domingo, 29 de julio de 2012

Con las horas contadas (1950) - Rudolph Maté


Moderadamente atractivo ejercicio de cine negro, viejo film noir que hace un intento por esgrimir todo lo que caracteriza a este memorable y notable estilo cinematográfico, y ciertamente lo hace, pero se queda en ello, un intento, lo que al menos se le reconoce a su director, el nacido en el viejo Imperio Austro-Húngaro, Rudolph Maté. La modesta historia nos introduce en el mundo de pesadilla de Frank Bigelow, un contador en un pequeño pueblo yanqui, que de pronto se ve inmerso en la terrible situación de haber sido envenenando, con un severo tósigo químico para le cual no hay una cura conocía, y cuya ingestión le deja como máximo una semana de vida. El filme, en su breve metraje, se convertirla desde entonces en la rauda y frenética búsqueda de su asesino, aunque ciertamente las cartas ya están servidas, pues nuestro protagonista se encuentra, como lo indica el titulo doblado para tierras latinas, irremediablemente con las horas contadas. Como se aseveró, el filme intenta ser un correcto compendio de todas las características y aristas del cine negro, asesinatos, conspiraciones, oscuros y lóbregos escenarios, incluso algún intento de femme fatale, lo cual logra en efecto, pero con tanta tibieza y timidez que finalmente se siente un ejercicio algo flojo, que si bien alcanza niveles de decencia, termina por dejar cierto sabor de boca de simpleza, especialmente por lo evidentemente inútil que se sabe que es toda la incansable e implacable búsqueda por parte del personaje principal.

          



La historia tiene inicio con un individuo que camina a lo largo de interminables y desolados corredores en un edificio, tras lo cual, llega a una oficina. Se trata de Frank Bigelow (Edmond O'Brien), que llega a una oficina policial, viene a denunciar un asesinato, cuando se le pregunta quién fue la víctima, escuetamente contesta “yo”. Entonces se inicia la remembranza de Frank, nárrasela a los oficiales, cuando vivía en Palm Springs, desempeñándose como contador, atendiendo numerosos negocios, y planea en ese momento irse de vacaciones a San Francisco, cosa que no es muy bien tomada por su secretaria y amante, Paula Gibson (Pamela Britton). Tras discutir ambos, termina Bigelow por persuadir y tranquilizar a Paula, y se marcha a San Francisco, alojándose en un lujoso hotel. Desde el mencionado hotel, se comunica con Paula, que le informa de un misterioso sujeto llamado Eugene Phillips, que insistentemente trató de comunicarse con él, y luego experimente toda la algarabía y algazara de un ruidosa reunión que tiene lugar en el hotel, una suerte de fiesta y convención de vendedores. Es invitado a formar parte de la celebración, y se va a festejar a un salón de rumba con todos, baila y conoce a más de una atractiva fémina, sin embargo, uno de los asistentes, muy discretamente, le cambia el trago y la da cierta sustancia. Al día siguiente, un malestar lo aqueja, no cesa, va a hacerse revisar por un doctor





Éste le dice que ha sufrido severo envenenamiento, quedándole escaso tiempo de vida; Bigelow se altera mucho, le quedan pocos días de vida, o, máximo, una o dos semanas. Ido, camina sin rumbo definido por las calles, regresa maquinalmente al hotel, donde Paula llama nuevamente, con la noticia de que Eugene Philips feneció, aparentemente fue eliminado. Raudamente regresa donde Paula, luego se moviliza a las oficinas del finado Phillips, donde conoce a Halliday (William Ching), colega del personaje, que le indica, ante su insistencia, la residencia de Eugene. Bigelow se acerca al lugar, y conoce ahí al hermano, Stanley Phillips, (Henry Hart), además de la viuda (Lynn Baggett), a quien somete a tosco e inútil interrogatorio. Se va enterando de un negocio de comercio de iridio, raro metal, en el que Phillips se involucró, y, gracias a Paula, sabe que él mismo también se vinculó, la viuda de Eugene le da más indicios. Obtiene de la señorita Foster (Beverly Garland) y de Marla Rakubian (Laurette Luez), presentes en la fiesta, más información; es atacado, y todo desemboca en Majak (Luther Adler), el auténtico homicida, quien, con Hallyday, lo apresa y lleva con los demás implicados, todos quieren encubrir la transacción del iridio. Tras intenso tiroteo, escapa y mata a sus captores, va con Paula, está  enamorado de ella, pero es tarde, acabado su relato, fenece en la comisaría.





Si cierto acierto hay que reconocérsele al cineasta austrohúngaro, es la técnica narrativa, que permite que al menos el interés no se disuelva completamente de la historia. El inicio del filme propiamente es atractivo, engancha eficientemente, pues todo es un flashback, todo es una remembranza, y esto en ningún momento aterriza en el campo de lo ocioso, pues es aperturada con la enigmática secuencia inicial, de que alguien fue asesinado, el mismo personaje que denuncia el asesinato. Con esa incógnita ya servida, el frenetismo de la búsqueda de su asesino prontamente se manifiesta y va en incremento, empezando toda la tensión tras la secuencia de la fiesta, de la rumba, se intensifica ya el ritmo narrativo y es además ese segmento de tratamiento diferente, bohemia, desfile frenético de planos, música y bullicio, comienza ya a tejerse un ambiente demencial. Así, tras haberse despejado ya a la media hora el principal meollo, cómo es que fue “asesinado”, ciertamente puede sentirse por demás inútil e innecesaria la frenética búsqueda que emprende, pues, todo el tiempo, sabemos que se trata de un muerto viviente, un muerto dando pasos, esperar un milagro y que viva el desahuciado protagonista es algo pues inocente e impensable. Y si relativo mérito tiene el director, es lograr una narrativa que por lo menos mantiene cierto interés, en la investigación, en un correctamente breve filme, pues no se debía abusar de una situación cuyo inminente desenlace siempre estuvo cantado. Así, tras la carrera contra el tiempo condenada al fracaso, se desenmaraña el final acertijo, la verdad es sabida, ciertos elementos del cine negro están pues presentes, las intrigas, las investigaciones, y algunos oscuros escenarios, los elementos están ahí, aunque el filme acaba ahogándose en la inutilidad y sin sentido de una misión que de arranque se siente sin mucha razón de ser. Todo un ejemplo de cine serie B, barato ejercicio, breve, dentro de todo, es un decente ejemplar de su género, que tiene el adecuado colofón afirmando el policía que se declare al finado como Muerto al llegar, Dead on arrival, D.O.A.






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