miércoles, 27 de junio de 2012

El silencio de los inocentes (1991) - Jonathan Demme


Uno de los mejores filmes de la década de los 90, el yanqui Demme materializa una estupenda adaptación de la novela homónima de Thomas Harris, en uno de los ejercicios más recordados de sus protagonistas, tanto Anthony Hopkins como Jodie Foster. Es la bizarra y perturbadoramente seductora historia del doctor caníbal, Hannibal Lecter, a quien recurre el FBI para intentar acercarse a un asesino serial, mórbido travesti que desuella a sus víctimas femeninas, y para esto, confían en un personaje impensado, una estudiante de academia, aspirante al FBI, para acercarse al refinado caníbal, y obtener información del asesino, viejo conocido suyo que prepara ahora otro asesinato, la hija de una destacada política norteamericana. Remarcable filme que logra excelencia en muchos aspectos, siendo uno de los mayores la forma en que se delinea a sus personajes, y el inolvidable uso de los planos, pocas veces tan expresivos, tan efectivos. Las actuaciones vuelven también al filme lo que es, obra imperecedera, y la cinta sería con mucha justicia galardonada múltiplemente en la edición de los entonces aún dignos Premios de la Academia, llevándose las más importantes estatuillas de la ahora venida a menos velada cinéfila yanqui. Se trata de un gran filme, de las últimas obras mayores y dignas de reconocimiento en las últimas décadas de la ya tan devaluada producción cinematográfica del país norteamericano, un filme imperdible.

        


Se encuentra la agente Clarice Starling (Foster), en un campo de prácticas, va lñego con su jefe, Jack Crawford (Scott Glenn), que va al grano, le dice que tiene la misión de acercarse al famoso asesino caníbal, Hannibal Lecter, recluido en prisión, y realizarle un perfil descriptivo. Va hasta Baltimore, al instituto que rige el doctor Chilton (Anthony Heald), que le explica los estrictos procedimientos de seguridad para tratar al aberrante doctor, a quien conoce, Hannibal es un refinado y analítico individuo, que acepta cooperar con Starling. Ella sigue un rastro por Lecter dado, llega a un viejo almacén, donde halla una cabeza humana conservada. Vuelve a ver al doctor, Lecter le dice a Starling que la ayudará a capturar al asesino serial conocido como Buffalo Bill, dícele que éste prepara su siguiente asesinato, y ciertamente es así, el asesino (Ted Levine), ha capturado a Catherine Martin (Brooke Smith), hija de una diplomática. Starling y Crawford revisan el cadáver de una víctima de Lecter, van armando el perfil del doctor caníbal, con quien la estudiante sigue entrevistándose, mientras Bill tiene a Catherine recluida en un pozo.







A Lecter se le ofrece un beneficioso acuerdo, en el que la madre de la secuestrada promete darle muchas facilidades si coopera. Pero el trato es falso, Lecter se entrevista con la misma senadora, Ruth Martin (Diane Baker), les facilita a los agentes descripciones físicas de Bill, por unos momentos, el doctor abandona la prisión de máxima seguridad. Recluido en un ambiente mucho menos seguro, Lecter recibe a Clarice, que le solicita el nombre verdadero de Buffalo Bill, no consiguiéndolo. Poco después, el intratable y demente Lecter escapa de su prisión, asesinando a dos policías, y materializando una escapatoria tan ingeniosa como sanguinaria y brutal, al arreglárselas para tener el rostro de uno de los policías asesinados, y escapar tranquilamente en la ambulancia. Por su parte, Clarice sigue investigando a Bill, que tiene atormentada a Catherine en el pozo, con un antiguo conocido de Lecter, se va acercando al rastro del travesti, en Chicago. Los policías también investigan, aparte de Starling, pero siguen un rastro falso, lejos del real paradero de Buffalo, a quien Catherine distrae. Mientras el FBI acecha la casa errónea, Clarice sí da con el lugar correcto, detiene a Buffalo, finalmente lo liquida. Catherine es rescatada, Clarice se gradúa en el FBI, y recibe al final una llamada del liberado Lecter, que saldará cuentas con Chilton a su particular estilo.






Notable la adaptación de Demme, en la que resaltan con nítida contundencia los personajes, poderosamente delineados, descansa sobre ellos mucha de toda la fuerza del filme, contorneados curiosamente entre ellos mismos, o mejor dicho, delineado el personaje de Clarice, por el propio Lecter, un personaje exquisito, fascinante y complejo. Y por supuesto, la expresión visual, uno de los pilares mayores del filme, uno de sus cimientos básicos, poderoso es el mencionado recurso. Desde el inicio, vemos su expresión más característica, un desfile de planos, diversos planos de los personajes, los clásicos medios planos en su mayoría, de Clarice, contrapuestos a los en su gran mayoría también primeros planos de Lecter, estupendo recurso, de estupenda aplicación, pues la jerarquía de los personajes queda prontamente establecida, y definida con toda la fuerza que emana Hopkins, queda claro quién tiene la sartén por la mango, el calculador y dominador doctor tiene pues controlada a la frágil y bisoña estudiante de academia del FBI. Haciendo un pequeño paréntesis antes de ahondar en el mencionado tópico, en pro de respetar el orden cronológico de los sucesos, menciono cómo también resalta la densidad con la que impregna todo el filme Demme, también destacándose la secuencia del velorio mitad alucinado, mitad recordado del padre de Clarice, en la que siempre se sigue manifestando el poderoso trabajo de planos, que en esta oportunidad varía, siendo de primer plano para la Foster, Mayor densidad al filme le da, y siempre reforzado, cómo no, por una notable música, apremiante, angustiante, siniestra y densa como la secuencia misma, a cargo de Howard Shore, y que completa el paquete audiovisual tan logrado del que hace gala el metraje completo del filme.








Volviendo al tópico inicial, el incansable trabajo de la amalgama de planos de los personajes centrales continúa y se enriquece, y alcanza un nuevo nivel con el remarcable recurso de la conjunción de ambos rostros. De esa forma, las dos fuentes de interminable expresión, los rostros graves de ambos, Hopkins y Foster, siempre unidos de forma secuencial, llegan a estar juntos en una sola secuencia, en un solo plano, en un solo encuadre, los rostros, sus gesticulaciones, registros y expresiones, de importancia tan vital en el filme, se juntan, en el reflejo del vidrio, ahora predominando, por la cercanía, el de ella; pero el de Hopkins, en su lejanía, oculto en lo lobreguez, siempre tiene ese sentido de control, de dominio. Excelente el recurso que hace a la expresión del filme, y también a la narrativa, alcanzar un nuevo nivel de complejidad. Es deliciosa la relación que nace entre el doctor caníbal y la joven estudiante, hermosa, efectiva pero introvertida, oculta mucho dolor en su interior, y el asesino va desnudando toda su persona, toda su intimidad, primero a modo de chantaje, extrayendo sus intimidades y confidencias a condición de liberar él información necesaria para detener al asesino. Pero una real relación surge, se rebasa la mera colaboración con la policía, rebásase el tratamiento de Starling a un mero paciente psiquiátrico que puede ayudar en su investigación, un genuino lazo nace entre ellos, basado en el respeto algunas veces, otras en la admiración, y otras, simplemente en el horror y miedo que despierta un ser tan singular e impredecible como Lecter; y esto queda más que evidenciado en el final, con la llamada telefónica de Lecter a la ya graduada Clarice, llamada que no era necesidad que se hiciese, pero Lecter no podía dejar a Clarice afuera de su vida tan fácilmente, ambos ahora ya habían entrado en la vida uno del otro. Haciendo otro paréntesis, la complejidad de los personajes es también otra piedra angular, compitiendo en sus patologías, el refinado doctor caníbal ayuda a encontrar al aberrante travestido, asesino serial que utiliza la mítica e icónica imagen de la calavera en la polilla -imagen en la que colaboración tuvo el gran Dalí-, un individuo enfermo, cuya psicología también se va desnudando y analizando a través de la talentosa Clarice, la novata que termina resolviendo el caso, dejando en evidencia a todo el FBI.












Uno de los más intensos clímax del filme tiene lugar, por supuesto, durante el encierro de Hannibal, una suerte de claustro inexistente, pues todo el tiempo, pese al esforzado hermetismo en el que se desenvuelve el caníbal doctor, el de su encierro, es el antropófago doctor quien siempre tiene la situación controlada, y es él quien siempre ejerce control sobre una Starling que parece atrapada, se completa así una poderosa paradoja. Así, se plasma una secuencia providencial, cuando Lecter sale de la prisión de máxima seguridad, a una celda circular y de menor rigurosidad, su rostro, en primerísimo plano, se vuelve meollo y corazón de la narración y de la expresividad. Su faz es iluminada, su figura es enaltecida y empoderada más que en ningún otro pasaje, su expresión, más dominante y poética que nunca, es siniestra, mórbida, y, con todo, sensible y refinada, gustoso de la música clásica y un virtuoso dibujante además, combinación prodigiosa. También varía el enfoque de ella, ahora es también un primer plano el que la aborda, dotando de abrumadora densidad e intensidad al filme, es la secuencia más intensa, contándole ella su experiencia con los ruidosos y atormentados corderos en plena carnicería, evento que marcó su existencia, y él le pregunta si lo que busca ahora, detener a Buffalo Bill, es lograr que se callen los corderos, si lo que busca finalmente es el silencio de los corderos, el silencio de los inocentes. Es sin dudas la secuencia donde más se conectan Clarice y Lecter, curiosamente el último contacto que tuvieron, y coronado por el primer y último contacto físico, deslizando su índice el caníbal sobre la piel de ella, un momento íntimo, único. Pocas veces en un filme los planos fueron tan vitales, tan imprescindibles, tan ricos en su capacidad expresiva y narrativa, son decisivos estos planos, las secuencias corazón del filme, con un Lecter inalterable, penetrante, mórbidamente fascinante, y una Clarice que se vuelve intocable para el caníbal, casi una musa, con sus expresiones de gravedad, de tormento, de controlada, de sumisión. No muchas fueron las ocasiones en que un filme se lleva arrolladoramente los premios más codiciados de los Oscar como este filme lo hizo, Demme ganó como Mejor Director, la cinta como Mejor Película, y claro Hopkins y la Foster, oscarizados ambos como Mejor Actor y Mejor Actriz. Las actuaciones son titánicas, Hopkins encarnando a uno de sus personajes emblema, con la inmortal imagen de Lecter maniatado con la camisa de fuerza, y con un bozal, como si de una bestia se tratara, pero en realidad es un enfermo individuo con una mente brillante, perspicaz y sofisticado, pero mórbido. Memorable su escape final, poniéndose literalmente, el rostro de un policía para escapar, su ingenio y bizarría no tienen límites. Es un filme de cinco estrellas, desde la puesta en escena, el guión, las prodigiosas actuaciones, es un atrapante film, al que no se le encuentran fisuras, una de las mejores joyas del cine yanqui de las últimas décadas.









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2 comentarios:

  1. Increíble analalisis, me encantaría poder hacer un comentario acorde al talento aquí expuesto.La película me encanto, y este blog tambien!.

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    1. Muchas gracias por tus palabras Hugo, el filme es excelente ciertamente.

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