viernes, 20 de julio de 2012

La vida es bella (1997) – Roberto Benigni


Una de las cintas más memorables y entrañables del decente y correcto italiano Roberto Benigni, que hace gala en este filme de toda su versatilidad, multifacético individuo que se involucra íntimamente con su obra, escribiendo el guión, dirigiendo y actuando, es un proyecto, pues, completamente de Benigni, sin dudas su filme más reconocido y logrado. Nos presenta el italiano la peculiar historia de un singular judío, con una inherente y abrumadora habilidad de humorista, que, en tierras italianas, a punto de estallar la Segunda Guerra Mundial, inicia un romance que parece perfecto con una mujer local, con la que llegan a tener un hijo. Pero todo se convierte en una pesadilla cuando los nazis ocupan la ciudad donde reside, y él y su familia son llevados a un campo de concentración, donde se exterminan a los judíos, pero el personaje será capaz de recrear una increíble situación lúdica para desviar la atención de su hijo del terrible escenario en el que les ha tocado desenvolverse. Digerible y por momentos enternecedora historia, buen filme del italiano, que realiza hace buenas décadas respetable cine europeo contemporáneo, siendo este su último y probablemente mejor exponente que pueda lograr. Benigni cosecharía por este filme lo que a buen seguro será su mejor colección de reconocimientos, dos estatuillas de los Premios de la Academia, que por aquellos años, acabando el milenio, daban sus últimos suspiros de decencia, además de otros galardones como el BAFTA.


 



En la ciudad de Arezzo, en 1939, dos individuos llegan al lugar, se trata del parlanchín judío Guido Orefice (Benigni) y Ferruccio Papini (Sergio Bini Bustric), luego de ver a una muchedumbre, llegan a una suerte de finca, donde se topan con una atractiva fémina y una niña. Arriban después con el tío de Guido, Eliseo (Giustino Durano), que reside en una casa llena de chucherías, la misma que sufre cierto agravio. Mientras Guido va familiarizándose con el lugar, vuelve a toparse repetidas veces con la atractiva mujer lugareña. Caminando con su camarada Ferruccio, se topa una tercera vez con la mujer, que se llama Dora (Nicoletta Braschi), ella también lo nota, y el locuaz Guido se las ingenia para entrar al colegio donde ella dicta clases, e imparte una estrafalaria clase sobre la superioridad racial italiana, llegando casi a desvestirse completamente. Luego, en la ópera, vuelve a verla, pero ella está comprometida con Rodolfo (Amerigo Fontani), aunque ella no está convencida de su relación. Finalmente Guido la aborda, pasean en auto, caminan bajo la lluvia, van conociéndose y acercándose. Posteriormente, durante la celebración del compromiso de la pareja, el equino de su tío Eliseo es pintado de un surreal verde chillón, lo hostigan por ser judío. En la mencionada celebración, Guido se las ingenia para trabajar como mozo, e ingresa a la reunión montando el singular caballo, y se lleva a la novia, su princesa.





El tiempo pasa rápidamente, y de pronto la nueva pareja aparece ya con su hijo, Giosué (Giorgio Cantarini), los tres pasean en bicicleta por tierra italianas, todo parece ir bien, hasta que un día, Guido es requerido de apersonarse en la comisaría. Eso es solo el inicio de la pesadilla, pues luego encuentran su casa allanada, y sus pertenecíais hechas añicos, los nazis han ingresado a Italia, y todos los judíos son transportados masivamente a campos de concentración, trayecto que es edulcorado por Guido hacia su hijo, diciéndole que todo es un juego. Dora, que inicialmente no había sido capturada, pide que se la lleven también, y de esa forma, todos los Orefice, incluido Eliseo, son transportados a un campos de concentración. Guido va improvisando la mentira, armando la fantasía, le dice a Giosué que todo es un juego debidamente organizado, en el que el gran premio al ganador es un carro de combate, un tanque nuevo. Son llevados todos los hombres judíos a un gran edifico, donde son encerrados, y donde conocen a Bartolomeo (Pietro De Silva), otro judío recluso que ayuda a Guido a dar vida al juego, mientras todos son sometidos a trabajos forzosos. Dora también pasa martirios, Guido siempre mantiene viva la ilusión del juego en su hijo, lo esconde a toda costa de los nazis, el niño sobrevive la masacre. Un día, finalmente Guido es ultimado por un alemán, pero los aliados llegan, y Giosué ve al fin el gran tanque.





Lucimiento pleno y total del buen Benigni, haciendo gala de toda su extraordinario capacidad de showman, de humorista, parlanchín individuo, locuaz payaso, en el buen sentido, con todo su histrionismo en la pantalla. Es ciertamente el filme un lucimiento frenético y sin descanso del italiano, de sus piruetas, de sus ocurrencias, de sus chistes e ingenio sin fin, y vemos al más enejando Benigni, atolondrado y arrancando risas al espectador sin parar, es la más disparatada e histriónica de sus versiones, y vaya que disfruta esta, su humorista faceta. Iníciase todo como una suerte de mundano cuento de hadas, un romance ideal, repleto de comedia y espontaneidad, y ese halo de comedia no se desvanece jamás del filme, corriendo siempre a cargo, por supuesto del descomunal Benigni, que se luce, y se solaza a más no poder en la presente cinta, completamente obra suya, una hilaridad tan sencilla como efectiva, rica en pequeños e ingeniosos detalles (tras decirle Guido a su hijo que todo se decide por puntos, ingresa un judío herido, diciendo que le aplicaron 12 puntos, de sutura, claro, pero Guido lo acomoda para que sean puntos del juego por el tanque, dándole siempre vida al juego; o el ocurrente mozo, siempre Guido, llevando a un diminuto cánido sobre su bandeja). Y claro, la cuota de romance, el mundano amor de fantasía, como el filme mismo, materializado en su primer beso, gateando, bajo la mesa, ella es quien lo propicia.





Interesante y agradable además la sutil transición de un momento a otro, primero los vemos iniciando su romance, y casi sin distinción espacio temporal, ya los vemos consumados y con un hijo nacido, y esto impregna a su humor también: de las vidas normales de la familia Orefice, de pronto son trasladados ya al campo de concentración, no se muestran los horrores externos de la guerra –no era necesario mostrarlos, más bien, era necesario no mostrarlos-, pero se sabe que ya están pasando, y esas sutiles y suaves transiciones favorecen, facilitan, y agilizan la narración. Y claro, el meollo de todo, la fantástica habilidad de Guido para fabricar la mentira, la mentira blanca, una fantasía sin fin, el quimérico juego que engendra para su hijo, y el tanque que es el premio, mórbido y adecuado trofeo lúdico para la ocasión, la ternura y la comicidad se fusionan en medio de las atrocidades nazis, que por cierto, otra vez, como era preciso, son mostrados muy edulcoradamente. Notable Benigni para extraer belleza, ternura y comedia de la mayor bizarría que el género humano haya experimentado jamás, las aberraciones nazis, gran trabajo en el que colabora con su esposa en la vida real, Nicoletta Braschi, la química entre ambos se transmite y plasma también en el filme. Verdaderamente una destacable obra, notable labor del italiano, que justifica sus dos Oscars, de Mejor Actor y Mejor Película Extranjera, muy probablemente su pico en cuanto a éxito e impacto mediático, su obra cumbre en ese asentido, un filme a tener en cuenta y disfrutar.




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