

Carl consigue acompañarlos a una
caza nocturna de cerdos salvajes, pero durante la misma, son atacados por violentos jabalíes, quedando
Carl aislado de los lugareños, y viéndose forzado a escalar una torre y pasar la
noche allí encaramado. Líbrase del peligro, y, maltrecho, se moviliza erráticamente,
hasta llegar a la casa de Sarah Cameron (Arkie Whiteley), hermosa lugareña que le provee alojamiento y cuidados, ella es de las escasas amigas de Jake. Se va conociendo con
su anfitriona, mientras el obseso Cullen avista el gigantesco jabalí, consigue herirlo,
pero nada más, y también arráncale parte de su cuerpo, recuperando el anillo de
Beth; no hay duda, la esposa de Carl fue por el cerdo asesinada. Sarah es investigadora
animal, coloca mecanismos de seguimiento a los cerdos, y quiere ayudar a Carl.
Después, Benny y Dicko atacan a Jake, le rompen las piernas, y en ese estado,
el gigante jabalí lo liquida, enfureciendo a Sarah, que pide ayuda para al fin
eliminar al monstruo. Carl, que ya se iba, regresa, va con los hermanos, sabe
que ellos están detrás de todo, y elimina primero a Benny, luego a Dicko, en
un matadero de cerdos, hasta donde llega el jabalí. Sarah también llega, y tras
arduo e intenso combate, se clava un fierro al cerdo, y se lo arroja a unas hélices,
al fin es eliminado. Finalmente, Carl y Sarah se quedan juntos.
Ubicada en las exóticas y
pintorescas tierras del continente australiano, la cinta nos introduce en el terror
que infunde un ser imposible, una criatura inimaginable, un jabalí, que
ciertamente es animal de temer, pero cuyas descomunales medidas y sobrenaturales
dimensiones lo vuelven un animal formidable, una bestia incontrolable, cuyo salvajismo
y bravura lo convierten en implacable asesino. Ambientado y engalanado con
toda la fauna propia de esas tierras, que incluyen los infaltables canguros,
wallabies, camélidos, y por supuesto, los jabalíes, el filme es más bien una propuesta
modesta, de bajo presupuesto, pero consigue su cometido, es un terror directo,
puro y duro, sin innecesarios ornamentos, se va directo a lo que importa, a la
sangre, al horror, plasmando constantemente imágenes de hemoglobina, sanguíneas,
de carne, de cuerpos de cerdos despellejados, constantes imágenes del matadero,
con los cual se consigue un tibio gore. Dentro de todo ese violento ejercicio,
resalta con cierta nitidez la secuencia onírica, la pesadillesca alucinación de
Carl en el desierto, en el que ve un enorme esqueleto atorméntalo, mientras el
suelo se abre, se hincha y resquebraja, una maligna presencia lo persigue. Esos instantes surreales, con la imagen de un esqueleto animal siendo el perseguidor,
constituyen lo más distinto del filme, lo más cercano a un esbozo de surreal y
alucinante terror, visualmente se da rienda suelta a la imaginación, inteligente
recurso que da cierta mayor complejidad al producto final, distintivo del
singular terror australiano de aquellos años. No es una maravilla, ni mucho
menos, pero la cinta, este ejercicio independiente de terror serie B, a alguno entretendrá
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