
En el otoño de 1874, en el
desierto yanqui, la escasez de dinero hace que los lugareños se vuelquen en la
cacería de búfalos, su piel es buscada, lo que los lleva también a invadir
territorio de indios. Clark Sprague (Carey) es uno de los comerciantes de
pieles, con su socio Jud Pilchuk (Raymond Hatton), ambos hablan
de la intervención de quien se cree es
un ladrón de pieles. Aparece el ladrón, que sí es tal, se trata de Randall Jett
(Beery), que con sus colaboradores, se visten de indios, y agravian una
delegación de Sprague. De esto se enteran los socios, y Tom Doan (Scott), colaborador suyo que
está enamorado de Milly Fayre (Judith Allen). En su campamento, Jett reparte
botín, está también su vieja mujer, Jane (Blanche Friderici), que mangonea, pero es Randall quien
lleva la batuta. Milly es su hijastra, el villano Jett se siente atraído por
ella, despertando celos en Jane, mientras celebra lo bien que ha ido su última
incursión de robo de pieles, pero después, en otro eventual robo a Sprague,
Doan estorba su actividad.

Se materializa de esta forma un
filme que se siente innegablemente emparentado con otro ejercicio de esta etapa
del realizador, la citada El hombre del bosque (1933), que es, admito, la única película que he visionado de
las ocho que conforman ese mini ciclo, aparte de la comentada en este artículo.
Ese emparentamiento se siente desde el tratamiento, el producto audiovisual
final, los paisajes, y el aspecto sonoro, el canto de las aves, ambos recursos
esgrimidos también en la cinta citada, pero que en esta oportunidad, más
endeblemente ejercidos, no tienen el mismo efecto. Adviértense,
asimismo, repitentes figuras, que, muy probablemente obedecen al texto
primigenio, como el personaje de la vieja celosa y posesiva, además de la naturaleza,
en esta ocasión un búfalo, en el otro filme, un puma; pareciera, especialmente
por el primer caracter descrito, que fuesen personajes fetiche para el autor,
Zane Grey. Ahondando en el aspecto de la naturaleza, aparte del trabajo
paisajístico, algunas escenas destacan de los salvajes búfalos corriendo
poderosamente en manada, arriesgadas y notables tomas especialmente dignas de
alabanza por la dificultad de trabajar con semejantes animales, y hacer una
secuencia con el filme coherente, similar al puma en el otro trabajo. Se refuerza así esa arista inicial del realizador, trabajo con fieras, son correctas
y apreciables secuencias, aunque ciertamente, como el filme mismo, se siente
una verdadera pena que sean tan sucintas, es como si no se hubiera sacado todo
el rédito de otras ocasiones, quizás menos complicadas y temerarias. Agrega el
cineasta en esta oportunidad otro elemento indispensable de todo buen western,
los indios que se enfrentan contra blancos, cobran mayor injerencia, aunque se
ahogan en lo efímero del filme todo. Discreto ejercicio, bastante inferior a otros trabajos del mismo director y de su misma etapa, filme lastrado por su
excesivamente corto metraje, que quita solidez narrativa e interés, sus
simplismos le acaban condenando.
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