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domingo, 10 de junio de 2012

París Tombuctú (1999) - Luis García Berlanga

Uno de los mayores directores de la historia del cine español pondría punto final a su brillante filmografía con esta cinta. El inolvidable y titánico Luis García Berlanga se despediría del siglo XX, y del cine, con una cinta que es por demás enigmática, desafiante, en el sentido que uno es expuesto al desafío de interpretar exactamente qué sucedió con Berlanga para que dirigiera una cinta en muchos aspectos incomprensible, viniendo de alguien de su talla. Muy símilmente a lo que hiciese en Calabuch (1956), la historia en esta oportunidad se centra en un individuo, un anciano individuo, un doctor impotente, que, cansado ya de su impotencia y de la vida misma, emprende impensado viaje en bicicleta a París Tombuctú, una suerte de paraíso quimérico que jamás encontrará, quedándose en Calabuch, comunidad levantina en la que conocerá a la más variopinta colección de personajes, que ciertamente son la colección de personajes que apreciamos durante toda su carrera. Filme que pareciera querer encerrar lo que toda su existencia le hizo vivenciar, pero el resultado viene a ser un complejo y extraño entramado de no solo bizarros personajes, sino además de bizarras situaciones y figuras que destrozan por completo lo esperpéntico, son imágenes que aterrizan ya en lo grotesco, que no dejan de sorprender, y que tiene un final sumamente humano, que en buena parte soluciona el desafío mencionado.

       




El doctor Michel des Assantes (Michel Piccoli) está recibiendo peculiar tratamiento de su impotencia, recibe estímulos físicos y visuales, pero nada funciona. Hastiado, está a punto de arrojarse por la ventana, pero entonces va a un frutero con una bicicleta que dice París Tombuctú; es entonces que para, le compra la bicicleta y emprende viaje a esa locación. Durante el trayecto, sufre un accidente en la carretera, por lo que es atendido y auxiliado por personajes, que lo llevan a una comunidad, donde Trini (Concha Velasco) lo acoge en su casa, afirma ser hija del mítico Manolete, ella y su hermana Encarna (Amparo Soler Leal) bañan a su huésped y la hacen probar la comida típica. Es Calabuch, es el fin de milenio, 1999, Michel duerme con un muñeco. Conoce Michel a la alcaldesa del lugar (Cristina Collado), mujer lesbiana, además de un anárquico mecánico, Boronat, (Juan Diego), nudista individuo que siempre tiene problemas con la policía por su afición, además de un singular sacerdote (Santiago Segura), a él esposado. El sargento policial le pone algunas trabas, es un incompetente, mientras Trini se muestra más que hospitalaria con Michel. El doctor conoce asimismo después al hermano de sus anfitrionas, Gaby (Javier Gurruchaga), manufacturero parlanchín.




Sigue conociendo a los personajes de Caslabuch, como un joven negro que practica fútbol y desea emigrar a algún club grande, además de Vicente (Eusebio Lázaro), fabricante de inodoros. Llegan las navidades,Michel ve a los tres hermanos discutir por motivos de su herencia, no saben cómo repartirla. Acompaña luego a Boronat a un paseo por la playa, y después Trini le hace muy directas invitaciones sexuales, las mismas que Michel no materializa. La alcaldesa, por su parte, está ajetreada con todos los preparativos de la fiesta del nuevo milenio, la censura y el estrés la agobian. Hay una campaña por recibir el nuevo milenio todos desnudos, por lo que hay desorden laico y conservador. Entonces irrumpe un inesperado visitante, la mujer de Michel, joven mujer aún que se hizo una operación en el busto, tal cual Trini quería. Se va Michel, en medio de los desfiles y disfraces, llega un famoso ciclista (Antonio Resines), singular personaje que golpea a un individuo. Trini se entera de serias dificultades para aprobar su supuesto distinguido abolengo como hija de Manolete, además de complicaciones con la herencia. En la gran fiesta de año nuevo, Michel intenta ahorcarse, pero sobrevive. Finalmente, se marcha otra vez, a París Tombuctú.




Muy peculiar la cinta final de Berlanga, que alcanza una complejidad que sobradamente supera las expectativas de una mera película.  Sorprende, primero que nada, pues desde el inicio queda retratado, las inusualmente toscas imágenes del ibérico, imágenes vulgares, crudas, que ciertamente colindan en demasía con lo grotesco; y es que es muy probablemente el comienzo más grotesco de un filme que se haya visto en Berlanga, con un doctor recibiendo una felación desfachatada, y con una serie de imágenes que ciertamente desafían al buen gusto de quien conoce la obra berlanguiana. Y esas figuras, por demás sorprendentes y, sí, desagradables, son tan indeseables como reincidentes, viejos desnudos, sexo al descubierto, sexo nada sutil ni elegante, y es que el sexo mismo es uno de los temas capitales del filme, algo que Berlanga desliza sin el menor ornamento o disimulo, como ya venía advirtiéndose en sus filmes anteriores. El protagonista es un doctor impotente, cansado de tratar de corregirlo, a sus años, aún eso le preocupa, y quisiera señalar aquí ciertas similitudes en ese estricto sentido, mostrar sexo sin sutileza, con Chabrol, quien símilmente, en el ocaso de su carrera, dio muestras se similar actitud, acaso de desgaste y decadencia artística. Así, casi calcando lo hecho en Calabuch, un viejo personaje llega, escapando de un mundo despreciable, que lo colmó y hastió, a un mundo paralelo casi, un mundo aparte, aislada locación donde descubrirá un nuevo orden de cosas, y desde donde se despide el milenio, un mundo que se rige por sus propias reglas y en el que Berlanga parece exponernos el bosquejo, el compendio de todos los personajes de su carrera. Una alcaldesa lesbiana, un sacerdote que habla de lo positivo que sería la eutanasia, o de lo factible y aceptable que sería la clonación, del comunísimo, es una clara ironía y bizarro retrato religioso, y claro, imposible no notar la obviedad, el anarquista desnudo.



Es el anarquista el evidente simbolismo al franquismo, elemento indivisible de su carrera, anarquista individuo que es retratado como un  nudista, y que, al final pierde su afición y se viste, como si la quimera se hubiera acabado. Así, tenemos al extranjero de Bienvenido Mister Marshall (1953), forastero que descubre un nuevo mundo, también el fetichismo de Tamaño Natural (1974), y los personajes berlanguianos ya descritos, tenemos en este filme una suerte de bizarro compendio de todo su recorrido. En ese circense micro universo al que llega el doctor, el sexo es un tema recurrente, mucho de lo que escapaba está de nuevo ahí, y el director materializa en ese espacio un entramado de situaciones que no parecen tener norte. Si en Calabuch el anciano protagonista finalmente volvía a la realidad, observando Calabuch desde lo alto y entendiendo que no era posible seguir ahí, ahora no tiene mucho sentido lo que sucede, el viejo Michel retoma su bicicleta y retoma la búsqueda de Paris Tombuctú, un paraíso que ciertamente parece no existir, y termina siendo el filme un desfile de situaciones sórdidas sin necesidad, casi un frenesí de locuras sin sentido -incluida la aparición de la despampanante Sophie Evans, candente fémina cuyo ámbito no mencionaré, lo dejo a los entendidos del tema-, pocas veces se vio a un Berlanga desprovisto de un norte, de una directriz definida y seria, y el final, ese final, de cierta forma, ayuda a entender no al director de cine, sino al ser humano que realizó esto. Al final queda retratado el tema casi central, la sexualidad, las elocuentes imágenes del suicida doctor colgándose, y teniendo una erección cuya emulsión alcanza las estrellas, para volverse después notables fuegos artificiales, un simbolismo que se rescata dentro del filme, como reivindicando la falencia que nos expone el realizador, el deseo fantástico de superarla, y que desemboca en ese enorme letrero con la lectura de tengo miedo, no habla ya el director, habla el humano, nos habla un asustado Berlanga, quizás aterrado por el ineludible final que se le acerca, un final que asombra, que invita a no juzgar el singular y caótico filme como tal, sino como el esfuerzo de un hombre que intenta plasmar todo lo vivido. Si cierto es ese dicho de que en el último instante de vida todos los recuerdos se agolpan en la mente, este sería el ejemplo de un titán artístico que intentó eso, pero, dominado por el miedo, nos deja un extraño ejercicio ilegible, donde solo se advierte su pesimismo como sello anterior e infaltable. Uno de los mayores cineastas se retiraba, el probablemente mejor director español de la historia ponía punto final, cierto es que es una obra incomparable a sus ya conocidas obras maestras, no se debe valorar por ningún motivo al director por este filme, sino apreciarlo como un singular ejercicio no ya del cineasta, sino del hombre, que enfrentaba su final con un sentimiento inherente al ser humano, el miedo.

En viaje al quimérico París Tombuctú.

La espectacular Sophie Evans, desnuda trabajando para Berlanga.

TENGO MIEDO L. Berlanga nos habla. Sólo él sabía a qué le temía.

Hasta siempre, inconmensurable ibérico.

La vaquilla (1984) - Luis García Berlanga


Década de los ochenta, un decenio en el que Berlanga no completaría muchos filmes, y, tras concluir su trilogía del Marqués de Leguineche, con Nacional III (1982), cierra el mencionado espacio temporal con el presente filme, marcadamente diferenciado de los ejercicios inmediatos precedentes. Berlanga recuerda por momentos al mejor director que conocimos en sus ejercicios en blanco y negro, con la censura encima de él, pero ahora, ya sin ese obstáculo -aunque es un debate abierto considerarlo como tal-, regresa a su ingenioso estilo de sátira, y recurre incluso a sutiles e inteligentes simbolismos, poderosos simbolismos que enriquecen decidida y notablemente un filme que rememora al mejor Berlanga en mucho tiempo. Es esta la historia de un grupo de soldados republicanos, en plena Guerra Civil española, enfrentándose a los nacionalistas, y no tienen éstos mejor idea para molestarlos, que robándose un toro que en una próxima festividad, servirá para animar una corrida. Pero el hurto del animal, que termina siendo una vaquilla, nunca se concretará, y terminará por sumirlos en interminables e impensadas peripecias que incluyen pasar buena parte del filme inmiscuidos entre el enemigo, los que apoyan a Franco. Con Rafael Azcona como único sobreviviente de los viejos y gloriosos tándems de los añosos clásicos, se configura un filme que se siente revitalizado, con toda la fuerza y contundencia que Berlanga pareció acusar en pérdida en sus iniciales ejercicios luego de la caída del dictador. Un filme para mirar con mucha atención, uno de los más queridos en tierras ibéricas.

       


Comienza la acción en el frente de batalla, unos soldados republicanos, en sus trincheras, hacen todo menos batallar, juegan al póquer, se divierten, pero no tienen comida, y entonces oyen un altavoz, que indica que en la España nacional las cosas van bien, hay alimento, y se preparan unas festividades. El republicano que está allí al mando es Brigada Castro (Alfredo Landa), que negocia trueques con los contrarios de papel de liar y tabaco, e incluso soldados. Inquieto por el anuncio, Brigada le dice al Teniente Broseta (José Sacristán) que tiene un plan para robarse al supuesto toro de la venidera corrida, y junto a Mariano (Guillermo Montesinos), conocedor del área, planean su operación, a la que colaborarán también el Limeño (Santiago Ramos), y el cura (Carles Velat). Parten de medianoche, pero se pierden, y terminan yendo a las tierras del joven soldado. Al llegar finalmente al establo indicado, el toro es una vaca, la misma que no llegan a capturar, escapa, es ya de mañana. Tras el fracaso en su misión, llegan a una laguna supuestamente desolada, pero mientras se bañan, llegan soldados nacionalistas, con la fortuna de que, estando todos semidesnudos, no los reconocieron como republicanos. Llegan después a la casa de Guadalupe (Violeta Cela), novia de Mariano.




Se refugian con Guadalupe y su madre, Juana (María Luisa Ponte), pero al rechazar Guadalupe a Mariano, deben partir. Prosiguen los cinco su marcha, llegan hasta un prostíbulo, lugar en el que, estando a punto de ser atendidos, son interrumpidos por soldados nacionalistas. El cura, que en realidad no es tal, es investido por ellos como sacristán y lidera una procesión, en la que Mariano trata de recuperar a Guadalupe, pero ésta se entiende con un alférez ahora (Juanjo Puigcorbé). Tras aplaudir todos el paso de una avioneta, llegan a la casa de un distinguido marqués (Adolfo Marsillach), que vive con su hermana, la condesa Adela (Amelia de la Torre), adultos maduros de los que los soldados cuidan, Brigada va perdiendo la paciencia. Se avecina el jolgorio y la corrida de toros, el Limeño, que se ha encontrado allí con su amigo Cartujano (Carlos Tristancho), será uno de los toreros. El Limeño torea y encanta, sale a hombros. Brigada no ve la hora de irse de allí, Mariano en vano lucha por recuperar a Lupe, llegan a la casa de los padres del soldado, donde están también el marqués y la condesa. El quinteto amarra al marqués a su silla de ruedas, lo abandonan en un paraje de noche, avistan a la vaquilla, el Limeño y el Cartujano, la torean, pero, tras disputársela, ésta fenece.




El descomunal realizador español nos pinta un espectacular bosquejo de lo inútil y ridícula que termina siendo la guerra, nos ilustra un mundo bélico en el que lo primero que vemos, es a los soldados hacer cualquier cosa, menos la guerra. Dejadez, juegos de cartas, relajo, un prolongado travelling nos ilustra esto con lujo de detalles, los planos secuencia de Berlanga pronto se manifiestan, vemos la fotografía inicial, unas circunstancias tan inverosímiles en las que los soldados se intercambian a modo de trueque con una facilidad como si fueran tabaco o papel de liar, el paralelo y la analogía son soberbias, materializa ya sus contundentes figuras. Asimismo, el guía de la misión, robar la vaquilla, es Mariano, soldado que nació en terreno fronterizo, al que se le dice que de no conseguir uniformes nacionalistas, se pintarán de rojo los propios, los republicanos, la guerra queda pues reducida prácticamente a un juego. En ese burlesco ambiente hasta un ridículo homosexual está presente, que inclusive sirve como señuelo antes de perpetrar su intento de rapto toril. Nunca antes, hasta ese momento, se había configurado una cinta que presentara en clave cómica el tema de la guerra civil española, y probablemente nunca más en el futuro se configuraría una que lo hiciera de forma tan exquisita e hilarante. Ridículas las figuras, inepcia tras inepcia, ocurrencia tras ocurrencia, un soldado con los pantalones ensuciados, pero no por miedo dice el sargento, sino por ciruelas que comió el día anterior, despertando furia y maldiciones en Brigada. El director valenciano no podía evitar incluir, asimismo, otro elemento muy berlanguiano, el elemento laico, y de esta forma vamos al cura, religioso frustrado, que de pronto es investido como sacristán y lleva la batuta en una procesión, procesión postiza y forzada, pero son imágenes que el director nunca deja de insertar en un filme suyo.




Como se mencionó, la guerra queda en la cinta minimizada casi a un juego, a algo ridículo, algo incluso en segundo plano, y a esto colaboran mucho los también señalados poderosos simbolismos de los que la dupla Berlanga-Azcona hace gala. Afirman los republicanos, semidesnudos en la laguna, sin uniformes, bañándose con los enemigos, “en pelotas, ni enemigos ni nada”, y es que finalmente solo los uniformes los diferencian, los atavíos, insignias y señales, pues en el fondo son todos hombres, con símiles intereses, bañándose como hermanos en una laguna, o esperando todos su turno en un prostíbulo, la guerra pues queda como algo absurdo, innecesario, es una lucha entre hombres que finalmente son iguales, españoles hermanos. Y es que durante buena parte del filme los republicanos se camuflan entre los nacionalistas sin que nadie note nada, evidenciado queda que la auténtica diferencia entre ambos se reduce a unos insignificantes retazos de telas y algunos distintivos militares sin mayor significancia o importancia. Lo que sí parece evidenciar Berlanga que le resultaba imposible dejar de mostrar, levantada ya la censura, son sus recurrentes imágenes sexuales, la alegoría se perdió por completo, para mostrarlo ahora todo con desenfado, pero no llegan a ser tan grotescas estas secuencias como en La escopeta nacional (1978), o la posterior París Tombuctú (1999); hay secuencias explícitas de sexo, sí, pero ya no están ahí para ridiculizar a una clase, sino para retratar una situación austera, un cuadro mayor, y en el que se siente un halo de la seriedad y sobriedad que Berlanga siempre supo mostrar en trabajos anteriores. Esas escenas, en el prostíbulo, sirven, como en la laguna, para evidenciar la igualdad de los hombres, de sus instintos y necesidades, su igualdad debajo de los fríos uniformes, las diferencias quedan minimizadas y reducidas.





Otro de los poderosos simbolismos de la cinta berlanguiana presente se manifiesta en la encarnación no-militar de la clase franquista, esto es, los que son defendidos por los efectivos nacionalistas: el marqués, y su hermana, la condesa, que son representados como una clase rancia, senil, desgastada, incluso inválida. Un marqués con gota, en silla de ruedas, una condesa enormemente idiota, incoherente, lenta, las falencias de ambos son de todas las naturalezas, y ellos, propietarios de tierras, son las devaluadas figuras “nobles”, rezagos de la clase que imperó durante el totalitarismo, siempre son defendidos y atendidos por los lacayos franquistas, y ojo a los saltantes y evidentes letreros de “Viva Franco” en medio de la algazara y celebración de ese bando. El máximo simbolismo queda materializado cuando abandonan al marqués en una suerte de páramo, maniatado, amarrado a una silla de ruedas, diciéndole “ahora sí es libre”, fuerte la figura que nos presenta de la clase a la que representa el viejo marqués, impedida de todas las formas posibles. Descabelladas e impensadas circunstancias son las que se van sucediendo en el filme, absurdas peripecias las que atraviesa el singular quinteto en la búsqueda de su cometido, robar la vaquilla con el único objetivo de fastidiar a los fascistas y elevar la moral de su gente, en un escenario donde la guerra puede incluso ser dejada en segundo plano, pues lo que nos transmite es, una vez más, una ácida crítica y ridiculización a Franco y sus rezagos, además de la igualdad de los hombres, lo innecesario y absurdo de la guerra. Se trata de uno de los filmes más atractivos del valenciano, no en vano más de una vez citado como uno de los filmes más queridos de la historia del cine español, en el que recupera el ibérico su vigor, ingenio, mordacidad y exquisita sutileza, es como ver al mejor Berlanga otra vez, esgrimiendo y blandiendo ahora poderosos y deliciosos simbolismos, en los que la tierna vaquilla termina siendo el máximo simbolismo, objeto perseguido, que una vez alcanzado, fenece, acaso sea la guerra misma, ridículo y quimérico objetivo, que cuando se alcanza, termina siendo una putrefacta masa, muerte y podredumbre, como la poderosa imagen con la que cierra el realizador su filme, primero mostrando su inerte ojo, luego el cadáver vacuno siendo devorado por los implacables buitres. Gran filme de Berlanga, que se rodó en Zaragoza, en la región de Sos del Rey Católico, a cuya población se agradeció su colaboración, siempre apoyado el maestro por ese otro genio, Rafael Azcona, dándole solidez y fuerza únicas al guión, a los parlamentos. No termina siendo muy influyente el hecho de que trabaje el español ya sin ninguno de sus actores fetiche, pues el reparto nunca desentona, se configura uno de los filmes más apreciables del titánico ibérico.


Genio trabajando.

La vaquilla.

Muerte y descomposición.

Podredumbre, la vaquilla feneció.
El gran Berlanga.

La escopeta nacional (1978) - Luis García Berlanga


Proseguiría el genial director español Berlanga su andadura cinematográfica en lo que podría considerarse su etapa post-censura, materializando un ejercicio que se escinde clara y sensiblemente de su inicial fase, y se advierte acorde a su estilo en este segundo estadio de su carrera fílmica. Sigue el director sin perder su costumbre de presentarnos los más ácidos retratos de la sociedad de su tiempo, y claro, particularmente en su caso, retratos de la sociedad siempre cargando con el lastre del franquismo, el fantasma que los persiguió durante buena parte de su carrera. Nos presenta en esta oportunidad el director valenciano la historia de un pequeño empresario catalán, que se traslada a una finca, la finca de un acomodado individuo, un marqués, donde se reúnen acomodados personajes de su entorno, y donde el empresario pretende encontrar algún socio que le financie sus productos, los porteros electrónicos. En ese sencillo escenario, Berlanga nos dibuja con su acostumbrado toque satírico y mordaz, diversas figuras representativas de la época, todas con el toque berlanguiano, nos pinta un boceto de lo absurda y frívola que era la sociedad entonces, aún cargando con los ecos de la época del dictador. Definitivamente, ya sin el obstáculo de la censura, el estilo de Berlanga se bifurca de su original enfoque, es un nuevo estilo el de Berlanga, diferenciable, con otra tonalidad, bastante más frontal, pero siempre manteniendo su línea, siempre manteniendo su maestría en la dirección.


      



Se inicia todo en una suerte de finca, donde, tras oír los onomatopéyicos sonidos del ganado, llegan allí el comerciante Jaume Canivell (José Sazatornil), con su mujer, Mercé (Mónica Randall), no son bien recibidos por un personaje que se masturba viendo a una modelo afuera de su casa. Buscan al dueño de casa, el Marqués de Leguineche, para una cacería allí concertada, y resulta que el hijo de éste era el individuo libidinoso. Conoce Jaume a Cerrillo (Rafael Alonso), personaje que le da indicaciones sobre los individuos allí presentes, así como consejos para encajar como alguien genuinamente invitado a la cacería, pues no lo fue realmente. Ya mezclándose con los invitados, come en un gran buffet en el campo, y luego van todos a ver a Luis José (José Luis López Vázquez), personaje que se ha encerrado en una casa con una mujer, Vera del Bosque (Bárbara Rey), causando sorpresa e indignación en los lugareños. Trata Jaume de promover sus productos, porteros electrónicos, pero no tiene mucha suerte en ello. El recién llegado comerciante es elegido para ingresar al recinto donde está Luis José y hacerle entrar en raszón, ingresa e intenta hacerlo liberar a Vera, pero finalmente la mujer permanece en el lugar con su falso captor.




Jaume sigue en vano tratando de vender sus productos, y es que el marqués, es un hombre mayor que todo el tiempo está cachondo, no despierta interés en sus mercancías. Posteriormente, una tuerta fémina, Chus (Amparo Soler Leal), destruye la preciada colección del marqués, una bien surtida colección de vello púbico femenino. Asiste Jaume a una elegante reunión con los caballeros, despierta interés en un distinguido personaje, y mucho, pues quiere invertir en sus porteros. El marqués sigue dolido por su destruida colección, pero se anima cuando Libertad Iris (Rosanna Yanni), esposa de un invitado, y la propia Mercé, prestan sus propios elementos para iniciar una nueva colección. Hay cena, bingos, juegos, y contacta a otro interesado en sus porteros, pero el tema principal en la velada son títulos de poder que se reparten entre los caballeros. Jaume finalmente se siente satisfecho, y agradece a Cerrillo por permitirle acceder a ese mundo. Poco después, en su habitación, con Mercé, descubre en el clóset a Luis José, de nuevo masturbándose, y es que en ese clóset hay múltiples rendijas, discute Jaume con su mujer. Tras ayudar a un religioso y hacerse una misa, Jaume ha obtenido finalmente algunos auspiciadores, pero termina renegando airadamente con su mujer.




El Berlanga ya liberado de la censura, prosigue con su incansable labor de mostrarnos, casi siempre a modo lúdico, comediesco, delirante e hilarante, un retrato de la sociedad de su tiempo, y se regodea como ninguno en sus particulares falencias, en sus ridículas obsesiones y falsedades. Se burla el realizador valenciano desde el primer instante de esto en su filme, siempre contundente, cuando, apenas llegue la pareja catalana, una de sus primeras impresiones sea la del dueño de casa, el hijo del marqués, masturbándose, es una supuesta nobleza pues repulsa, cachonda, libidinosa, ridícula la figura del viejo observando por una ventana a una más que cooperadora modelo en sesión de fotos. Asimismo, el personaje Cerrillo nos sirve de guía inicial, mientras le explica a Jaume cómo debe comportarse en esa finca, dejando en claro que las intenciones de los marqueses es, ante todo, mantener una imagen de pudientes, y de caritativos, una imagen falsa, artificial, pero que se esmeran ridículamente en preservar; es pues Cerrillo quien nos da una eventual y breve introducción a ese mundo, va dibujándose la fotografía de aquellas figuras, de aquella rancia sociedad, impregnada por la aún fresca impronta del franquismo. Asimismo, se plasma la soberbia y delirante imagen del mayor de los nobles, el mencionado marqués, como un obseso con el sexo, materializado esto en su singularísima colección, tan bizarra como peculiar, colección de vellos púbicos de mujer, o como ellos mismos dicen, pelos de coño, es poderosa la figura, y la forma en que el realizador nos delinea a uno de los personajes centrales. Y como no podía faltar de ninguna forma en un fieme berlanguiano, la figura religiosa también está presente, con el también singular cura, un cura violento, aficionado, como todos los de allí, a la cacería, es un sacerdote cazador, que no duda en repartir golpes cuando lo provocan, es un individuo clerical violento, que disfruta liquidando perdices, y reclama las aves que mató.



Pero algo queda claro tras visionar el filme, y es que Berlanga, ya sin el pesado lastre de la censura, varía muy sensiblemente su estilo, su forma de expresión, y las queridas e inolvidables sutilezas de las grandes obras maestras como Plácido (1962) o El Verdugo (1963), atrás quedaron. Es ese el principal cambio, un Berlanga ya sin tener que rodear y esquivar la censura, termina siendo extremadamente frontal, y, sin que esto sea malo, no deja de extrañarse pues la inteligente forma en que deslizaba su exquisita sátira antes, ahora completamente expuestas las situaciones cómicas, completamente mostradas, y en ocasiones, en exceso mostradas. Es como si, tras la caída del dictador español, ya sin la alta valla, sin el alto obstáculo, sin la necesidad de esconder su mensaje, con el desafío ya extinto, también se extinguió el ingenio necesario para superarlo por parte del director. Así, sigue el valenciano manteniendo su directriz, mostrar con un desalmado pero exquisito ánimo de escarnio a la sociedad que encontró inaceptable y despreciable, con todos sus múltiples defectos, pero ahora esos defectos son expuestos hasta en ocasiones que llegan a rozar peligrosamente lo vulgar, lo grotesco, y esto no responde únicamente, como se puede llegar a pensar, a sus recurrentes imágenes de sexo, nada elegantes dicho sea de paso; dudo mucho que imágenes y secuencias de esa naturaleza hayan sido hechas adrede para meramente mostrar y/o configurar sus personajes, me arriesgo a pensar que es más bien un Berlanga que, habiéndose acostumbrado tanto a idear un humor anti-censura, ya liberado de ella, se desenvuelve con mucha menos soltura y eficacia en el ambiente libre, que en el represivo, constituye pues Berlanga una exquisita y excelente paradoja. Y es que como se mencionó, el norte sigue ahí, la arista de su cine continúa, pero la forma en que persigue ese norte ha variado sustancialmente. Ahora ya sin estar maniatado, sin ese gran reto que era disfrazar sus mensajes para burlar la censura, los ridículos retratos de las figuras de esa sociedad siguen ahí, siguen siendo ácidos, pero inevitablemente perdieron mordacidad, perdieron la fuerza e impacto que les da la elegancia de una sutil y bien construida situación satírica, de sus tan inteligentes como punzantes sátiras, cosa en la que Berlanga brilló con insuperable maestría en su mejor momento. Ni mejor ni peor, simplemente diferente el estilo berlanguiano ahora, para todos los gustos hay, y no podía dejar de divertirse el realizador, como con el guiño a sí mismo mencionándose en el filme a un director muy afectado por la censura. Siempre sin dejar de utilizar sus clásicos planos secuencia, y con la remarcable figura de un sujeto coleccionando vello púbico de mujer, nos presenta Berlanga un interminable desfile de personajes bizarros, el filme está hecho de ellos, de individuos extravagantes, frívolos, cachondos, ácidos, críticos, ridiculizando a la España que aún hedía a Franco, y también presenta no pocos ni breves segmentos en catalán, dándole mayor veracidad a su obra. Muchos de sus baluartes de siempre colaboran en este filme, desde el inmortal Rafael Azcona en el guión, hasta un excelente José Luis López Vázquez, pasando por José Sazatornil, Rafael Alonso y Luis Escobar, estelares, y Mónica Randall y Amparo Soler Leal entre tantos e interminables secundarios que enriquecen un filme que nunca se acerca a ser lo mejor del gran realizador ibérico, pero jamás deja de ser un filme decente y apreciable.





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