
Un individuo, editor, Paul Hackett (Dunne), vive en los ajetreos propios de su ocupación, hasta
que conoce, en un café, a una atractiva joven, Marcy Franklin (Arquette). Esa misma noche, Paul la llama a su casa, y
aunque tarde, se citan ahí mismo. Al llegar allí, no encuentra a Marcy, sino a
su compañera de cuarto, Kiki (Linda Fiorentino), escultora; en la extraña y sombría
habitación, pasa unos minutos con la semidesnuda escultora, la masajea, ella se
queda dormida. Llega entonces Marcy, que fuma marihuana, le cuenta a Paul de
una violación que sufrió de adolescente,
además de contarle que está casada, y
que su esposo se encuentra en Turquía, un extraño individuo. Fluye un beso entre ellos, y poco después fuman
marihuana adulterada. Él se va, quiere tomar el metro, no tiene efectivo,
y el tendero del lugar, Tom (John Heard), ofrece prestarle
para el boleto si enciende las alarmas de su casa, él olvidó hacerlo. Lo hace,
está regresando, y en la puerta del edificio de Marcy y Kiki, unos individuos
se llevan la estatua de la escultora, cree son ladrones, recupera la estatua y
vuelve al extraño cuarto.

Entretenida cinta, en la que
asistimos a un desfile sinfín de situaciones anómalas, inverosímiles, todo es
una sucesión de acontecimientos, cada uno más atípico que el anterior, todo
simplemente va fluyendo, es una noche mundana, en un barrio mundano de
Manhattan. Esa mundanidad vuelve a los hechos bastante cercanos, si bien
extraños y bizarros, son plausibles, factibles, simplemente se trata de una
noche muy loca, en la que sórdidas situaciones no dejarán de sucederse.
Scorsese desliza su más negro humor, jugando con mórbidas imágenes todo el
tiempo, incluso tétricas figuras, empezando con la habitación de Marcy y Kiki,
bizarra locación, plagada de las estatuas de la escultora, estatuas extrañas,
de locura y sufrimiento, aunque atractivas; pero si de bizarría se habla, eso es
solo el comienzo, pues hay yonquis, sadomasoquistas, bodrios, y una discoteca
que parece reunir a los más extravagantes y sórdidos personajes yanquis, y ojo
que en esa locación, la más bizarra de todas, se anima Scorsese a aparecer,
aunque sea brevísimamente, como un operador de luces en medio del marginal y
efervescente mar de locura y pervertida oscuridad. Es una exacta plasmación del
frívolo mundo yanqui, un mundo donde conoces a un perfecto desconocido, y cinco
minutos después lo metes a tu casa, esa liviandad se repite no pocas veces en
el filme, y en buena parte, la pesadilla en la que se sumerge el protagonista es
por él mismo causada, por su dejadez y estúpidos olvidos. Se configura así una
de las cintas más peculiares de Scorsese, es un desfile de freaks y seres
estrambóticos, es la zona más mórbida de Manhattan, donde innumerables
peripecias deberá superar Paul antes de volver a casa. Cierra Scorsese casi una etapa, pues posteriormente, los filmes más bizarros quedarían atrás, seguiría
tocando temas como el hampa, criminales, gángsters, pero con un amaneramiento
bastante mayor. Finaliza su primer periodo, el más atractivo, y esta cinta
podría considerarse el punto de inflexión, la que pareciera haber realizado más
por una naturaleza de locura, como el filme mismo, como un experimento
divertido, la diversión de Marty.
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