


Descomunal y riquísimo filme, ciertamente es una joya la
película de Saura. Empezando por la puesta en escena y su estilo en la misma,
el director español comienza ya a cimentar decididamente muchas de las que
serían sus posteriores aristas perennes en su cine, las mismas que ya habría
empezado a manifestar dos años antes en La prima Angélica (1974). Es escuela española pura, desde el comienzo, prolongados planos
secuencia nos llevan a explorar la residencia, oscura, silenciosa, lúgubre,
tenebrosa incluso, estos planos secuencia, naturalmente, dan mayor consistencia
y solidez a la construcción dramática, y le dan un tratamiento más solemne a la
narración. Genera el gran Saura imágenes poderosas, contundentes, cuando
documenta interiores, como la mencionada casa, su exploración se manifiesta con
exquisitez, detallada y silenciosa travesía por todos los rincones de la
lóbrega residencia, y cuando lo hace en exteriores, deleita en los espacios
abiertos, en la naturaleza, en el cielo, en las estructuras urbanas, y en ambos
casos, como solo los genios consiguen hacerlo, genera deleite, nos habla sin
palabras, logro remarcable y positivo para el filme. La película de Saura
alcanza un nivel soberbio de complejidad, un perspectivismo memorable, esto
evidenciado en el hecho del desdoblamiento, Geraldine Chaplin interpreta a
ambas féminas, centrales en el relato, a una Ana ya adulta, que aún lucha por
entender lo que pasó, mientras nos lo relata, y a la madre, la figura
inalcanzable, que se va, que abandona a Ana, y de esta forma, el aporte de la Ana
adulta es vital, es el corazón del acercamiento al infante mundo, descubre su
corazón y nos acerca con mayor fuerza a la intimidad del mundo infantil de la
Ana pequeña, de sí misma.
Naturalmente, la perspectiva infantil es la que impregna
y gobierna durante el filme, en ese infantil universo, imperan ese tipo de
imágenes a un adulto tan anodinas, como para un niño determinantes y decisivas,
rostros, expresiones, situaciones, melancolía y aprendizaje, o, dicho todo en
una sola palabra: intimidad. Parece
mentira que hayan recuerdos que tengan tanta fuerza… tanta fuerza, frase
esgrimida por Ana adulta, y que lo resume todo, y es que el poderío de la
historia radica en eso, en el desfile por los recuerdos más íntimos de la
narradora, recuerdos que, como ella misma dice, tienen una fuerza increíble. Y
en ese sentido, el descomunal Saura materializa una de las secuencias que mejor
sintetizan ese norte, la secuencia de las hermanas, en soledad, danzando al
ritmo de ¿Por qué te vas?, de Jeanette, canción que la cinta
inmortalizaría; la belleza, la inocencia perfecta del mundo infantil, tan
perfecta como la secuencia misma, quedan en esos instantes plasmadas, ellas
bailando, en un mundo hermético, su universo, memorables instantes, memorable
segmento, que será interrumpido primero por la impertinencia de la tía, y luego
por el timbre. La familia y la intimidad quedan ahí fusionadas. Esa
representación se prolonga siempre con las niñas, que interpretan una discusión
de sus progenitores, que escenifican, siempre con lúdica e infante lupa, el
terrible drama por el que la madre atravesó, el padre, militar, adúltero y
tiránico, que genera la enfermedad y la posterior muerte de la misma. Ojo con
la representación del padre, el tirano, una figura tan fuerte como la paterna,
es aborrecida por la niña, lo detesta, lo considera culpable de todo su
sufrimiento, y la Ana adulta, ya madura, ya crecida, es quien nos lo afirma; y
de esa forma, el militar, símbolo del franquismo, queda delineado de singular
forma, indiferente y adúltero infeliz, aborrecido por su hija, fue este uno de los motivos por los que
la censura quiso cernir su oscuro dominio sobre el filme, intención que
felizmente no se concretaría.
Singularmente, como la narradora lo afirma, la infancia,
tantas veces definida como un periodo alegre e inolvidable, fue para ella un
interminable periodo de confusión, de miedo, miedo a lo que había en el mundo
exterior, y la triste y melancólica música, muchas veces de piano, se fusiona
con la tristeza de los rostros y de las situaciones de su infancia. Saura
materializa ya algunos de sus posteriores nortes ineludibles, familia, muerte,
claustro, recuerdos, infancia, todo amalgamado sublimemente, siempre por la
lupa de Ana, niña que llama a su difunta madre con la imaginación, que cree
tener poderes sobre la vida y la muerte, con el contenido del frasco, supuesto
veneno letal, pero en realidad solo bicarbonato. Así, distintas líneas
temporales son fusionadas en un solo relato, diferenciadas con una línea
divisoria casi inexistente, es Saura quien se encarga de que el salto temporal,
si ciertamente existe, sea tan sutil que es casi imposible de advertir. Dos de
los temas capitales de Saura se fusionan, la infancia y la muerte, bizarra
combinación, infancia bizarramente ligada a la muerte, una infancia ajena a la
infancia, la niña que imagina su suicidio, arrojándose por un edificio, la
abuela que responde afirmativamente al preguntársele si desea morir, el padre
muerto, la madre, también, y la niña repitiendo constantemente la muerte, en
sus juegos y fuera de ellos, o la muerte de su cuy mascota; la muerte pues impregna todo, todo en el filme. Y claro, la niña,
una infante, que intenta liquidar a su tía, al margen del resultado de su
intento, el cual sería frustrante, la muerte está ahí, silenciosamente se apodera de todo, y ello causa que el filme tenga un halo de densidad, de tenebrosidad, de
bizarra oscuridad, no importa que se trate de un relato de una niña creciendo, eso es sólo la cáscara.
El tema del claustro también queda plasmado de diversas formas, la casa lóbrega
y hermética, es la casa un mundo aparte, un micro universo, un claustro, como
el cuy en su jaula, como la piscina vacía donde las hermanas juegan. Saura deja
ya muy claro de qué tipo de cineasta se trata, de un artista genial, creador de
imágenes deliciosas, mórbidamente deliciosas, de desafantes y ácidos mensajes al
régimen totalitarista saliente, y de alguna insinuación de no religiosidad -la
madre, a puertas de la muerte, afirma, “no hay nada, me han engañado”-, de una
puesta en escena que lo acerca a la altura de dómines como Berlanga, y de un
surrealismo sutil, como su filme entero, con esas patas de pollo recurrentemente
mostradas, recurrentemente enclaustradas en el refrigerador. El
reparto actoral está a la altura del realizador, y si la descendiente de su
ilustrísimo padre, Geraldine Chaplin es solvente, queda ineludiblemente
relegada por una Ana Torrent tan eficiente como sorprendente, con una edad de
una cifra, niña de nueve años, la Torrent deslumbra con sus ojos, oscuros,
enormes, penetrantes, poéticos, la actuación de la niña mucho colabora en la
solidez hermética del filme. Se configura así una soberbia película de Carlos Saura, que inscribe su
nombre entre los mejores cineastas ibéricos.
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