, sufre Lidman. Gertrud llama luego a Axel, se movilizará a Paris, le pide le arregle su inscripción a la Sorbona. Por su parte, Gustav triunfó en su cometido, es Ministro, Gabriel se marcha apesadumbrado, Gertrud también se irá, finiquita definitivamente a Gustav. Muchos años después, una envejecida Gertrud recibe a un también anciano Axel, le devuelve unas cartas recibidas años atrás, y le lee un poema suyo, donde, por encima de todo, está el ser amada, el filme ha terminado.





En el presente filme, el trabajo de cámara de un prodigioso dómine del cine se manifiesta desde el segundo inicial, el maestro danés no espera para dar rienda suelta a su talento, desde el comienzo hace gala de sus facultades y aptitudes, pulidas tras décadas de trabajo, décadas consolidando imperecederos trabajos cinematográficos, se siente como si hasta el menor detalle no pudiera ser realizado con tan pasmoso como sereno dominio, sorprendentemente parsimonioso es ese trabajo de cámara. No vamos, todavía, a sus encuadres, ni a la composición de los mismos, de sus escenas, sino a la parsimonia con que la lente sigue a los personajes, inigualable esa característica, desde el segmento inicial, en que aparece Gustav primero, Gertrud después, la cámara sigue con sutileza y precisión al protagonista de la acción, ese parsimonioso seguimiento dota de plácida serenidad, de sobriedad a la narración, y dota de también serena expresividad al relato visual. Así, se produce algo muy remarcable, la cámara y Gertrud se mueven casi al unísono, se consigue una poderosa unidad expresiva, solidez de una compacta expresividad, esto consigue que el protagonista de turno, en este caso la actriz, se vuelva indiscutible e ineludible centro de la acción, meollo de lo que se representa, el centro dramático de lo que sucede, lo que refuerza y potencia la interpretación de la actriz, y claro, el personaje nunca sale del centro del encuadre, la parsimoniosa cámara se encarga de esto con quirúrgica precisión, sólo variará levemente el entorno, jamás el meollo dramático. Este notable trabajo expresa, asimismo, otra de las grandes características dreyerianas, la teatralidad que impregna su filmografía toda. Y es que Dreyer era un hombre estrechamente vinculado al teatro, y el presente filme, adaptación del notable dramaturgo sueco Hjalmar Söderberg, mezcla lo mejor que ofrece ese refinado arte, esto es, la solemnidad y solidez de sus encuadres, de sus perspectivas y concepción escénica, con lo mejor del cine, la movilidad y multiplicidad de la lente, se moviliza esa inteligente y precisa concepción, esto se aprecia en las secuencias en que se pasa de planos medios, a planos americanos, se refuerza la expresividad, se refuerza la teatralidad impregnada de cine. Con Dreyer, el teatro y el cine, dos artes Cntimamente ligados, se fusionan, se amalgaman para producir un arte mayor, en el que se funden los mejores atributos de ambos en un único y superior producto, contundente, sereno, sólido, un resultado al alcance solo de los más dotados artistas, como en efecto lo fue este memorable danés.








Mencionada la parsimoniosa forma de materializar sus encuadres vayamos ahora a sus encuadres mismos, y a lo que encierran. Alcanza Dreyer niveles mayores en este apartado, en interiores, volviendo a la secuencia inicial, cuando Gertrud anuncia que dejará a Gustav, emplea Dreyer todos los elementos de la residencia, es como si todos los objetos, cuadros, muebles, espejos, floreros, todo lo terreno y mundano formara parte de la escena, se vuelven parte de la expresividad del momento, y están dotados de una armonía que se complementa con la actitud de la protagonista, sus encuadres, fijos mayormente, que tienen únicamente la movilidad precisa, rebosan además de una distribución en la composición que refuerzan esa armonía. Los objetos se implican tan íntimamente en la expresividad de lo que sucede que se plasman con mayor poder en la secuencia de Gertrud, cantando para deleitar a los asistentes a la importante reunión de sindicato, con Erland tocando el piano, y con un cirio que sirve de marco para el encuadre, se magnifica la figura del objeto, se enriquece así el mencionando encuadre, y se dota a la imagen final de una ligazón armónicamente pictórica, jugando con las dimensiones de objetos y personas, generando esas imágenes semejantes a  cuadros, a una viviente y serena pintura musical. Sí, los objetos también están facultados para expresar, son un silencioso acompañamiento, y cuando los objetos, en su paz y quietud, se ausentan, dejan lugar, por ejemplo, a las sombras; de una u otra forma, siempre hay algo, siempre hay un acompañamiento a la acción, al protagonista, siempre se refuerza y compacta lo que se expresa. Este trabajo se plasma también en un excelente dominio de interiores por parte del cineasta, la armonía de su composición queda manifestada, los sutiles contrastes, sutiles contraposiciones de luz y sombra, rebosan de la mencionada armonía, que, empero, buscan una tonalidad de tendencia oscura, amalgamándose con los momentos en que habla Gertrud, mayormente para expresar su congoja, su pesar de ser relegada; el trabajo atmosférico, pues, se complemente con lo que se quiere expresar, se consigue mayor unidad expresiva, y se alimenta la densidad y dramatismo. Estas elocuentes representaciones tendrán una sensible variación cuando se busque plasmar secuencias de marcada y diferente naturaleza, esto es, las secuencias de los flashbacks, las representaciones de las remembranzas. Estas secuencias están dotadas de un suave y sutil halo onírico, delicado surrealismo que no llega a despegar, empero, de la terrenalidad, se sienten aún acciones humanas, pero enmarcadas en una tenue densidad, como lo refleja la imagen tibiamente etérea, un aire ciertamente onírico impregna ambas secuencias de recuerdos, siendo, naturalmente, más etérea la secuencia de Gertrud con su delicado canto, y Erland tocando el piano.








En Gertrud, lo que el maestro danés había ido ya consolidando, lo continúa, la paradisíaca atmósfera del inolvidable milagro de resurrección en Ordet, se continúa en este filme, el logrado paraíso terrenal, y su etérea ambientación, se consiguen en este trabajo, más sensiblemente en las secuencias de los flasckbacks, sin embargo, ese tratamiento está presente durante todo el filme, ese trabajo de cámara y sus movimientos tienen buena cuota en esto. Memorables son asimismo las secuencias en el lago, donde se alcanzan las cúspides de muchos de los aspectos descritos, la armonía incontenible ha conseguido rebasar los límites de los interiores, ahora impregna los exteriores, ahora se fusiona su serenidad con la solemne naturaleza, una naturaleza más quieta que nunca, es el marco de íntimas conversaciones, las íntimas conversaciones que son vitales en la historia, brillante su construcción, que servirá también de vehículo narrativo, expresivo, herramienta invaluable para ir conociendo a los personajes y sus complejos universos, especialmente, claro, el de Gertrud. El segmento mencionado, en el lago, es único en su concepción durante el filme, y la luminosidad alcanza su máxima expresión, su brillo emana poderosamente del fondo y se distribuye sobre toda la escena, intenso fulgor lo domina todo, sólo los árboles interrumpen y mitigan, cortando, esa incontenible y expresiva luminosidad, se forman marcados contrastes, limpieza y naturaleza juntas en un momento clave, Erland, tras ser sabido que divulga ruinmente sus conquistas amatorias, confiesa a Gertrud que la dejará, que ha embarazado a otra mujer, y que no la ama a ella, que es muy orgullosa; el individuo a quien más amor había profesado, y a quien se entregó toda, destroza por completo la quimérica obtención de su amor pleno. Ya sea el trabajo la primera vez, ya sea el libertinaje, la segunda, y el trabajo nuevamente en el tercer caso, su búsqueda del amor omnia será inviable, será infructífera, el fracaso es la condena de su empresa, pues no hay quien se entregue ni tome un amor completamente, no como ella lo desea.








Otro aspecto a notar en el trabajo viene a ser el atrezzo, al mencionado atrezzo, cuadros y espejos mayormente, que complementan y dan equilibrio a los interiores apartados, y se manifiesta nuevamente un gusto y una eficiencia en plasmar interiores, esas exploraciones de interiores que realiza tan exquisitamente con la movilidad de su cámara. Se siente un trabajo por el que siente predilección Dreyer, la forma en que lo captura todo, lo explora todo en ese espacio menor, es una forma magna de captar espacios en efecto reducidos, estilo que se apreciaría no poco en las inolvidables secuencias de Johannes Borgen en Ordet, esa magna y total exploración de interiores es una característica sensible de un Dreyer ya curtido, que manifiesta, tras toda una cerrera perfeccionando su estilo, que las décadas no han pasado en vano para el maestro, su dominio es total. También están las velas, simbólicos y significativos elementos, que siempre tienen una presencia y un papel importantes. Aparecen en un momento apagadas, Lidman y Gertrud hablan, el primero las enciende, y entonces conversan, ella confiesa que su relación es irrecuperable, insostenible, y se juntan dos caras opuestas en un solo plano, memorable imagen en la que el rostro de Gabriel y el de Gertrud, que se refleja, mirando a horizontes distintos, se cruzan en sus miradas, se captan juntos y manteniendo diálogo, la luz de la vela trae una revelación. Y claro, tras terminarse la conversación, se termina la iluminación, ella apaga la vela, la íntima conversación ha terminado, la iluminación, la luz de la vela, también. Este expresivo recurso, solemne y lleno de significado, tiene una importancia y validez tal, que es uno de los aspectos que llegan a mantener fuerte influencia sobre otros cineastas notables de décadas posteriores pero que supieron reconocer un excelente medio de tan profunda expresividad. Cuando la vela está encendida, es como si la vida hubiera llegado a poblar las secuencias, es como poner vida sobre lo ya muerto, los pensamientos se aclaran, se va viendo en efecto la causa de lo que sucede, los rompimientos definitivos sentimentales, la luz de la vela siempre aparecerá para un momento revelador. Aquí quiero señalar que este elemento se siente íntimamente ligado al cine de otro titán, del sueco Bergman, en una de las obras más logradas e imperecederas del nórdico, la inolvidable Gritos y Susurros (1972), se aprecia el mencionado trabajo, la flama de una vela que se enciende y se apaga en momentos claves, momentos muy íntimos, íntimas conversaciones, la sabiduría y simbólica iluminación es un recurso que Ingmar supo también reconocer, y adoptar para plasmarlo en su propio arte, es un recurso mayor, repleto de belleza y solemnidad, que emparenta y vuelve hermanas a las películas, además de la utilización también, aunque breve, de sensibles cellos que multiplican sensaciones en determinados segmentos, un apartado en el que Bergman luego alcanzaría inigualables niveles junto a Bach. Dreyer y Bergman, Bergman y Dreyer, mayúsculos apellidos cuyas obras están fuertemente ligadas.







La imagen que nos ofrece Gertrud, desde el instante inicial de su aparición, es el retrato de una mujer distante, evasiva, cuya mayor evasión es la realidad, hay un pasado que se siente ella está ocultando, se muestra evasiva, hermética, como de una ausente presencia, inactiva, es la acritud de una mujer que se está desconectando de este mundo, en el que no existen los ideales que ella está buscando. Particularmente notable, en su encarnación, su mirada, siempre apuntando a una dirección que escapa a la realidad, que escapa al presente, que siempre mira a un espacio en off, como estéril, hábil recurso de la intérprete que plasma a un personaje que está cada vez más desconectado de este mundo, y que eventualmente, acorde a su concepción, la llevará a auto exiliarse del mundo, a escindirse de un escenario que no le ofrece lo que ella busca incansablemente, pues su perenne búsqueda del amor ideal está condenada al fracaso. Únicamente con Erland, ella da muestras de mayor actividad, sonríe, de alguna forma, vive de nuevo en este mundo. Tiene la fémina un sueño que persiste en su mente, ella, desnuda, es perseguida por salvaje jauría, y cuando es alcanzada por los cánidos, despierta. Ella no puede concebir otra cosa que el amor perfecto, el amor total, amor omnia, para ella se define de esa forma, no existe otro amor que ese, pleno, sin restricciones, sin condiciones, sin reservas, es una entrega plena y total, en la que no hay nada más importante que la otra persona, lo intentará, opciones y propuestas le lloverán, pero sendos serán sus fracasos en hallar lo que busca. Es Gustav primero quien la defrauda, individuo que antepone su trabajo y su ambición por escalar socialmente, no satisface la necesidad, casi famélica, de estar en primer plano para su amado, jamás un segundo plano le bastará. Luego Erland, el artista mujeriego, que vive intensamente, su espiral de lívido no deja lugar para ella tampoco, que ve destruidas sus esperanzas con el único a quien se entregó toda, se consumó el amorío, pero ella recibe a cambio humillación, un patán que se pavonea de sus conquistas y divulga sus intimidades. Gabriel Lidman, el sensible poeta del amor, es quien se asemeja más a Gertrud en lo que busca, más no en la forma en que lo hace. Él busca un amor ideal, incondicional, algo muy suyo, ligado a su arte, lo emparenta a su amada, pero finalmente, aparentemente todo es somero, superficial, el escrito que Gertrud encontró es lapidario, trabajo y amor son para él irreconciliables, enemigos natos, y otra vez, ella se quedará sin espacio preponderante, Gabriel sufre, llora como ninguno de los otros dos, pero, como a menudo pasa, no hay marcha atrás. La singular mujer es el objeto de deseo de todo ser masculino, sí, le sobran ofertas, pero ella no tiene otro remedio que rechazar cada ofrecimiento, no encuentra el amor pleno que busca que la satisfaga, el rechazo es el único camino, el final exilio es la única manera, escindirse brutalmente del mundo que no la comprende es la salida, envejece ella, cual ermitaña,  Axel se convierte en su único y final nexo a este mundo, y cuando quema las cartas que le envió en un lejano pasado, lo que queda de la tenue conexión termina por romperse, ahora ella no tiene ya ataduras a este mundo. Gradualmente Gertrud será derrotada, su incansable búsqueda del amor omnia encontrará sendos fracasos, sendas desilusiones, diversas causas que despezarán su idealista corazón, que la llevarán al autoexilio. Cuando vemos a una Gertrud ya envejecida, ya derrotada y que abdicó en su búsqueda de ese objetivo inalcanzable, lee unos versos, los únicos versos que escribió en su vida, en su juventud, es un poema, tan escueto como elocuente, en el que ella pone, por encima de todo, el ser amada, por encima de la belleza, por encima de la juventud, por encima de la vida misma, un rótulo que desea figure en su epitafio, ella ciertamente está buscando ese amor absoluto, su triste búsqueda la sumirá en la escisión absoluta de este mundo, la convierte en una ermitaña. Se necesitaba una actuación memorable para el filme, una interpretación sólida, encarnación sin fisuras, un trabajo como el que en efecto materializa la danesa Nina Pens Rode, coterránea actriz del realizador, que curiosamente es de reducida producción actoral, escasos seis filmes tienen su cúspide en este trabajo, trabajo por el que la actriz alcanzara la inmortalidad. Memorable su actuación, con ese permanente aire de desconexión, de irse poco a poco desligando de un mundo que no ofrece lo que se busca, su mirada perdida, perennemente buscando algo, apuntando al espacio en off, nos grafica su sentir, evadiendo siempre el mundo, solamente parece vivir con Erland, su final desilusión significará su total rompimiento con el mundo, y la actriz está excelente, ensimismada, abstraída, sólida, ser la protagonista en el filme final de Dreyer es algo ya para la posteridad, y mención especial cabe para el detalle de que Ebbe Rode, Gabriel Lidman, es su esposo en la vida real. Ella es la pieza que completa el impecable trabajo de un filme mayor, un filme con que se despide una soberbia luminaria del cine europeo, del cine mundial, Dreyer es un cineasta que comúnmente no se cita a menudo cuando se trata de hablar de los directores mayores en la historia del séptimo arte, pero es un artista que ciertamente tiene lugar preferencial a la hora de sentarse a la mesa los mayores titanes de este arte, es inolvidable este gran danés, y su último filme, es el seleccionado para cerrar una etapa en el presente blog, Cinestonia alcanza, con Gertrud, un año publicando un artículo, una crítica, diariamente, este exigente régimen tiene su culminación con este trabajo. Gracias a Dreyer, y ahora, a mirar al futuro.











Carl Theodor Dreyer
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