jueves, 26 de julio de 2012

El ladrón de Bagdad (1940) - Ludwig Berger, Michael Powell, Tim Whelan


Filme que recrea la entrañable historia de Abu y Ahmad, en territorios orientales, en Bagdad, una de las historias más famosas de los inolvidables relatos de Las mil y una noches. Cinta que contó para su producción con la decisiva intervención del productor Alexander Korda, que además se involucró en el aspecto de director, en una extraña combinación de directores, en la que hasta a seis individuos se les considera directores colaboradores en el filme, aunque no todos ellos estén acreditados como tales. Es la historia del ladronzuelo Abu, joven que se divierte robando para su subsistencia en Bagdad, donde gobierna el rey Ahmad, pero todo cambia cuando su maligno visir, Jaffar, ciegue su razón para hacerlo gobernar pésimamente, traicionarlo y quitarle la vista, pues ambos están enamorados de la misma y hermosa princesa. El filme será un viaje por la amplia variedad de aventuras que Abu y Ahmad tienen, incluyendo fantásticas criaturas, objetos encantados, joyas increíbles y genios gigantescos que salen de botellas de aceite y conceden deseos. El filme está considerado como uno de los más logrados de su género, de las mejores películas de aventuras, enaltecida por un excelente trabajo para representar las exóticas tierras de Bagdad, con un colorido decorado y vestuario, que ayudan a esconder algunas normales falencias en los efectos especiales de un filme concebido para divertir y entretener, lo cual ciertamente consigue hacer.

       



En el mar aledaño a Basora, una embarcación se moviliza, cuyos tripulantes canturrean alegremente alabanzas al mar, mientras el líder del grupo, el visir Jaffar (Conrad Veidt), pregunta a un súbdito por el paradero de una princesa, durmiente, y de un ciego, que ha sido localizado. El ciego en cuestión es Ahmad (John Justin), que mendiga acompañado de un prodigioso cánido, ambos son abordados por súbditos del visir y llevados a su palacio. Ya allí, Ahmad deleita a los presentes con sus remembranzas, de cuando era el flamante rey de Basora, pero su malino visir, Jaffar, además poderoso hechicero, nubló su juicio, haciéndolo gobernar mal, ejecutando gente solo por pensar, lo traicionó y mandó a prisión. En el calabozo, conoce Ahmad a Abu (Sabu), un jovenzuelo ladrón, ambos están condenados a morir, pero el joven ladrón roba las llaves del claustro, y ambos escapan, se hacen amigos. Habiendo sido expulsados, regresan juntos a Bagdad, donde Jaffar es ahora rey, y donde hay una gran algazara y pompa por la aparición de la hermosa princesa (June Duprez), de la que Ahmad se queda perdidamente prendado. Haciéndose pasar por un genio, Ahmad logra conocer a la princesa, y no demoran mucho en madurar un idilio, pero el ex rey debe actuar con discreción. Paralelamente, Jaffar va a visitar al sultán (Miles Malleson), padre de la princesa, coleccionista de extravagantes juguetes.





Tras obsequiarle un fantástico equino volador, le pide en trueque a la princesa y el sultán accede. Acto seguido, el visir captura a Ahmad, le quita la vista, y a Abu lo convierte en perro, es el fin de la historia del invitado ex monarca. Ambos hechizos son disueltos cuando la princesa accede a casarse con Jaffar, para salvar a su amado, el mismo que, lejos de resignarse, los sigue por el mar. Mientras Jaffar elimina al sultán por querer proteger a su hija, Abu y Ahmad están desorientados en una isla, en cuya bahía el joven ladrón encuentra una extraña lámpara, de donde sale un gigantesco y maleducado genio, reacio al inicio, pero que termina por ofrecerle tres deseos. Siendo el primero unas salchichas, Abu quiere hallar a Ahmad, para ello, el genio lo lleva a un surreal habitáculo habitado por hombres bestia y una gigantesca araña, sitio del que roba una fantástica joya, es el Ojo que todo lo ve. El segundo deseo del ladrón es ser llevado con Ahmad, así es, y con el Ojo ven cómo la princesa huele la fragancia de una flor que genera amnesia, olvida todo. Por error, el tercer deseo de Abu es mandar a Ahmad a Bagdad, de vuelta con la princesa, al verlo, ella recobra la memoria, pero son apresados por Jaffar. Abu rompe el Ojo, es llevado al sobrenatural País de las Leyendas, donde obtiene una alfombra voladora. Regresa luego volando a Bagdad, elimina a Jaffar, y tras dejar a Ahmad con su princesa, parte en busca de nuevas aventuras.





Entretenida cinta, repleta de ligero y digerible humor, situaciones humorísticas que se suceden mayormente entre los dos jóvenes protagonistas, sencillos e hilarantes detalles hacen al filme más divertido. Y es que ciertamente es la historia de dos individuos jóvenes, uno de ellos, Abu -interpretado por el recordado actor Sabu, del Libro de la Selva (1942)-, la estrella, es casi un adolescente, el filme es pues la casi infantil y lúdica visión de las aventuras de dos muchachos ayudándose, viendo el uno por el otro, y divirtiéndose mucho con sus increíbles aventuras repletas de fantasía. Uno de los aspectos remarcables del filme será la representación de las tierras orientales, con sus singulares estructuras, construcciones y tiendas, que le dan un espectacular aspecto a la ciudad, con sus extravagantes formas, sus vastos decorados, y las coloridas vestimentas, que le confieren al filme un atractivo abanico cromático que sirve de escenario a las peripecias de los protagonistas, quedando esto particularmente plasmado en el vuelo del mágico equino volador. Tenemos en el presente filme muchos de los aspectos que la historia de Aladino haría inmortales, el genio en la lámpara con los tres deseos, la alfombra voladora, y Abu, humano ladrón, pero un mono en la otra historia, además de otros elementos como la mencionada suerte de Pegaso sin alas, o la prodigiosa joya, el Ojo que todo lo ve, además del País de las Leyendas, es pues un mundo sobrenatural, fantástico, repleto de magia, pero también con ciertas cuotas serias, la solemnidad propia de la cultura oriental, y su respeto por sus dioses, con la figura del segundo aditamento que Jaffar ofrece, una suerte de alegoría a Vishnú y sus brazos. Rescatable cinta, remake de la obra homónima muda de 1924 de Raoul Walsh, que naturalmente, carece de efectos especiales notables, más bien sus imágenes con esa naturaleza son de pobre calidad, precarios, discretos efectos que ceden lugar e injerencia a la acción y las aventuras, pues este detalle no menoscaba el resultado final de un decente filme, considerado uno de los mayores en su género, y es que buenos efectos especiales no son sinónimo de filme apreciable, como la grandísima mayoría de cineastas contemporáneos –o imitaciones de cineasta- muy bien dan fe. Sin ser una obra maestra -e involucrando una insólita cantidad de directores, el germano Berger, el británico Powell y el yanqui Whelan son los tres oficialmente acreditados-, el filme entretiene y divierte, objetivo de un filme de aventuras, además de ilustrar someramente sobre la cultura oriental, es un filme rescatable y digno de apreciarse y pasar una hora y media amena.







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