

Ella sigue enamorada y pensando en su ex novio, mientras
tiene eventuales encuentros con un amigo suyo. Se acaba el mes donde se
producen las vacaciones, ella sigue sin tener claro lo que debe hacer, y
nuevamente, ante sus angustia y frustración, llora. Pasa el mes, es Agosto, y
con Françoise planean otra visita a una playa cercana. Durante una
caminata por unas ruinas, vuelve a encontrar otro naipe, con otra
figura. Poco después, unas mujeres elogian una obra del gran Julio Verne, así
como también afirman haber presenciado un fenómeno, que se trata de definir y
explicar junto con el hombre mayor. En otra caminata por la playa, conoce a
una bella mujer, una sueca, parlante y desenvuelta fémina con quien habla de la
vida, del amor, y siente mucha empatía con ella Delphine. Poco después, siempre
con su nueva amiga sueca, conocen ambas a dos sujetos, con los que hay una mutua
atracción, se van tomando el pulso los cuatro, pero finalmente Delphine se
hostiga y retira. Regresando a París, conoce a un sujeto en la estación de
tren, con el que tiene una apacible y placentera conversación. Finalmente
intima más con ese personaje, con quien ha habido mayor acercamiento, van a la
playa, y le propone él realizar un viaje. Ven el ocaso, durante el cual,
Delphine vuelve a llorar.
Así, la trama, la historia misma, puede quedar por momentos relegada un segundo plano, las eventos y situaciones
de menor importancia van denotando su extrema soledad, sus neurosis y
obsesiones, su complejo de no poder intimar con hombres, lo que le genera
abrumadora angustia, en un filme que se vuelve exploración de sus
frustraciones, de sus miedos, de sus mentiras. El gran Rohmer extrae de esa
aparente mundanidad, de esas conversaciones sobre el papel anodinas, una
intimidad providencial para conocer la psiquis de la protagonista, se apoya el
realizador en esos momentos, y con la parsimonia y sencillez, con la detallada
forma en que plasma esos momentos, nos introduce en esa intimidad, la intimidad
de ella, con unos amigos durante las vacaciones. Las vacaciones terminan siendo una
pesadilla para Delhpine, motivo de alegría y descanso, se vuelven una
insoportable fecha límite, deathline,
cuenta regresiva en la que su soledad y frustración crecen exponencialmente, pero en la que al final encontrará el ansiado sosiego.
Rohmer hace gala a su vez de todo su dominio cromático para plasmar secuencias de naturaleza, el verde omnipresente, las plantas, la naturaleza toda, los
paisajes, una composición que abruma, ese factor se vuelve un personaje más,
ciertamente es un personaje, y se siente
como si Rohmer “dejara hablar” a su particular personaje, pues los sonidos
naturales se vuelven el meollo de esos pasajes, lástima que sean efímeros esos
segmentos, pero son de una contundencia tal, que me hizo recordar por momentos
al titán soviético Tarkovski, dejando simplemente fluir los instantes de la
sobrecogedora naturaleza, y en el que el escenario cobra vital importancia, sin
una sola palabra, alcanzando el lenguaje de los más grandes. Los escenarios en
los que se desarrolla Delphine también reciben tratamiento particular, siempre
existe el regodeo en situaciones sin palabras, los repetidos baños en la playa,
explorándose otro tema capital del filme, la razón del título y parte del filme
mismo, la historia basada en un relato de Julio Verne, el rayo verde, el
fenómeno óptico mediante el cual se aprecia un delicado resplandor de ese
color en el sol, cuando genera su ultimo fulgor del día. El final del filme es
sencillamente el colofón perfecto, no era posible seleccionar final
más excelente, Rohmer materializa lo mejor de su poética audiovisual, plasmando
un hermoso sunset, la puesta del sol, soberbio crepúsculo, quizás simbolismo del ocaso de sus tormentos también. La genial materialización del mencionado fenómeno, y ciertamente se aprecia el
resplandor final verde en el astro rey -y Delphine llora, llorar es un acto que
ella manifiesta en los momentos de mayor importancia y fragilidad, reforzando lo indefensa que es, y su frustración-, siendo el solo hecho de documentar ese sunset ya algo remarcable, pero
potenciado, otra vez, por la exquisita música, es refinado cello de Jean-Louis
Valéro, la poética, la lírica en ambos ámbitos, el visual y el sonoro, alcanzan
pues niveles mayores. Imposible dejar de loar el trabajo de Marie Rivière, correcta en su sufrida y atormentada interpretación, e inclusive poniendo cuota adicional, siendo la principal hacedora del guión, un trabajo pues notable de la fémina. Joyita la de Rohmer, apreciable y hermoso filme, pequeña
cátedra la que dicta el francés.
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El Rayo Verde, se materializa el fenómeno óptico. |
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