sábado, 7 de enero de 2012

La infancia de Iván - Andrey Tarkovskiy

Primer largometraje del gigante realizador soviético, el inigualable Andrey Tarkovskiy, que después de haber dirigido su proyecto de tesis, El Violín y la Apisonadora, nos introduce en el mundo de un niño al que ha sido extirpada su infancia, durante la Segunda Guerra Mundial, su familia ha sido eliminada por los nazis, y en venganza, decide trabajar para el ejército rojo de Rusia, y aprovechará su reducido tamaño para internarse y realizar misiones secretas que un adulto no podría. El niño en cuestión es Iván, interpretado por un precozmente notable Nikolay Burlyaev, personaje principal de la cinta, cuya visión brutalmente forzada a cambiar de la niñez a la adultez, nos sirve como lente para observar el corrompido mundo de la guerra, pero más importante, nos sumerge en su particular mundo interno. Tarkovskiy presenta en su cinta, como no puede ser de otra forma, un trabajo precioso en el que condensa todos los elementos y obsesiones que serán constantes en su filmografía, tan breve como genial, y combinará las crudas escenas de la guerra, el presente, con surrealistas viajes, secuencias a modo de oníricos flashbacks a través de los cuales el infante rememora momentos de su vida pasada, su infancia, cronológicamente tan cercana, pero espiritualmente a distancia insalvable. Como casi siempre, es notable que en cada película el realizador ruso plasme mucho de su completo ser como artista, y de esta forma, al ver una cinta suya, estamos viendo mucho de su filmografía entera, y del ser humano en sí.

       


Comienza la cinta con un sueño del pequeño Ivan (Burlyaev), él está jugando solo, en la aridez de las cercanías a una charca, corre por un pequeño bosque, escucha a un ave cucú, y encuentra a su madre, pero de pronto, el sueño brutalmente termina, y él ahora está escapando, corre, se escabulle entre el agua y los pantanos, siendo finalmente capturado por soldados soviéticos. Allí, es custodiado por el teniente Galtsev (Yevgeni Zharikov), a quien pide que informe inmediatamente a sus superiores de su presencia, es frío, resoluto, curtido, no da mayores explicaciones de su identidad o intenciones, pero conoce a altos oficiales, y éstos lo confirman por teléfono, pidiendo además que no se moleste al irascible niño, y que se le de papel y lápiz. Ivan se asea y escribe una carta a un oficial. Después, nuevamente sueña con su madre, observando las estrellas reflejadas en un pozo, situación también cortada abruptamente. Llega después el capitán Kholin (Valentin Zubkov), con quien son muy amigos, Iván es un curtido colaborador suyo, informa que debía reunirse con otro soldado, Katasonov, pero los nazis lo impidieron. Se le informa al pequeño espía que desean enviarlo a la academia militar, pero el recio infante se resiste, desea participar aún en combate, sabedor de que se planea un próximo ataque, pero le deniegan su pedido de seguir ayudándolos. Furioso, se siente traicionado, escapa, busca a los partisanos para aliarse a ellos, en un lugar alejado conoce a un viejo, pero los soviéticos nuevamente lo encuentran.




Iván no acepta que se le retire del frente, no acepta la explicación de que la guerra no es su asunto, que no es lugar para niños, afirma obstinado que seguirá escapando de la academia, que él es su propio amo. Por otro lado, aparece Masha (Valentina Malyavina), enfermera que colabora con ellos, y a quien corteja Galtsev, pero éste la reubica en otra sección, por considerarla distractora. Mientras tanto, Katasonov (Stepan Krylov) y Kholin planean un avance, y marchan para ello, quedándose Masha sola y enamorada, en un surreal bosque de inacabables y largos troncos. Planean la operación junto a Iván, que tiene la ventaja de hablar alemán, el huérfano niño despierta preocupación en los oficiales, que discuten su futuro, él está profundamente traumatizado, pero eso lo vuelve fuerte y vengativo. Iván sueña otra vez, con una niña, manzanas y un equino, es el más surreal de todos sus sueños, al final del cual, es hora del ataque, será una nocturna incursión en balsas, y en la que Katasonov muere. Inician la furtiva intervención, clandestinamente se internan por las oscuras aguas, Iván aprovecha su baja estatura para internarse más, mientras todos avanzan también. Después, el tiempo ha pasado, se ve un gran avión estrellado en el suelo, salen los oficiales soviéticos, Masha ha sido ya transferida, el Reich ha caído, la guerra acabó, y Rusia está atravesando su reconstrucción. En medio de las ruinas, encuentran fotografías de los caídos en combate, y una de las fotografías es la imagen de Iván. La cinta finaliza con un último sueño, delirante secuencia de Iván corriendo en una playa con otros niños, y también su madre.





Excelente película de este gran realizador ruso, en la que con maestría plasma el terrible mundo al que se enfrenta un niño que fue obligado a crecer por las circunstancias, un niño que solo conserva el cuerpo para ser considerado como tal, pues en su psiquis, él está más determinado que un curtido y adulto soldado. Soberbio estilo para retratar la triste historia, en la que resaltan por encima de todo las surrealistas secuencias, con las que Tarkovskiy intenta atrapar el mundo perdido de Iván, esa infancia que le fue brutalmente arrebatada, su infantil mundo fue mutilado y reemplazado de la forma más abrupta, y es en las alucinantes secuencias de los sueños de Iván donde se plasman esos momentos pasados, nostálgicas secuencias, las más profundas de todas, siempre interrumpidas de forma abrupta, a modo de significativo simbolismo, por la forma en que su infancia, a la que representan esos sueños, también fue abruptamente interrumpida, cortada y terminada. Así, desde el comienzo seremos sorprendidos con una sobresaliente secuencia inicial, notables travellings ascendentes, una cámara que se desliza con impresionante libertad, frenético ritmo por momentos, soberbia presentación audiovisual que nos transporta realmente a un mundo surreal, fabuloso onirismo que es roto abruptamente, conectándonos de inmediato con la realidad, que es diametralmente opuesta. Asimismo, colabora al carácter sobrecogedor de su lenguaje visual, la utilización de imágenes de fuerte impacto, poderosos claroscuros, precisa utilización de efectos de sombra y una luz que parece batallar arduamente parta abrirse camino en medio de la absorbente penumbra, también los contrapicados, y es de esta forma que de un elemento sencillo obtiene una imagen hermosa y poética, como es el caso de unos oscuros molinetes, que giran con una lentitud que parece expresar la melancolía y desesperanza de ese contexto.








Igualmente, otra de sus obsesiones se vislumbra, el uso del agua como recurso profundamente expresivo y a la vez narrativo, y que ya habíamos visto utilizar en su película tesis, el mediometraje El Violín y la Apisonadora (1961). Ahora este recurso es objeto del segundo sueño, reflejando las estrellas, silencioso y poético espejo, representando el universo al que miran madre e hijo, y además elemento que cae sobre el cadáver de la madre, poderosa escena del elemento acuático, que además estará presente en toda la cinta, pantanos y charcas que son escenario del combate, el agua está presente en todo, un toque muy personal del cineasta soviético. Otro de los escenarios bellamente trabajados y seleccionados por Tarkovskiy es el surreal bosque donde Galtsev y Masha tienen su efímero idilio, resaltado con ligeros contrapicados, es un espacio también onírico, diferente a todo lo demás -que está plagado de muerte y sufrimiento-, este en cambio es casi un universo aparte, donde el amor fluye sin fronteras, como los largos e inacabables troncos infinitos de ese interminable bosque apartado de todo. El tercer sueño es el más alucinante, con imágenes de negativo fotográfico, se aprecia una secuencia de Iván con una niña, cuya melancólica expresión vemos multiplicada, mientras avanzan dejando caer manzanas, devoradas por mansos equinos, probablemente la secuencia que visualmente más seduce. Poderoso punto fuerte de la película es la forma en que combina las escenas de realismo, las secuencias de combate y guerra, con esas secuencias de sueño, fantásticas secuencias que plasman la fantasía y los recuerdos de un tiempo perdido, ese contraste es mostrado de forma tan contrapuesta como impecable. Representa con ese contraste la terrible dualidad a la que está expuesto Iván, pues siendo cronológicamente un niño, él ya está en el mundo como un hombre adulto, solo piensa en tomar la justicia en sus manos, pero entre toda la rudeza de la que el mundo impregnó su mente, no puede evitar sentir melancolía y nostalgia por su infancia, la ternura, imágenes sin palabras que captan hermosamente ese estadío básico del ser humano que le fue arrebatado. La cinta también se enaltece con una correcta banda sonora, acompañando los momentos tanto realistas de guerra como los oníricos y surreales de sus sueños, teniendo la cinta un final más que preciso, terminando como se empezó, con un sueño de Iván, su sueño final, jugando con otros niños en la playa, también con su madre, remarcando por última vez su infancia tristemente perdida, quedando retratada también la poderosa ironía del título de la película, que nos habla de la infancia mutilada, la infancia truncada de Iván. Espectacular cinta del ruso, de profundo significado y mensaje, como todas sus propuestas, configura una definitivamente imperdible cinta para todo admirador de este soviético que marcó una época, y no en vano fue reiteradamente definido por el incomparable Ingmar Bergman como su director favorito. 








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