





Con ese inigualable marco y particularidades artísticas y narrativas, Fritz Lang nos prepara para lo mejor, llevarnos a las entrañas de su drama, el triángulo amoroso, con personajes, como no puede ser de otra forma con Lang, exquisitamente delineados, con lo que su estudio del triángulo sentimental se vuelve más compacto, creíble, y con mucha llegada. Son personajes complejos, empezando por una Mae, mujer con problemas de inestabilidad emocional, es una fracasada, recibida de mala manera por su hermano, pues esta dejó la casa para perseguir hombres casados, persiguiendo imposibles, viviendo de las para todos obvias mentiras de sus amantes de turno, para todos, menos para ella. Ahora, después de recorrer el mundo, después de desilusión tras desilusión, vuelve derrotada a casa, está asustada, busca luchar contra sí misma, y cambiar su incierto destino. Por otro lado Jerry, modesto y conformista pescador, hombre sencillo que vive en su sencillo mundo, atrapado en una casa con un soso ambiente, donde su ebrio y senil padre toca el acordeón rememorando sus raíces sicilianas, un tío inútil y con aires de celestino, esparce la duda y los chismes. Jerry es poseedor de una bondad que parece no tener límites, se trata de un hombre sin muchas ambiciones, atrapado en ese rutinario mundo. Y en el otro extremo, el intenso y apasionado Earl, duro, dominador, altanero, desafiante, un desadaptado que parece que va a ganar en todas las situaciones y circunstancias, de existencia libre, cuya virilidad impresiona a toda mujer que se ponga en su delante, parece tener a todo el mundo en su contra, pero lejos de asustarse, acepta encantado el desafío, él es fuego, un fuego renegado, renegado del mundo, este personaje es todo lo opuesto a Jerry, y es todo lo que representa Mae. Estos personajes, que Lang parece haber delineado con obsesión, se apoyarán en otro elemento clave del filme, que son sus sólidos diálogos, donde el guionista Alfred Hayes genera parlamentos poderosos, compactos, definitivos, tajantes, ciertamente parecen la expresión pura de los personajes. Los diálogos expresan el sinsabor y realismo de Earl hacia el mundo, desilusionado de él, si es que alguna vez tal ilusión existió, expresándose con frialdad de las mujeres, siendo capaz de responder a la pregunta "No le gustan las mujeres, ¿verdad?", con un "Coja seis mujeres, la mía incluida y tírelas al aire. La que se queda pegada al techo es la que me gusta"; pero es capaz de expresar fuego y pasión del amor, por ello tan afín a Mae, que expresa también desilusión en sus diálogos, una desilusión con resignación, pero acompañada también de impotencia, y claro, cuando se habla de amor, capaz de decir "Si volviera a amar a un hombre le aguantaría todo. Podría hacerse un collar con mis dientes". Ambos pues, sacan chispas, su modo de cortajerla es decirle, "Jerry es la sal de la tierra, pero no el condimento adecuado para ti". Una intrigada y atraída Mae replica: "¿Qué clase de condimento necesito?". El agudo y viril Earl responde: "Tú eres como yo. Unas gotas de tabasco o la carne queda sosa". Paul, también a su manera, deja líneas propias de él, recibiendo a la arrepentida adúltera, le interroga, cándidamente, “¿No intentarás volver porque no tienes a dónde ir?”, cándida, pero inevitable resignación. Mucha atención a los diálogos, que merecen un apartado a parte en la cinta.
La forma en que se entreteje el drama de Lang se desliza con naturalidad, y al analizar a los personajes, es someramente predecible, pero el genial alemán lo retrata con esa familiaridad de la vida real, en la que uno sabe hasta cierto punto lo que va a suceder, pero que, sencillamente, no lo puede evitar, pues, somos humanos, los defectos están ahí, ellos nos humanizan. Una desesperada Mae está horrorizada por aquello en lo que su vida se está convirtiendo, está escapando de sí misma, y se encuentra en difícil situación, cuando Jerry se muestre interesado en ella, pero su bondad la repele, le aburre, la asfixia, y entonces aparece Earl, representando todo de lo que ella viene huyendo, representándola a ella misma, el fuego, la pasión, el desinterés por los demás, y ella, asustada, al ver que todo se repite otra vez, acepta a Jerry, pero solo por ese miedo, pues es tan inocuo, tan ajeno a la mezquindad, que representa para ella alivio y seguridad. Esto queda más que evidenciado cuando ella, en la misma noche, primero rechaza a Jerry, sabedor de lo insípido que le resulta, pero después del primer avance del descarado Earl, está aterrada, pues sabe que le atrae, y ante el temor de un nuevo fracaso, su propia existencia flaquea, opta por la seguridad y pasividad del inofensivo Jerry, inmediatamente después de ser tentada por Earl, se refugia en su estabilidad para evitar a toda costa otro traumático deja vu. Y ella es perfectamente consciente todo el tiempo de su debilidad por Earl, la carne llama a la carne, más cuando son del mismo corte, y el inocente Jerry invita a Earl a su casa, sirve la mesa, llama al lobo al rebaño, pasa como en la vida. Mae se debate, busca inconscientemente el fracaso, pero no puede evitar hacerlo, la rutina la destruye, la pasividad de Jerry, su incapacidad de maldad, la lastimoso que puede llegar a ser, la liquidan, necesita la aventura y desenfreno de Earl, en el alma gemela, indómita y rebelde de Earl, inevitable era que se consume tan intensa, evidente e ineludible atracción. Ahora bien, es pertinente señalar que el film está basado en una obra de teatro de Clifford Odets, exitosa en tierras yanquis, pero a la que Lang hace una modificación sustancial en el final, y es que en la obra teatral, el engañado termina por eliminar al amante, pero esta opción era ajena a los deseos del director, que optó por un final redentor, que representa salvación para Mae, pero que, siendo francos, peca un poco de ingenuidad. Leamos al propio maestro al respecto: “El hombre podía revolverse contra lo que era malo o falso, cuando se hallaba atrapado por las circunstancias o convenciones. Pero no creo que el homicidio sea una solución. El crimen pasional no sirve para nada: amo a una mujer, me engaña, la mato, ¿qué me queda entonces? Si doy muerte a su amante, ella llegaría a detestarme y además perdería su amor. Matar no puede ser nunca una solución»”. Este preciso extracto de pensamiento languiano sería también leido por la diosa, el simbolo sexual Brigitte Bardot, en el homaneje al alemán que hiciese Godard, con Le mépris (1963).

En su búsqueda de la propia solución, el director opta por retratar a una arrepentida Mae, que vuelve con el rabo entre las piernas a un Jerry que termina por aceptarle de vuelta, pero naturalmente, su interrogante, esbozada por él mismo, es perfectamente válida, cuando afirma que la acepta por que tiene que hacerlo, y que debe confiar en ella pues no le queda otra, y eso es lo peor. Efectivamente, eso es lo peor, debe confiar en ella otra vez, pero uno se pregunta, ¿quedará finalmente Mae feliz, mágicamente se sentirá satisfecha de pronto con el inofensivo y pasivo Jarry?, ¿qué pasará la próxima vez -porque definitivamente hay una próxima- que se aburra y desee el desenfreno de Earl?, ¿realmente la historia concluyó? Es un bello debate que dejo abierto a aquellos que se hayan tomado la molestia de leer estas pocas líneas que he materializado. Para terminar, hablaré de las actuaciones, que son tan compactas como la cinta, una Barbara Stanwyck loable hace gala nuevamente de su amplio abanico de registros, modulaciones y gesticulaciones, su repertorio la hace una convincente Mae, atormentada y luchando contra sí misma, su actuación es notable, y esa poderosa voz suya, tan imponente, tan señorial, vuelve a su personaje imposible de no ser atractivo, y acorde a la tipología emocional de la propia Mae, su interpretación es vital dentro del universo de la cinta. Paul Douglas cumple también como el inocuo Jerry, a este actor se le dan bien esos papeles de hombre enamorado que corteja a una hermosa dama, poco atractivo sujeto que siempre perderá contra el galán de turno, al margen de si se materializa o no su atracción, solo por recordar similar situación que viene a mi mente, está Green Fire (1954) de Andrew Marton, con Dougl.as cortejando a la inalcanzable diosa Grace Kelly. Naturalmente, tenemos a un incontenible Robert Ryan, uno de los yanquis predilectos de quien escribe, y que encaja ala perfección con el porte físico y temple emocional de Earl, esa rebeldía, ese perfil y experiencia de Ryan como hombre duro lo vuelven el Earl idóneo, el renegado social, pero intenso y apasionado, enredado en una peligrosa situación sentimental. Como detalle casi pintoresco, tenemos a la eterna bomba sexual, una jovencísima Marilyn Monroe como la cuñada y admiradora de Mae, y que también es sensible a la virilidad de Earl, apreciándose algunas escenas de Ryan seduciendo casi a la irresistible rubia. No puedo mi artículo terminar de otra forma que remarcando, reforzando y recalcando la obligación que se tiene de ver cintas como esta, un genio expresionista hace delicias en el otro lado del océano, dicta cátedra en otra cultura, esta producción de la RKO es imperdible, imperdible para aquel que sepa apreciar exquisito cine y no se ahogue en la estupidez e inmundicia que nos envuelve y lucha por poseernos más y más. Gracias a Lang.
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