lunes, 2 de enero de 2012

Umberto D (1952) – Vittorio De Sica


El maestro italiano Vittorio De Sica, después de haber entregado al cine los cimientos del neorrealismo, dos pilares de esa corriente, como son El Limpiabotas (1946) y Ladrón de Bicicletas (1948), prosiguió con su labor de seguir plasmando su genio en una obra más, otra pieza inmortal de esa corriente cinematográfica, y que se ha convertido en todo un santo y seña del cine de la bella Italia. Se trata de Umberto D, una de esas joyas del cine italiano, que, como sus películas hermanas, las antes mencionadas, y otras obras fundadoras del género, al inicio no gozó del aprecio y aceptación de la crítica, sobre todo en su país, pero los años pasaron, y ese conjunto de filmes logró el reconocimiento debido, y fue la historia la que reivindicaría esas piezas de arte. De Sica sigue explorando y mostrándonos las más crudas entrañas del sufrimiento humano, sigue desenvolviéndose en el campo neorrealista, y elevando esta corriente hasta lo más altos niveles. Umberto Domenico Ferrari es un anciano jubilado, acaba de terminar la Segunda Guerra Mundial, y será testigo de cómo la maltrecha sociedad de esa época, lo trata como un lamentable lastre humano, nadie se preocupa por él, nadie cuida de él, pues gradualmente se ha convertido más en un estorbo que en un ente productivo del devaluado engranaje socioeconómico italiano. Con la única compañía de su mascota, un inteligente perrito llamado Flike, poco a poco el espíritu y el cuerpo de Umberto se van cansando, se van desgastando, se van encorvando, y el jubilado termina siendo víctima de un sistema en el que sencillamente ya no hay espacio para él, donde es un elemento prescindible, desechable. Inolvidable película, pieza maestra del neorrealismo.

          


Inicios de la década de los 50, en las precarias calles italianas, un gran mitin está teniendo lugar, es una marcha de jubilados, que exigen se aumente su mísero sueldo, pero el grupo humano es sometido y diseminado por carros militares. Ente ellos se encuentra Umberto (excelente Carlo Battisti dando una cátedra de actuación no profesional), ha contraído numerosas deudas, se queja, al igual que sus camaradas, no tiene familia, nadie que se preocupe por él, y el retraso en la renta del lugar donde vive se ha vuelto su mayor problema. Umberto subsiste gracias a los comedores populares, donde asiste con su perrito Flike, y al que alimenta también ahí, y cuando regresa al modesto cuarto donde vive, la dueña del lugar, Antonia Belloni (Lina Gennari) no solo lo presiona para que pague la renta, sino que hasta presta la habitación a otros individuos, amigos de ella. Solo la empleada de la señora Antonia, una joven llamada María (Maria Pia Casilio), es buena con él, y está embarazada, aunque no esté segura de quién es el padre. Se ve obligado a vender sus pertenencias, relojes, libros, y debe aguantar a la ruidosa casera y sus conocidos, Flike es la única compañía, mientras su salud se va debilitando, por lo que llama a unos paramédicos para que sea internado y tratado en un hospital, dejando a su perro con María.




En el hospital, las condiciones de vida son más decentes que en una casa, por lo que se vale de artimañas para permanecer más tiempo ahí, recibe la visita de María, y conoce a un buen amigo. Al regresar a casa, su cuarto está sufriendo modificaciones, y ve alarmado que Flike ha escapado, va a buscarlo a la perrera, siendo testigo del lugar donde sacrifican a los animales, se asusta, pero para su fortuna, Umberto encuentra a su querido can. Desesperado, la necesidad lo obliga a limosnear, pero la vergüenza le impide concretar la limosna, y cuando regresa al cuchitril donde vive, se da con la desagradable sorpresa que la casera ha derrumbado muchos muros, y piensa formar una sola habitación juntando su cuarto y el contiguo, dejándolo prácticamente en la calle. Tantas injusticias y arbitrariedades hacen que Umberto se sienta cansado, hace las maletas y se va con Flike, descorazonado, se despide de María. Sabedor ya de lo insostenible de su situación, desea dejar todo atrás, quiere dejar a Flike en un refugio canino, pero finalmente se retracta y siguen marchando juntos. Después, llega a un parque, donde intenta obsequiar al perro a una niña, pero no consigue su cometido. Crecen su incertidumbre y desesperación, intenta esconderse y abandonarlo, pero Flike lo encuentra, y en una decisión increíble, intenta lanzarlo contra un tranvía. El horrorizado perro se asusta de él, y el anciano, desencajado, se acerca al temeroso animal, que inicialmente no quiere acercársele, pero finalmente, se reconcilian, y en un final incierto, ambos, dueño y mascota, se alejan, jugando, haciéndose compañía.





Termina de esta forma una cinta monumental, representada a través de una historia sencilla, y he ahí que es donde De Sica es un especialista inigualable, en mostrar una situación sencilla, pero la muestra de una manera tal, plasmando el sufrimiento, la angustia, el dolor humano, que rebasa esa mera acción de mostrar algo, no simplemente lo vemos, sino lo sentimos, lo sufrimos también, pues es una situación sin adornos, que sentimos real, es el neorrealismo en su máxima expresión. Y como buena película neorrealista, se valdrá de un trabajo de cámara muy particular y característico, sin excesivos tecnicismos, sin recursos demasiado vistosos o virtuosos, pues lo que se persigue es narrar la realidad, y para ello, el realizador utiliza como vehículo narrativo una cámara neorrealista, mayormente estática, cuya mayor expresividad no estará en su movilidad o frenetismo, sino en las duras situaciones que nos muestra sin ornamentos. Asimismo, algo destacable de esta cinta es la banda sonora, excelencia que es obra y gracia de Alessandro Cicognini, es un acompañamiento musical por momentos inexistente, moderado, que no aflora demasiado, pero cuando lo hace, es para intensificar muy sensiblemente un momento dramático, ya sea en la secuencia cuando Umberto limosnea, usando a su querido Flike, o en la escena clímax, la secuencia final cuando intenta matar al can, la música se vuelve indivisible de la acción, se vuelve un poderosísimo medio que nos conecta con lo que se nos presenta, multiplicando todas las posibilidades expresivas de la situación, y creando una atmósfera audiovisual irresistible, son secuencias para enmarcar, son secuencias-definición de una corriente cinematográfica, todos los postulados del neorrealismo descansan en esos preciosos segundos.






Otro de los aspectos que convierten a De Sica en tan representativo neorrealista es que materializa en sus películas insignia a los elementos más representativos de la desolación del páramo italiano, retratando las situaciones más extremas a las que son sometidos estos desgraciados personajes, y la forma en que, producto de aquello, van perdiendo su humanidad, o en otros casos, recuperándola. Así, si en El Limpiabotas nos muestra el drama del huérfano, y en Ladrón de Bicicletas es la triste historia del desempleado, en Umberto D es la historia del cesante, del jubilado, el drama de un anciano sin dinero, sin fuerzas, y como consecuencia de la vida, sin salud. El realizador, asociado nuevamente con otro baluarte del neorrealismo, el guionista Cesare Zavattini, "juega" con las figuras patéticas, nos las muestra tal cual son, y en los anteriores casos citados hablamos primero de un niño, que, sin importar lo que suceda, aún tiene toda la vida por delante, después, es un padre de familia el protagonista, aún también con mucho por vivir, pero en esta oportunidad, el protagonista es Umberto, él es un anciano, su papel en la vida ya ha pasado, y ahora, acabado, enfermo, inútil, choca con una dura realidad, una sociedad en la que ya no representa valor para nadie, ha dejado de ser productivo, se ha vuelto un estorbo viviente con el que nadie desea cargar, y donde no le importa a nadie lo que suceda con él, no hay siquiera un futuro a dónde mirar, pues la vida ha pasado ya, y la vida ya ha perdido sentido para el senil y triste individuo. Remarcable, siempre lo diré, la forma tan humana en que De Sica nos muestra estos dramas, y en eso se diferencia de otro referente neorrealista, Roberto Rossellini, pues De Sica centra toda la atención no en la ruina material, sino en el deterioro humano, la carga dramática está en nosotros, por lo que sus historias se sienten más cercanas, y tienen una manera distinta de llegar al espectador.








Como por todos es sabido, el neorrealismo se nutre para plasmar mejor esa realidad, no de actores interpretando papeles, sino de auténticos marginales, actores no profesionales, o amateurs, cuyo origen humilde los acerca a la historia, de manera que no tienen que actuar, sino simplemente dejar fluir un genuino y auténtico sentimiento de angustia de la época, dotando al neorrealismo de un aura única, real, justificando y dando sentido al nombre de la corriente. Dicho esto, quisiera remarcar el trabajo realizado por Carlo Battisti, que interpreta a Umberto, un anciano profesor de filosofía, septuagenario, testigo de toda la realidad italiana de entonces, que conoció a De Sica en una conferencia en Roma en la que ambos coincidieron. Battisti no volvió a actuar nunca más en el cine, pero supo impregnar a su personaje una total actitud de desamparo, que pierde la batalla contra la vida, y, cansado de todo, la carne y el espíritu ceden, cuerpo y alma han sido sometidos, y el rostro desgastado del anciano es un poema, los excelentes primeros planos nos muestran ese reseco y arrugado espejo donde se refleja todo el sufrimiento, la impotencia, el dolor, la aflicción. Asimismo, me parece ineludible hablar de la presencia canina, Flike se vuelve innegablemente un personaje más, es un actor, prodigioso cánido, mudo, silencioso testigo y acompañante en los infortunios de su amo, inteligente perrito, lo vemos limosneando, jugando hábilmente, escondiéndose tras de su amo cuando un amenazante bóxer le ladra, lo vemos horrorizado por el intento de liquidarlo de Umberto, el perro actúa, y es un protagonista de esa, la secuencia final, con la que cerraré la crítica. La secuencia final es el epítome de toda la cinta, poderoso clímax dramático, el anciano Umberto, derrotado por la vida, se deteriora, no solo físicamente, sino también a nivel espiritual, cuando decide terminar con la vida de su único compañero, de su amigo al que salvó a poco de ser exterminado en la perrera, un agente ajeno a lo humano será el receptor de su deterioro personal, descomposición que será sentida por el noble cánido, y cuyo desempeño actoral me parece notable, contribuye mucho al drama del momento, viendo a un inocente animalito que también es víctima de la realidad. Como no podía ser de otra forma, culmina todo en un incierto final, pues no hay solución, esta no es una historia con final feliz, es realidad, y la realidad escapa a esos parámetros, los dos protagonistas se alejan, siempre juntos, siempre acompañándose, hacia un futuro que no les depara nada esperanzador, el inevitable desenlace está cerca, y en el caso de Umberto, es necesario, pues será un alivio, y lo vemos al final, jugando con su perro, mientras repite “¡Bravo Flike!”. Estupenda cinta, mi favorita personal del neorrealismo, y no se sientan mal si perciben alguna lágrima deslizarse por sus mejillas, no se sientan mal, camaradas, solo están reaccionando ante un soberbio ejercicio de realismo humano, una cinta que ha sido nombrada por un prodigio del cine, el inmortal titán sueco Ingmar Bergman, como la película que le gusta más que ninguna otra, la cinta que vio más veces que cualquiera. Creo que se ha dicho suficiente. Bravo, De Sica.













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