lunes, 4 de junio de 2012

Plácido (1961) - Luis García Berlanga


Uno de los mayúsculos directores ibéricos, el gran Luis García Berlanga, que vivió y sufrió  en carne propia las limitaciones y censura que supo imponer el régimen totalitarista del franquismo, presenta en esta cinta otra de esas geniales muestras de cómo los directores de ese entonces se las ingeniaron para sortear esa férrea resistencia, deslizando en sus filmes una delicada pero firme y determinada crítica hacia el régimen que tiranizaba tierras españolas. Berlanga nos presenta la historia de Plácido, un individuo promedio, del estrato social de clase media baja, que atraviesa muchas dificultades cuando, en medio de las celebraciones de la Nochebuena, en plenas festividades navideñas, su medio de trabajo, un carromato, le esté a punto de ser arrebatado por la tardanza en el cumplimiento del pago de una de las letras del vehículo, por lo que tendrá que mover cielo y tierra para evitarlo, mientras los miembros de la comunidad participan en el evento forzado de ”llevar un pobre a cenar a casa en Navidad”. Durante esos acontecimientos, el realizador nos va presentando y completando un bosquejo de toda la sociedad de ese tiempo, su frivolidad, artificiosa caridad, todos los defectos de la clase alta, y del sistema mismo, de la sociedad que atrapa al individuo, lo devora y empequeñece. Cuenta la cinta con la excelente participación de Casto Sendra 'Cassen', como el protagonista Plácido, y del genial José Luis López Vázquez como uno de los allegados al desafortunado, una plana actoral que es uno de los muchos elementos que ayudan a convertir esta cinta en una de las más queridas para el público español.



      


La acción da comienzo con Plácido, que se encuentra hablando con su mujer, Emilia (Elvira Quintillá), son los días de Navidad, y necesita Plácido urgentemente dinero para pagar la letra por su carromato, su herramienta de trabajo. Al no tener dinero, recurre a su amigo Gabino Quintanilla (López Vázquez), respetado por las autoridades. Gabino se encarga de organizar una actividad de Nochebuena, una iniciativa de “sienta a un pobre en tu mesa”, en la que todo ciudadano pudiente debe invitar a un humilde individuo, sentarlo a su mesa a comer en Navidad, y se mueve Gabino en todos los preparativos de dicha actividad, que incluyen invitar a famosas estrellas de cine. Plácido encarga a su hermano lo ayude para pagar a tiempo la letra, pero éste falla, la letra vence, y la notaría cierra. Solo la ayuda de Gabino lo salva de que se le arrebate inmediatamente su carromato, mientras las estrellas de cine llegan, Martita (Carmen Yepes), novia de Gabino, es la principal atracción, en unas actividades que incluyen desfiles y subastas. Gabino sigue interviniendo para que se condescienda con Plácido, y lo logra, cuando los notarios le dan un plazo extra para que pague la letra, mientras los acomodados se “reparten” a los pobres, y muchos reporteros van documentando paso a paso las actividades.




Uno de esos reporteros está documentando a unos acomodados esposos que han invitado para esa noche a un pobre de madura edad, que enferma, y parece ser de seriedad, y esta enfermedad despierta incomodidad y preocupación en los medios, hasta se llama un doctor para que lo atienda. Paralelamente, Plácido se enfrenta a complicaciones como moras y pagos adicionales por su letra, siempre hay un obstáculo más, y siempre pide ayuda a Gabino. Por su parte, los ciudadanos descubren que el pobre que enfermó vivía en concubinato con una mujer, sin haberse casado, e, indignados, llegan incluso a obligar y forzar a un casi inconsciente convaleciente a que se case con la mujer, cosa que se realiza con él agonizante, y un Plácido cada vez más desesperado trata de conseguir dinero, y considera a Gabino responsable de todo lo que le está sucediendo. Tras realizarse el fraudulento matrimonio, el anciano enfermo finalmente fenece, y Plácido será el encargado del transporte fúnebre, en su carromato, por supuesto, a cambio de dinero, y lo hace. Con ese dinero, finalmente resuelve su problema de la letra, Plácido vuelve con su familia, que había sido hasta desalojada de casa, pero todo ha terminado ya, si bien sus problemas económicos no desaparecieron.





Singular comedia negra, que nos desliza su comicidad desde el inicio, con los créditos lúdica y casi interactivamente mostrados, en el que se hace hilarante referencia a un pobre, al que se limpia, perfuma, acicala, es un adelanto de lo que se verá. Y claro, la comedia está servida ni bien comienza la acción, la familia de Plácido que vive en un lavatorio público, en un baño de damas, un baño de damas donde las mujeres son lo que menos hay, pero esa es la vivienda improvisada de la familia del protagonista, se presenta de una forma cómica, una situación desgarradora, ciertamente terrible la austeridad que obliga a la familia a llegar hasta extremos humillantes, el genial Berlanga nos va dejando patentes muestras de su mordaz estilo, extrayendo comedia de una situación terrible. En ese escenario, se nos muestra el bosquejo de la sociedad de entonces, nos presenta una fotografía plagada de personas humildes, pobres, infelices ávidos de caridad, y he ahí que entra uno de los meollos del filme, esa caridad, frivolidad, esa artificial y falsa caridad, donde los comedidos acomodados, eligen al pobre que hospedarán como si se tratara de mascotas, los receptáculos de esa caridad en realidad se convierten en elementos de un escaparate en el que quieren quedar como los caritativos, pero en realidad es una despreciable falsa moral, quejándose incluso “de lo que les tocó”, es la deformación y tergiversación de una iniciativa sobre el papel buena. Esto se termina de representar con las figuras de los reporteros, los personajes que documentan la supuesta caridad, para malestar de los funcionarios y autoridades, forzando a más no poder situaciones y momentos durante las cenas, siempre completamente artificiales. Pero claro, Berlanga se las ingenia para presentarnos ese sórdido escenario enmarcado en momentos de delirante comicidad, resaltando la secuencia de una familia que sienta a su mesa a un desdentado cánido, engreído can al que incluso se le quiso poner una prótesis dental, construye el director ridículas figuras con las que nos presenta la enajenación de aquellos días.





Sencillamente imposible resulta dejar de mencionar, y ensalzar claro, los inmortales y famosos planos prolongados berlanguianos, con los que enriquece decididamente la exquisita fotografía de la sociedad española de aquellos años que nos muestra, mostrándonos tanto el rural y agreste paraje, como a sus habitantes, al hombre provinciano ibérico. Construye pues sus míticos planos secuencia, en los que manifiesta su magistral e inigualable dominio en el trabajo de cámara, en la que la secuencia parece no tener fin, ni límites, las secuencias se extienden sin quebrar jamás la ilación, se vuelven excelentes medios narrativos. Nos da fe Berlanga de una abrumadora movilidad de la cámara, de su herramienta de trabajo, que se desliza, gira, nos introduce en lo que pasa con sus precisos acercamientos y alejamientos, seguimientos y rotaciones, es una lente que llega a todo; Berlanga, con esa movilidad, la vuelve un personaje más, ágil, inteligente, y muy expresiva, es su sello inconfundible, los planos secuencia, íntegros, y un invaluable elemento narrativo. Este trabajo se amalgama a la perfección con lo que se muestra, la intimidad de una acción sencilla, donde personas sencillas son en buena parte protagonistas, y donde se presenta el negro humor, como un agonizante anciano al que se le mueve la cabeza para que asiente y se case, en la que se nos desliza la beatería e intolerancia de la época, empapada de frivolidad y falsa caridad, cuando veamos a los pudientes apurándose para que los reporteros los capten con sus pobres. La cinta se va ennegreciendo cada vez más, miseria, muerte, austeridad, problemas sin solución, y el final ciertamente no es nada esperanzador, cuando, ya habiendo al fin salvado Plácido su carromato, en realidad un triunfo menor, los problemas mayores siguen y seguirán ahí, la sociedad misma, el sistema que desmenuza y absorbe al individuo hasta consumirlo, seguirán ahí, y los melancólicos versos al final del filme retratan también esa cruda realidad, desesperante realidad de la que no hay escape. Para terminar, el reparto actoral está a la altura de la cinta, desde el buen José Luis López Vázquez, colaborador no pocas veces de Berlanga, Cassen por supuesto, Elvira Quintillá, todos ponen su valioso aporte para la tragicomedia, excelentes actores, no en vano reclutados por Berlanga. Un clásico con letras mayúsculas del cine español, de Berlanga, el director que aparentemente solo podía hacer obras maestras por esa época, y ésta, junto a la soberbia El Verdugo (1963), no en vano es mencionada no pocas veces como la mejor película de la historia del cine español. Excelente y recomendable.







2 comentarios:

  1. Muy bueno el comentario, me ha gustado mucho

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  2. Gracias y a seguir disfrutando de cine de primer nivel!.

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