


El descomunal filme se siente
sólido en muchas de sus facetas, desde su presentación audiovisual, potente y
mórbida, hasta su puesta en escena, la que desde un inicio nos anuncia pues un
trabajo memorable. Así, es abrumador el comienzo del filme, con esos
descomunales travellings en los que nos deleita con las imponentes panorámicas,
las majestuosas montañas y nevados, la interminable carretera con un vehículo
que viaja cual insecto entre la grandiosidad de la naturaleza, coronada por un
cielo como omnipresente vigilante, mientras una bizarra música nos ambienta el
seductor espectáculo. Verdaderamente notables esos clásicos y magníficos
travellings, monumentales imágenes que en repetidas ocasiones serán una suerte
de parsimoniosa apertura a diversos segmentos, siempre con las majestuosas
montañas, y el inconmensurable firmamento, despejado unas veces, nublado otras, representando los distintos tiempos que transcurren, y en los que las
acciones tienen lugar. Esto ayuda en buena medida a otro gran mérito del
filme, su estructuración narrativa. Los eventos suceden aisladamente,
encasillados en determinado periodo de tiempo, en particulares y herméticos
apartados, y es esta estructura narrativa y expositiva la que refuerza el
aislamiento que justamente domina todo, ese hermético aislamiento y esa soledad
a todo impermeable que terminan por desquiciar a Jack, esos segmentos serán
pues, en muchas veces, aperturados por los travellings, los pausados y
parsimoniosos viajes por los paisajes, una parsimonia que naturalmente se siente
impregnada de ese halo de siniestra maldad, de creciente demencia. Lo
mencionado anteriormente, la música, a cargo de las notables féminas Rachel
Elkind y Wendy Carlos, también destaca con nitidez, cobra importancia vital, es
una generadora única de la infectada atmósfera, que se funde perfectamente con la
podredumbre y bizarría que gobiernan en el hotel, demenciales sonidos ajenos a
lo humano, potencian y refuerzan la creciente y perenne locura.
Y Kubrick no espera mucho para ya
introducirnos en el demencial y sórdido universo de El Resplandor, apenas tras haber llegado los infelices desgraciados
al escenario de su futura perdición, prontamente se manifiesta la inmortal
secuencia del mar de sangre que aparece y lo inunda todo, para luego aparecer
las niñas, siniestras en su hierática presencia, el máximo terror, la máxima
demencia pronto se materializan, todo es una alucinación, aunque ciertamente
esas bizarras y sanguíneas alucinaciones poco a poco se van materializando e
interactuando con una aberrante y sórdida realidad. En eso radica el abrumador
poder del filme, en que está dotado e impregnado perennemente de un
sobrecogedor terror sicológico, pues ciertamente durante toda la primera parte,
y en buen porcentaje de la segunda, no sucede en efecto nada, es la tensión, es
la maldad que van creciendo, al igual que la angustia, angustia y tensión que
van apoderándose gradual y geométricamente del atormentado Jack, y claro, del
espectador mismo, que ve cómo la maligna presencia que habita en el bizarro
hotel, va tomando forma y materializándose en sobrenaturales tormentos y
apariciones que terminan siendo mucho más que meras e irreales alucinaciones. Durante
ella mayor parte del metraje, el terror es pues mayormente sugerido, poderosa y
densamente sugerido e insinuado, solo al final comienza Torrance ya a actuar
completamente poseído por la malignidad de ese inmenso recinto, la nueva carnicería
tendrá lugar. En otro apartado, resalta la forma en que Kubrick juega con su
trabajo de cámara para mostrarnos la tensión y locura que se van incrementando,
particularmente notable la inolvidable secuencia de Jack atacando a su mujer, a
Wendy en la escalera, en la que el furibundo y desquiciado atacante es captado
por la cámara en picado, pero, opuesto a lo que esta técnica normalmente
plasma, a la directriz que se busca con su utilización, la figura de Jack se ve
enaltecida, engrandecida, maximizada, es su presencia la que se siente
dominadora, poderosa, apabullante, y la de Wendy, captada en contrapicado, se
ve empequeñecida y dominada, atormentada y sometida, frágil ante la imponente
figura del descomunal Nicholson; es soberbio el trabajo de Kubrick para
conseguir un efecto que es exactamente opuesto al que se busca con la técnica y recurso que
utiliza, algo de notar y que mucho también tiene que ver con la espeluznante
encarnación del sensacional y confeso fanático de los Lakers, el gran Jack.


Complementando lo analizado sobre su trabajo de cámara, son de notar los encuadres de su narrativa, que deviene en su perspectiva del enfoque, que nos adentra exactamente detrás de la perspectiva del protagonista de turno, detrás de Danny y su triciclo, la cámara recorre hábilmente lo mismo que el psíquico infante, evidentemente también el trabajo al final del anterior párrafo comentado, y la secuencia final, la final persecución a Danny, la desesperada huida de éste, con la cámara que ahora lo sigue en ese frenético recorrido por el interminable laberinto vegetal. Notable trabajo de cámara que nos tiene implicados en la acción, que prácticamente nos hace recorrer lo mismo que el protagonista, correcto el recurso del realizador norteamericano. Y claro, Nicholson, el prodigioso Jack Nicholson, más demencial que nunca, más exigido que nunca, y Jack, por supuesto, disfruta con semejante ejercicio de actuación, el maestro, en plenitud física, da una cátedra sobre bizarras y siniestras interpretaciones, sus gesticulaciones, su interminable repertorio de registros y modulaciones, su ceja, más arqueada que nunca, es uno de sus papeles emblema, es Jack Nicholson en una de sus máximas expresiones, sin caer en el odioso cliché, es en efecto algo más que necesario, es de obligado visionado. A parte del terror sanguíneo, sangriento y psicológico, ambos amalgamados, reposa todo en el maestro Nicholson, es el meollo, el severo orate que rebasa toda línea de cordura, pierde el juicio, el irrefrenable lunático es poseído por la maldad que mora en el hotel, va descomponiéndose gradualmente, se vuelve arrebatado y neurótico, obseso y desequilibrado, nos deja la inolvidable e icónica imagen de su desquiciado rostro que se asoma por entre la puerta partida por su furibunda hacha. Además, es correcto el trabajo de Shelley Duvall como la atormentada Wendy, correcta su encarnación y construcción de una fémina de aspecto común, nada extraordinario, frágil, que irá cediendo a la presión y quebrándose ante el gradual enloquecimiento de su esposo. Eran los años en que Kubrick realizaba una obra magistral tras otra, habían pasado nueve años desde La Naranja Mecánica (1971) y cinco desde Barry Lyndon (1975), y el presente trabajo tiene inmortales e imperecederas imágenes, emblemáticas figuras que indeleble impronta dejan en el cine, el inmenso laberinto de arbustos, el pesadillesco río sanguíneo que inunda una habitación y nos toca, inunda también el campo visual de la cámara, las más sórdidas figuras, junto a las aberrantes imágenes de las niñas muertas, imágenes que generaron un corte en la edición británica, con más de veinte minutos de material mutilado, obviamente el más fuerte y, para los más sensibles, chocante. Es la edición yanqui, de muy escasa circulación, la íntegra. Descomunal filme de culto, de lo mejor de este ilustre cineasta yanqui, no en vano siempre presente en lo más alto de los listados de los más terroríficos filmes de la historia, es un memorable trabajo, inolvidable ejercicio que combina como muy pocos otros, suspenso y terror, es pues una obra maestra, obligada,
Me gustó mucho tu post, es real que esta película es de las más fuertes y perturbadoras que haya visto, tiene escenas escalofriantes, yo la vi en las películas online de hbo y me parece que es estupenda, tiene encuadres y la estética visual, que son impresionantes; yo creo que es de lo mejor de Kubrick.
ResponderEliminar