sábado, 31 de diciembre de 2011

Ladrón de Bicicletas (1948) – Vittorio De Sica

La obra insignia del neorrealismo italiano, la obra referencial de este movimiento, por cuyo nombre, con solo escucharlo, nos remitimos al cine italiano, y a uno de los mejores logros que el arte cinematográfico ha tenido en ese país. Fuerte dosis de realidad, nada más, ni nada menos que eso, la realidad explorada en un país al que la Segunda Guerra Mundial, por ser Italia uno de los principales involucrados, dejó en la ruina total, desesperanza y desolación, sufrimiento y austeridad, desempleo y estancamiento social. Esa constante angustia y desesperación se tradujo en una respuesta al inocuo, enmascarado y benigno cine que se practicaba hasta entonces, se sintió la necesidad de plasmar lo que realmente ocurría, ya no en un mundo bellamente acondicionado para el cine, sino lo que pasaba en las calles, lo que le pasaba a la gente del pueblo, a la gente que simplemente, vive en la realidad. Innegablemente considerada como una de las mejores películas de todos los tiempos, numerosos directores norteamericanos, y muy ilustres, de la talla de Stanley Kubrick, John Huston, Joshua Logan, entre otros, votaron esta pieza maestra como la segunda mejor película de la historia a su personal juicio; considero que, siendo ellos yanquis, no hace falta mencionar cuál fue su predilecta. Marlon Brando, Henry Fonda, entre otros, también expresaron su profunda admiración por este pedazo de arte, y por su realizador. Obra, tácitamente, de obligado visionado.

        


Nos ubicamos, evidentemente, en tierras italianas, en una calle venida a menos, hay una gran reunión de desempleados, una suerte de mitin callejero, todos rodean a un individuo, que está dando empleos. Es allí que Antonio Ricci (Lamberto Maggiorani) obtiene uno, pegando anuncios en las paredes, aunque no tiene el único requisito para el empleo: una bicicleta, pero ante la terrible escasez laboral, acepta el trabajo. En su casa, donde no hay ni agua, la austeridad es también sensible, y su mujer, María (Lianella Carell), enterada de la situación, decide vender sus sábanas para obtener dinero y sacar la bicicleta que habían dejado en una casa de empeños. Recuperado el vehículo, hay felicidad en la familia, de los esposos y del hijo, Bruno (Enzo Staiola). Antonio comienza pues a trabajar, pero cuando apenas está pegando el primer anuncio, unos delincuentes le roban la bicicleta. Desilusionado, va a sentar la denuncia por el robo, pero la policía poco puede hacer al respecto. Abatido, evita ir a casa, pero María ya se ha enterado, y sufre,  Antonio pide ayuda a un amigo suyo, irán al mercado negro a buscar la bicicleta robada. Allí, hay infinidad de bicicletas, partes y repuestos, planean ubicarla por partes, para después reconstruirla, pero fracasan, no encuentran nada.




Luego, Antonio, acompañado de Bruno, cree avistar al ladrón, hablando con un anciano, al que sigue para preguntarle el paradero del delincuente, lo hostiga hasta en un servicio de comedor popular, pero le pierden el rastro. Frustrados, padre e hijo  tratan de olvidar todo comiendo y bebiendo, y en el restaurante ven la diferencia con unos comensales de clase acomodada, Antonio no puede evitar lamentar la pérdida de la bicicleta, y lo que el trabajo hubiese representado para su familia. Sin esperanzas, hasta visita a la quiromántica de su esposa, práctica que consideraba absurda, y de pronto, avista a quien asegura es el ladrón, lo persigue hasta su vecindario, siempre acompañado por su hijo Bruno. El desesperado padre arma un lío ahí, gran algazara con los vecinos que defienden al joven, interviene la policía, y todo se complica aún más cuando el joven tiene un  ataque nervioso, y aún si fuera el ladrón, no hay pruebas, no obtiene Antonio resultados de sus esfuerzos. Crecen su angustia e impotencia, al saber que no tiene un sustento, que no tiene cómo llevar alimento para la familia, envía a su hijo a casa, mientras él, desesperado, roba una bicicleta, pero es atrapado, golpeado y humillado, todo en presencia de su hijo, que es la única razón por la que lo sueltan sin mayores represalias. Finalmente, ambos, abatidos, cabizbajos, caminan juntos, sin rumbo definido, sin esperanzas.





Tan sencilla historia, como monumental al mismo tiempo, una historia de pura realidad, que sucede en un par de días, en un barrio pobre, ya no se trabajan grandes historias con grandes actores, ahora es el drama mismo, el drama humano, personas comunes son los protagonistas ahora, y lo son literalmente, pues están más cerca del pueblo, de la historia que representan, que de ser actores profesionales. Un padre desempleado, víctima de las terribles circunstancias que atraviesa el país entero, no solo del irrefrenable desempleo, sino también de la delincuencia (esto se apreciaría quizás más en profundidad en su película hermana, Sciuscià (1946), con el sobrepoblado reformatorio infantil), cuando le roban el medio por el que puede llevar alimento a su hogar, le roban la bicicleta con la que trabaja, y a partir de ahí, todo será un horrible desfile de sucesos, de eventos desafortunados, cada uno peor que el anterior, una seguidilla de decepciones, que alimentarán la frustración del padre, siempre acompañado por su hijo, silencioso testigo de cómo su progenitor, desesperado, cae en la tentación de robar, pero lo hace por la apremiante necesidad de sostener a su familia. Si en Sciuscià, el drama eran los huérfanos, los lustrabotas, aquí es el desempleado, la angustiante desesperación de no tener cómo sustentar su hogar, de cómo alimentar a su familia, crudísimo drama, terrible situación, en la que, como la película antes mencionada, veremos la gradual descomposición humana, cómo las personas van sintiendo los estragos en su ser de las situaciones extremas a que son expuestos, esto enmarcado en una historia que en su superficie parece sencilla, un robo de bicicleta, y es ahí donde surge la grandeza de De Sica, aflora su genial humanidad para mostrarnos un drama desgarrador, inmortal, presentado en una cinta que sobrevivirá décadas, como ya lo ha hecho.







La película, a la que contribuye otro gestor indispensable del neorrealismo, el guionista Cesare Zavattini, es una obra de arte, una obra maestra, todos sus aspectos son remarcables, desde su notable fotografía, aspecto en el que supera a El Lustrabotas, pues los precisos ángulos, sus bellos encuadres, son profundos, poéticos, dotan a la narrativa y al aspecto visual de un hermoso y a la vez sencillo lirismo, que transmite una humanidad genuina, es uno de los pilares donde reposa la grandeza de la cinta. Y ese es otro de los nortes que persigue el neorrealismo, construir una película sin los complejos tecnicismos del cine convencional que se hacía hasta entonces, se prescinde de los grandes montajes, de los elaborados escenarios, de los artificiales atrezzos, para recurrir a actores no profesionales, a rodar en las calles mismas, en el verdadero hábitat del neorrealismo, donde la pobreza, desesperación y desolación es moneda corriente, y esto, por supuesto, es evidente y sensible en el filme, impregnado al cien por ciento de realismo. Asimismo, otro aspecto que colabora con esto es el trabajo de cámara, algo más ágil que en Sciuscià, pero que no deja de ser una cámara neorrealista, sin excesivo o demasiado vistoso movimiento, pues es una cámara que cumple básicamente un trabajo testimonial, como si la acciones fueran presenciadas con nuestros ojos, sin excesiva elaboración. Otro aspecto apreciable es la banda sonora, que es más un sutil acompañamiento musical, al que no se recurre frecuentemente, pero cuando lo utiliza, De Sica complementa perfectamente determinados momentos, que requieren mayor intensidad, y colabora en la espectacular y desgarradora secuencia final, en la que un excelente acercamiento, un primer plano móvil nos centra en Bruno, giro estupendo de la cámara a su al rededor, mostrando al niño que observa cómo su padre roba la bicicleta, y cómo es atrapado en el acto. Es la secuencia epítome, el clímax sentimental y dramático del filme, vemos el patetismo más crudo, al máximo, el desgraciado padre es humillado delante de su hijo, que llora, lo defiende de la muchedumbre enardecida, entiende la terrible situación que ha motivado las acciones del pobre infeliz, y antes que nada, jamás deja de ser su hijo, está con él en las buenas y en las malas, su compañero en todo el traumático martirio sufrido, único soporte para el desdichado en esa terrible situación, y única razón por la que el hombre es dejado sin mayores represalias, es por lástima, ven los testigos la patética escena que presencia su hijo, es neorrealismo a su máximo exponente, momento enaltecido por el segmento más dramático de ese acompañamiento musical. Película que seguirá viéndose, disfrutándose y amándose décadas enteras en el futuro, así siempre ha sido y así seguirá siendo, es parte del patrimonio de la humanidad, es más que solo cine, es una obra de arte, un pedazo de nuestra historia, que será siempre considerada entre las mejores películas de este precioso arte llamado cine. 










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