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viernes, 22 de junio de 2012

Madame Bovary (1991) - Claude Chabrol


El genial Chabrol, uno de los más brillantes directores franceses de décadas recientes, que llegara incluso a opacar a a los más prestigiados y renombrados padres de la famosa nouvelle vague, materializa una labor titánicamente difícil, una estupenda adaptación de uno de los grandes clásicos de la literatura francesa, la obra cumbre de Gustave Flaubert, la obra homónima inspiradora del filme. Harto conocida es la trama, la historia de Madame Bovary, Emma Bovary, que se casa con un doctor rural, un rústico e insípido personaje incapaz de llenar las expectativas sentimentales y de vida de Emma, que primero se refugia en un joven lugareño, pero al no consumarse su atracción, termina materializando adulterio con un maduro aristócrata, por quien se volverá loca, pero al abandonarla éste, reiniciará y consumará finalmente su adulterio con el inicial joven también. Las peripecias de Emma, y su constante e imperecedera insatisfacción, terminarán por sumirla en la demencia, en enfermedad irreversible, y termina ella feneciendo. Radica el mérito de Chabrol, en realizar una impecable adaptación, respetando, con el mejor de los aciertos, el texto original, y plasmando ese texto, lógicamente, con las naturales distancias de la literatura al cine, pero consigue el cineasta francés plasmar en buena medida el mundo de la Francia de entonces, y recluta para ello a su segunda musa, la menuda y bella Isabelle Huppert, además de otro conocido para el realizador, el siempre eficiente Jean Yanne, asiduo colaborador suyo en esta etapa de su carrera.

       


Se inicia el filme con el doctor Charles Bovary, (Jean-François Balmer), que visita la casa de un paciente, afectado de una fractura en la pierna, volverá para revisarlo en tres días. Luego, el recuperado anciano exhorta al viudo doctor a que intente algo que adivinó era su intención, casarse con su hija, Emma (Huppert), lo cual sucede. Pero de inicio, Emma siente que su marido es aburrido, no la satisface, y cuando son invitados a un elegante baile, ella se codea con la alta sociedad francesa, soporta cada vez menos a Charles. El doctor, que advierte el sinsabor de su mujer, le propone mudarse a un lugar más grande, ella, embarazada, accede. Se mudan, buen negocio le aguarda al doctor, y conocen al farmacéutico del lugar, M. Homais (Yanne), y luego a Leon Dupuis (Lucas Belvaux). Nace poco después la hija de los Bovary, Berthe, y Emma comienza a frecuentar con Leon, pues los esposos, el farmacéutico y el joven Dupuis, se reúnen a menudo en la casa de inquilinos que comparten, jugando dominó, recitando poesía el joven Leon. Emma queda intrigada y atraída por el joven, mientras va hastiándose más de Charles, y de su propia hija Berthe. Pero de pronto, Leon afirma que partirá, causando desazón en Emma. Sin embargo, la desazón no dura mucho, pues después conoce Charles a un paciente, Rodolphe Boulanger (Christophe Malavoy), más experimentado personaje.




Advierte Rodolphe la situación de Emma, la estudia, desea, y sin muchos problemas, sedúcela. Repetidas veces consuman el adulterio, en bosques, o en la casa de él. Homais convence a Charles de que practique una complicada operación en la pierna a un individuo, inicialmente un éxito, pero luego se degenera el miembro, hasta tener que ser amputado, causando humillación a los Bovary. Emma, por su parte, endeudada por sus caprichos en su vestir, pide a Rodolphe que la saque de ahí, que escapen juntos, a lo que éste accede, pero la abandona. Ella desespera, enferma, luego, algo recuperada, asiste a la ópera, donde reaparece Leon, y ante una serie de circunstancias, el inepto Charles la deja con éste; similar situación se repite al morir el padre del doctor, por tres días Emma se queda con el joven, tres intensos días de sexo, una luna de miel. Pero los problemas financieros no desaparecen, son 3,000 francos de deuda, que le cobra un tendero sabedor de sus adulterios. Ella pide ayuda a Leon, no la consigue, va desesperándose, su insatisfacción y desazón se incrementan, vuelve a encontrar a Rodolphe, no consigue apoyo de éste tampoco. Abrumada, Emma se acuesta con el tendero por la deuda, tras lo cual enferma gravemente. Emma termina feneciendo, al igual que Charles, y su hija Berthe acaba trabajando en el rubro algodonero.




Chabrol es uno de los directores franceses más respetables y mejor logrados de las últimas décadas, que logró desarrollar un estilo bastante diferenciado de sus contemporáneos, que más inmersos estuvieron en el movimiento de la nueva ola -exquisita su respuesta cuando se le atizaba de traicionar los principios de la nouvelle vague: "no hay nuevas ni antiguas olas, solo está el mar"-. Pues bien, el gran Claude, que no pocas veces llevaría a la pantalla grandes adaptaciones de diversos títulos literarios, de mayor o menor reconocimiento y prestigio, tenía ciertamente un desafío mayor ante este proyecto, adaptar uno de los grandes relatos de su natal Francia. Difícil misión, primeramente por su controversial contenido, el drama de la mujer insatisfecha, cuya insatisfacción la conducirá a su perdición, la demencia y la muerte, un tema que, en su momento conllevara dificultades al autor, Gustave Flaubert, por lo que hasta un juicio se le aplicaría. Y segundo, por la complejidad del texto, la forma en que delineaba el terrible drama de una mujer que jamás alcanza la paz y el equilibrio de la felicidad. Chabrol se propuso la labor de plasmar todo lo que el original texto de Flaubert transmitió, respetando la original historia, y el propio cineasta afirma que su objetivo era ese, adaptar al cine lo más fidedignamente posible la obra maestra del dramaturgo. En ese sentido, la natural y descomunal dificultad de adaptar el universo literario al ámbito audiovisual del cine es abordado por Chabrol, aparte de la narración misma y el desarrollo de las acciones, a través de la irrupción de una voz narradora en off, que nos introducirá en el interior de Emma, que nos acerca a su drama, al drama de la mujer que siempre se siente descuidada, siempre sintiéndose hostigada por su insípido y burdo esposo, un hostigamiento que nace inmediatamente, y que crece exponencialmente.





Este correcto recurso, que decididamente acerca más al drama intangible que se aprecia, nos conduce más estrechamente por el viaje que es la tortura y la exasperación que experimenta Emma, que no aguanta su situación, ni a su esposo, Charles, el responsable directo de todo. Charles es un doctor, que es tan basto que, al definir ella su salida a la ópera como el mejor día de su vida, no tiene mejor idea para generar el colofón a ese día, que quitándose la botas en el carruaje, arruinando el momento, alimentando la locura que la tortura, tortura en la que hasta su inocente hija participa sin saberlo. Charles es pues la representación directa y sin tapujos de toda una clase social vigente entonces en Francia, delineado como un insípido y cándido torpe que entrega a su mujer en bandeja de plata a sus amantes, razón por la que tan controversial fuese la obra de Flaubert. De esa forma, con esos recursos, Chabrol respeta y nos introduce correctamente en la historia, la fémina insatisfecha que siente que su sufrimiento nunca acabará, ni siquiera con una drástica mudanza, donde más bien conocerá a sus futuros amantes clandestinos. Ya mencionada la en ciertos aspectos insalvable distancia entre literatura y cine, corresponde también mencionar el aspecto en el que el cine se escinde del arte literario para manifestarse de la maravillosa forma en la que sólo el cine es capaz de manifestarse. La poética visual de Chabrol, uno de sus tan queridos y definidos pilares artísticos, se plasma en su representación del campo, el ámbito rural, donde el genial francés desarrolla un fantástico dominio cromático, ese cromatismo se nos materializa, literalmente, brillante, luminoso, radiante, rebosante de energía y vida, son los segmentos visualmente más poderosos y remarcables del metraje. Agradable simbolismo a su vez es ese recurso, el campo, es el ambiente donde ella se desenvuelve, donde Emma tiene su aparición, donde va generando el idilio con Leon, un vívido y omnipresente verde que impera en las poderosas imágenes bucólicas de día, o, más lúgubres, en la oscuridad de la noche, es el lugar donde tiene sus recónditos amoríos con Rodolphe.





Si bien el mencionado recurso del retrato bucólico no aparece en demasía, cuando lo hace, se advierten y sienten imágenes que se escinden nítidamente del resto, y por si fuera poco, son potenciadas, como otras secuencias del metraje del filme, con la música del vástago del director, el buen Matthieu Chabrol, que va puliendo su refinado aporte musical, va evolucionando todavía su música, no abundante en el filme. Claro, en ese mismo aspecto, Chabrol utiliza una vez más, aparte de a Matthieu, al otro miembro de su prole artística, Thomas Chabrol, siempre brevemente utilizado por su padre, acá aparecerá como un aristócrata que por milagro no consumó otro adulterio con Emma. Notable la representación de Chabrol, notable su puesta en escena, dotando a su filme de toda la fuerza que un dómine en el manejo de la cámara puede hacerlo, generando estupendas fotografías, estupendos planos, tanto en las construcciones dramáticas de la acción misma en el área citadina, como claro, con sus poderosos encuadres, la exquisita composición de sus imágenes en los segmentos bucólicos, que es de donde mayor fuerza emana el filme del francés. Chabrol entra ya en la segunda etapa de su carrera, su fecunda carrera, en la que, ya separado de su esposa y primera musa, la etérea Stéphane Audran, recluta a la segunda musa, la notable Isabelle Huppert, de magnetismo sexual ciertamente más recatado que la Audran, pero correcta en su encarnación de la mujer que es absorbida por la rutina, el sinsabor y la insatisfacción de una vida nada realizadora; si bien no es la mejor de sus interpretaciones, cumple con mucha suficiencia la Huppert, grave, solemne, atormentada, insatisfecha, características que ciertamente se corresponden más con su perfil de actriz, que con el de la irresistible diosa, la predecesora inspiradora del cineasta. Termina Emma sumiéndose en la perdición, su lascivia la domina, y su único fin será una grave enfermedad, atormentada por las deudas de lujos que nunca debió permitirse, y es bastante decente la actuación de una de las mayores inspiraciones femeninas de Chabrol. Es una gigante obra literaria, que desnuda con despiadada precisión las fisuras y falencias de una clase social grasosa y desabrida, aspirando a ascender a otra clase social de mayor jerarquía, sofisticada, pero casualmente, cuya sofisticación está muy lejos de alcanzar, y esto es correctamente adaptado al cine como solo un gran realizador, y coterráneo del autor del relato, podía hacerlo. Buen y apreciable ejercicio de cine francés.







El gran Claude Chabrol.

miércoles, 2 de noviembre de 2011

Borrachera de Poder (2006) – Claude Chabrol

Una de las últimas entregas del prolífico Chabrol, uno de sus últimos títulos antes de que la muerte nos lo arrebatara cuatro años después, y hace casi un año. Todavía podemos apreciar muestras de su innegable y apreciable talento, destellos de su sello, es algo que Chabrol simplemente no puede evitar. Es cierto que no logra alcanzar el nivel de sus grandes obras maestras, que es muy lineal, pero es una entrega de un director que se mantuvo vigente durante cinco décadas, uno de los grandes directores europeos de los últimos decenios, uno no se imaginaba que era de las últimas obras del maestro francés, forma parte de su distinguida filmografía, y es un filme que todo admirador suyo sabrá apreciar. Utilizará a la musa de esta posterior etapa suya, Isabelle Huppert, para representar a la protagonista, una jueza que debe juzgar a un corrupto empresario acusado de malversación de fondos, y durante las pesquisas ambos irán experimentado una desintegración de su mundo, el derrumbe de sus relaciones personales y de sus existencias, la caída ante ese inmenso poder y corrupción que domina todo, esa borrachera de poder.



En Francia, un maduro hombre de negocios trabaja, es Michel Humeau (François Berléand), y de pronto es intervenido y detenido por policías. Los peces gordos de su entorno se enteran de lo sucedido. El implicado conoce a la jueza que llevará su caso, Jeanne Charmant-Killman (la Huppert). Ella lleva una no muy satisfactoria vida de pareja con su esposo Philippe (Robin Renucci), y se aprecia una extraña cercanía y atracción con su sobrino Félix (Thomas Chabrol, hijo del director con la hermosa Stéphane Audran, su primera musa). Jeanne inicia la investigación, confronta al empresario sobre compras, amantes, pagos adulterados, mientras Humeau se quiebra ante la gran presión de su situación. La presión también le afecta a ella, que sufre un accidente, pero es mantenida en el caso, gente poderosa se encarga de ello, y se le asigna una compañera en la investigación, lo cual no le agrada. Tras el accidente, con nuevo look, prosigue su trabajo, lo que la estresa, hasta el punto de abandonar al esposo y a su propia casa, mientras es víctima de persecución y acoso, esto  la hace ser protegida por guardaespaldas. Entrevista a otros personajes de poder, que dan nuevas luces sobre el caso, pero repentinamente, es removida del mismo por sus superiores, arbitrariamente la dejan fuera. En medio de todo, sólo con Félix se relaja y sosiega, mientras Philippe intenta suicidarse lanzándose por la ventana. En el hospital, preocupada por él, se encuentra con un deteriorado Humeau, ambos han perdido mucho, se compadecen mutuamente. Finalmente se va con su sobrino, sola, vacía.



La película, comparada con otras obras de Chabrol, es bastante lineal, no hay muchos detalles detrás de la historia central, abundan convencionalismos. Interesante la relación que tiene la protagonista, la jueza, con su sobrino, pasa más tiempo con él que con su propio esposo, una atracción que no llega a términos sexuales, pero existe. Conforme avanza la historia, Jeanne se va desmoronando, sin casa, sin pareja, sin satisfacción en su existencia. Chabrol ofrece, dentro del relato central, un acercamiento a la vida de esta mujer, sus temores, frustraciones, y esa ambigua atracción con el hijo del hermano de su esposo, el ya maduro maestro nos muestra los demonios de la mujer, y probablemente los suyos propios en ese momento de su existencia. Se aprecian también, ineludiblemente, uno que otro pincelazo de la destreza de Chabrol en el manejo de la cámara, algo inevitable sabiendo la escuela de la que viene el francés. Ambos protagonistas, Jeanne y Humeau, ven cómo sus vidas se van desmoronando durante el filme, es este uno de los meollos del mismo. Definitivamente no es lo mejor de Chabrol, es cierto, y así, dos cosas quedan claras tras ver el filme, primero, que los mejores años del cineasta francés ya pasaron, y segundo, que pese a no ser su mejor obra, algún detalle se aprecia que la hacen digna de ser vista. 


martes, 1 de noviembre de 2011

Gracias por el Chocolate (2000) - Claude Chabrol

Chabrol entra al siglo XXI con este título, un nuevo siglo que nos trae al realizador francés que ya va manifestando que los mejores años han quedado atrás, sus iniciales etapas, los brillantes estudios y tratamientos de sus personajes van desvaneciéndose poco a poco. Atrás ya quedaron las últimas piezas maestras del francés, las finiseculares L'enfer / El infierno (1994) y La Cérémonie / La ceremonia (1995), e inevitablemente algunos de los elementos más admirables de los que estaban impregnados sus filmes, ya no están ahí, o al menos, ya no están plasmados con la misma maestría y frescura, los años no pasan en vano. Chabrol utiliza como personaje principal, como motor de toda la acción, una vez más a una mujer, en este caso la musa de su etapa final, la menuda Isabelle Huppert, que será el ente que Chabrol estudia, alrededor del que todo gira, el pulsor del filme mismo, y la gran actuación de esta más que interesante actriz es una de las cosas que realza esta cinta.

    


En una reunión burguesa, Marie-Claire 'Mika' Muller (Huppert) y André Polonski (Jacques Dutronc) se están casando, es la segunda vez que se casan, tienen una historia atrás, ella, hija de un empresario exitoso de chocolatería, ahora heredera del negocio, y él, un conocido y prestigioso pianista, tuvo un hijo con otra mujer, de quien enviudó. Por otro lado, Jeanne Pollet (Anna Mouglalis), una atractiva jovencita pianista, se entera, de una manera casi tonta, de una historia sin mucho sentido en la que resulta que ella podría ser la hija de Polonski. Ella, inquieta, va a buscar al pianista, a quien no le cuesta mucho cogerle cariño, por ser pianista y por sentir cierta empatía con ella, mientras su hijo Guillaume (Rodolphe Pauly), parece no llenar sus expectativas. Su visita deja intranquilos a Guillaume y a Mika, cierto aire de intriga se siente, pues las intenciones de ella son inciertas, que se encarga de servirles chocolate a todos. La intranquilidad la conduce a visitar a la supuesta madre biológica de Jeanne, la doctora Louise Pollet (Brigitte Catillon), quien no tiene dudas en su corazón de ser su madre, pero sí tiene dudas en su frío lado científico, y con esto la duda de Mika crece. Jeanne se va acercando más a la familia Polonski, pasa tiempo con André practicando piano, la triste melodía de Funerales de Liszt, en una casi ridícula situación donde ambos parecen saber algo bastante evidente, son momentos de cierta tensión, mientras Mika sirve su chocolate.


                                                                                              
   




Se desata una hipótesis que parece bastante clara, en la que Mika parece haber tenido algo que ver con la muerte supuestamente accidental de la esposa fallecida de André, dormida al volante, y es que ella maneja los somníferos que toma el pianista, al igual que maneja el chocolate, ella es dominante y malignamente maquiavélica. La hipótesis queda más que corroborada cuando una secuencia muestra a Mika dándole el somnífero a la mujer, cuando de manera extraña la familia entera estaba de visita en casa de ella, en Suiza. Las intenciones de Mika son cada vez más claras, su siguiente víctima es Jeanne, que amenaza su tranquilidad con la irrupción en su familia, debe eliminarla, y para ello la invita a pasar unos días en casa con el pretexto de que practique piano con André. Paralelamente, Jeanne escucha de labios de su madre que finalmente su padre no es ni quien ella pensaba al inicio, ni el pianista, sino un desconocido donante, es que su madre se inseminó artificialmente al ser su esposo infértil. Estando Jeanne ya en casa, Mika va buscando la mejor forma de materializar su intención, mientras Guillaume se ha dado cuenta de que algo está sucediendo. Se genera un escenario idéntico a la muerte de la supuesta madre de Guillaume, Jeanne va a conducir un auto, Mika le da una bebida, estos detalles convencen a André de que ella es la asesina, todo está descubierto, pero Jeanne y Guillaume ya salieron en el auto. Finalmente, los jóvenes solo sufren un leve accidente, el asesinato se frustra, y Mika queda frágil e inmóvil.



El Chabrol del siglo XXI entrega esta cinta que ya muestra otra estética, en la que priman un poco más los jóvenes, ambiente de frescura, minifaldas, dejadez, y esto llega incluso hasta a impregnar las razones o pulsores con los que se desencadena toda la acción, que llegan a ser por momentos anodinos. Como ejemplo, la forma en que repentinamente, tras años de vida, Jeanne se entera casi tontamente de cómo ella puede ser hija de una famosísimo pianista, o lo demasiado fácil y conveniente que se siente que la familia entera viviera unos días con la ex mujer del pianista, es como si la fuerza impulsadora de toda la acción reposara ahora sobre una base mucho más frágil. A ese respecto, Chabrol no cuida la intriga o suspenso de su filme, todo lo contario, resuelve casi de entrada todo misterio, los desenmaraña, hasta nos los muestra, el enigma ya está resuelto. Esta característica es conocida en Chabrol, pues siempre sacrifica el misterio para dar lugar al desmenuzamiento del personaje, o personajes principales, pero en este caso, se siente que la forma en que todo se explica, es demasiado simple, que deja un tanto perplejo e insatisfecho, sabiendo la clase de cineasta que es Chabrol. Lo que sí es apreciable, es la inteligente forma en que Chabrol utiliza la música clásica para enriquecer la narración, pues las funerarias notas que tocan los pianistas se complementan con la situación de incertidumbre que los rodea, esa incierta pero a la vez obvia relación padre-hija, y es que la música ayuda a que la incertidumbre se vuelva algo obvio, llena los momentos de silencio, se fusiona con la narrativa.



Sobre las actuaciones, la Huppert se luce en una de sus mejores interpretaciones, maquiavélica, fría, distante, elegante, motor de toda la acción, la desmenuzada, es la maldad pura, es consciente de ello, trata de explicar el origen de su maldad, Es una profunda y traumática complejidad, que si no llega a ser debidamente esclarecida, no es por responsabilidad suya, sino de un director que da la impresión de no poder ya trabajar de la misma forma los asuntos que ha tratado toda su carrera, utilizando los recursos que ya usó también toda su carrera. Es como si Chabrol se hubiera finalmente saturado de narrar básicamente la misma historia, hasta casi con los mismos personajes, como si la mera variación de matices ya no diera tanto resultado, pues se ha perdido algo que está más allá de eso: su tratamiento de personajes. Destacable también me parece la actuación de la joven Anna Mouglalis, bella y espigada, con unos grandes y expresivos ojos, frescura en su correcta interpretación, una actriz que algo bueno puede lograr a las órdenes del director correcto. El final muy probablemente le resultó abrupto a más de uno, y es que cuando no pocos seguramente esperaban un clímax psicológico, Chabrol decidió que era el mejor momento de terminar y pasar los créditos repentinamente, dejando una sensación de que algo quedó inconcluso, es que el francés, deja en esta cinta algunos, podríamos llamar cabos sueltos, detalles que no se trabajan con la mano magistral de unas décadas atrás, con esa contundencia incontestable de otras cintas. Se inicia un nuevo estilo en Chabrol, sus más fulgurantes características han perdido brillo, pero podemos apreciar aún muestras innegables de uno de los mayores exponentes del cine francés de las últimas décadas. 


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