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viernes, 17 de agosto de 2012

Crimen y castigo (1935) - Josef von Sternberg


El gran director austro húngaro Josef Von Sternberg es uno de los nombres mayores dentro del cine europeo, ilustre representante del expresionismo alemán, tuvo naturalmente a lo largo de su carrera distintas etapas o estadíos. Tras haber dirigido ya los inmortales y prodigiosos filmes protagonizados por la inolvidable Marlene Dietrich, con quien gloriosa dupla materializó, inmediatamente después realizaría la presente cinta, la adaptación del clásico inmortal del realismo ruso literario, Crimen y Castigo, la obra máxima de Fedor Dostoievski. Harto conocida es ya la trama del texto primigenio, Roderick Raskólnikov, un estudiante graduado con honores en criminología, enfrenta severa austeridad, pobreza que lo consume y lo avergüenza con su madre y hermana. La presión y angustia de la pobreza lo llevan a liquidar a una avara prestamista, robándole algo de dinero, pero cuando pensó que podría escapar de la persecución policial, es el hostigamiento de su propia conciencia el que no podrá eludir jamás. El filme, inmediatamente posterior al último ejercicio de la citada corriente alemana que rodó con la Dietrich, Capricho imperial (1934), se siente aún impregnado y dominado por la vena expresionista del austrohúngaro cineasta, y cuenta con la invaluable y descomunal participación de su paisano, un por entonces joven Peter Lorre, el inolvidable actor retrata uno de sus más memorables trabajos, en la cumbre de su carrera, en un filme necesario para quien sepa apreciar buen cine.

    



La historia comienza con un texto diciendo que todo sucede en cualquier tiempo y lugar donde los corazones respondan a las emociones que se expondrán. Una graduación está sucediendo, ceremonia en la que Roderick Raskólnikov (Lorre), estudiante de criminología, se gradúa con honores. A la misma acuden también su madre (Elisabeth Risdon), y su hermana Antonya (Tala Birell), orgullosas féminas por Roderick, además de su amigo Dmitri (Robert Allen). Tras la feliz ocasión, Roderick vive ya solo, en una pobreza abrumadora, en una miserable pensión cuya casera lo quiere echar por deudor. Un brillante artículo sobre criminología suyo es publicado en un periódico, aunque se publica como anónimo, sin reconocérsele un centavo por su trabajo. Su madre y hermana anuncian que lo visitarán, y la falta de dinero para recibirlas lo angustia, Dmitri le ofrece en vano prestarle dinero. Poco después, Raskólnikov acude a una casa de empeño, donde la mujer a cargo (Beatrice Rose Tanner), es una avara insufrible, que se aprovecha de la necesidad de sus clientes, como Sonya (Marian Marsh), una prostituta que empeña una precaria posesión por escaso dinero, Roderick la conoce y ayuda indirectamente dándole dinero, y luego hace lo propio empeñando un reloj.


 


Recibe luego la visita de su madre y hermana, ambas van con Lushin (Gene Lockhart), muy acaudalado individuo que pretende casarse con Antonya, ella acepta, pero más por necesidad financiera, y Roderick prontamente se enemista con el pedante sujeto. Desesperado, apremiado, resuelve liquidar a la prestamista, va a empeñar una cigarrera, y la elimina de un golpe en la cabeza El crimen es pronto descubierto, Raskólnikov trata de descartarse, pero es requerido en la comisaría. Muy angustiado acude, encontrando que es solo un asunto de su casera y la renta, pero allí, el inspector Porfiry (Edward Arnold), a cargo del caso, lo felicita por el artículo publicado, averiguó quién era él, y en su delante, un sospechoso del asesinato es interrogado, Roderick mantiene la calma y se va. El director del periódico al fin le reconoce los escritos a Raskólnikov, le ofrece un trabajo, y ya con dinero, saca a Lushin de su vida y de su familia. Por su parte, Porfiry habla con Sonya, que le referencia a Roderick, el inspector va hasta la casa de la familia, donde el estudiante le desmiente categóricamente. Sonia, enamorada de Roderick, le dice que huyan juntos, sospecha de su crimen. Pero Porfiry continúa hostigando a Raskólnikov, que va cediendo a la severa presión. Confiesa a Sonya su crimen, su hermana y madre saben luego ya lo que hizo. Porfiry lo exhorta a admitir su crimen, y, también por Sonya, termina confesando, será enviado a Siberia.





Prontamente queda de manifiesto que la herencia expresionista corre vigorosamente por las venas del gran von Sternberg, cosa muy lógica, considerando que este filme es realizado casi inmediatamente después de sus últimas colaboraciones con Marlene Dietrich. Así, veremos las sombras que invaden poderosamente los encuadres en determinadas circunstancias, la penumbra, en la forma de esas sombras, se agranda, multiplica, se derrama sobre los interiores, en un poderoso y siniestro lenguaje. Tiene su punto más intenso el mencionado lenguaje y ambientación con la escalera de la residencia de Raskólnikov, donde los lúgubres dominios se ciernen con mayor severidad y plenitud, la escalera, y toda esa estancia, están sumamente plagados de oscuridad, perenne penumbra, abrumadora atmósfera lóbrega. Esa expresividad se volverá a materializar, en los momentos en que su desesperación se incrementa y se va apoderando de él, los recuerdos y problemas lo atormentan, plasmado esto con la técnica de la superposición de planos, planos rebosantes siempre de esa lobreguez, de bizarría, se respira un expresionismo tardío, un tibio expresionismo, ciertamente menos intenso que en el apogeo del director y de la propia corriente, pero aún presente y vigente. Todo este notable trabajo audiovisual termina de ambientar el escenario en el que Raskólnikov va sumiéndose más y más en esa oscuridad, en los lúgubres impulsos que van dominando su ser, es el escenario donde su caída va materializándose, caída reforzada y potenciada por la penumbra que lo va dominando todo, y generándose así la atmósfera de tensión desnuda, potente y cruda, mayormente sin acompañamiento musical, se presiente una angustia seca, desesperante, excelente logro, pues se complementa con la naturaleza del escrito original, el crudo realismo ruso, donde la austeridad y una prostituta son temas capitales de la obra. Von Sternberg agrega a esos decorados, las recurrentes pinturas del inmortal Beethoven, y especialmente de Napoleón, elementos que terminan de darle forma a los sórdidos escenarios donde Raskólnikov se desenvuelve, locaciones donde pululan sus bizarros personajes, un estudiante asesino, y su prostituta compañera; es pues, realismo ruso.









El tema de la primigenia obra del maestro Dostoievski está, en sus principales nortes, intacto, se nos presenta pues la historia de la severa austeridad que consume al infeliz desafortunado, se apodera de él, lo desespera, la angustia de la miseria lo va desgastando, lo va carcomiendo, hasta eventualmente derrotarlo, se va alimentando la oscuridad que lo impregnará finalmente todo. Un par de veces recurrirá el austrohúngaro cineasta a un recurso literario para profundizar la historia, correcto recurso, un diario, en el que Raskólnikov va plasmando su gradual y creciente angustia, su hambre de crimen que va creciendo a niveles exponenciales. La paradójica y desesperante situación se materializa, el brillante estudiante de criminología se muere de hambre, su reconocida obra sobre criminología no le reporta dividendos, al menos, no a tiempo, Porfiry lo felicita como especialista en criminología, y vaya que lo es. A ese respecto, cierta tonalidad cómica en el filme se encargará de disipar la tensión en determinados momentos, es ya otra etapa de von Sternberg, su vigor en ambientación, si bien ya decreciendo, todavía se materializa, y nuevamente mucha de la fuerza de su trabajo se sustenta en un intérprete solvente. Si antes fue la Dietrich, ahora es el gigante, figurativamente hablando, Peter Lorre, Lorre es todo, sus registros, sus gestos, sus miradas, es el actor en toda su plenitud, en la cumbre de su capacidad física, y ya ducho actoralmente, encumbrado por obras de la talla de M, el vampiro de Düsseldorf (1931), es presentado incluso en el filme como la gran estrella europea, ciertamente lo era. Brillante su interpretación, la tensión que lo va dominando, la gravedad y solemnidad del gran Lorre se ponen de manifiesto, dándose asimismo el gran duelo con Edward Arnold, el duelo de miradas, el juego de gato y el ratón, la implacable búsqueda que terminará por derrotarlo, mereciendo especial mención cuando Raskólnikov lo lleva a casa, donde lo sorprende con su asertividad, de los minutos más notables de Lorre. Resaltan también su frialdad y seguridad inicial, su determinación y hermética resolución, pues como buen experto en criminología, pretende encubrir su delito desde su privilegiada condición, pero gradualmente esa seguridad irá cediendo, y su frialdad cederá lugar a la angustia, llevando el actor al máximo sus capacidades histriónicas, para encarnar ambas facetas, contrapuestas pero amalgamadas, es un Lorre joven y vigoroso, pleno e intenso, un Lorre en su cúspide. Se materializará el final redentor, finalmente Raskólnikov confiesa, pudo evadir la persecución policial, con sus conocimientos y filiación criminalista, pero es de la persecución de su propia conciencia de la que no podrá escapar, el infierno interior lo derrotará, y lo llevará a la confesión, el alivio llegará, la persecución y angustia han terminado. De esta forma se configura la versión de von Sternberg del clásico realista ruso, dotado e impregnado de su expresionismo, ciertamente más suavizado, pero siempre patente, en la que se desliza, como se dijo, cierta clave cómica que la hace menos tensa, es un notable y singular ejercicio, siempre necesario, como todo lo que dirigió este mítico realizador austrohúngaro.











domingo, 29 de julio de 2012

Con su misma arma (1939) – Tay Garnett


El yanqui realizador Tay Garnett, que para siempre llevará como mayor mérito haber dirigido la segunda versión de El Cartero siempre llama dos veces (1946), su filme más conocido y de mayor impacto mediático, realiza en esta ocasión un sencillo y discreto ejercicio de cine negro, en el que utiliza la mayor parte de elementos que caracterizan el mítico film noir, materializando un tibio trabajo de esa corriente. Sin una historia de mayor profundidad ni un tratamiento digno de mayores alabanzas, Garnett nos presenta la historia de un personaje norteamericano, individuo que labora en el rubro de transportes, que se relaciona con personajes afines a su labor, pero que de pronto se verá inmerso en una impensada maraña de sospechas, incluido un asesinato. La película será pues una exploración por todas las vicisitudes que tendrá que atravesar el protagonista para probar su inocencia y desenmascarar al real asesino, con resultados sorpresivos. Como se dijo, el filme no brilla en  exceso, es un discreto ejercicio de cine negro, de serie B, estelarizada por actores más bien de poco relumbrón, moderado renombre, Pat O’Brien como el personaje principal, Edward Arnold lo secunda como un magnate del transporte, y Broderick Crawford es el buen camarada del protagonista, individuo que laboraría años después con el gran maestro italiano Federico Fellini en unos de los primeros trabajos de este inolvidable cineasta.

        



Se inicia la acción con un texto, que informa que a 8000 millas, más de 13000 kilómetros de donde se ubica la historia, está el sur, alejado de todo el mal citadino. De pronto, en una ciudad yanqui, se sabe que un magnate del transporte ha sido eliminado, el abogado John Webb (O’Brien), ligado al finado, investiga respecto al caso, junto con su ayudante Russel Sampson (Crawford). Ambos se encuentran brevemente con Alma Brehmer (Claire Dodd), ella se va a una fiesta de un acaudalado personaje. Webb y Sampson asisten también, es la fiesta de Vincent Cushing (Arnold), elegante reunión en la que encuentran a Brehmer nuevamente, en la fiesta se arma un barullo por ciertos individuos libidinosos, y Webb conoce a Anne Seymour (Ruth Terry), joven cantante de night club, a quien se le rompe el vestido, y, prendada de él, van incluso hasta su casa, Webb la despacha prontamente, es demasiado joven, pero la persistente jovencita va a visitarlo posteriormente. John, en cambio, sigue interesado en Alma, tienen un pasado, ella ahora es la chica del magnate Cushing. Mientras Webb y Sampson averiguan sobre el asesinato, Alma recurrentemente los visita, embelesada con John. Una noche, van ambos compañeros a casa de Alma. Encontrando oscuridad, y extraños gritos.




Encuentran a la fémina apuñalada, muerta, para furia de Webb, que  de pronto se convierte en el principal sospechoso del homicidio, junto con Cushing. Las pesquisas policiales se inician, exhaustivos interrogatorios, pruebas con químicos para detectar la sangre en la escena del crimen, John y Sampson se someten a las investigaciones, mientras Anne no  se separa de ellos insistentemente. Inclusive se realizan pruebas a muestras de concreto, la policía realiza gran diversidad de tests. Se inicia asimismo un juicio, al que Cushing asiste con preocupación, junto a su mujer, la señora Cushing (Janet Beecher), y su hija Sarilla (Phyllis Brooks), su propia esposa cree que Vincent asesinó tanto a Alma como al padre de ésta. John encuentra luego a Sarilla intentando destruir algunas pruebas, y poco después halla a su secretaria, también liquidada. La determinada Anne, siempre al lado de Webb, encuentra posteriormente unos importantes documentos, la búsqueda policial se va estrechando. Las interminables investigaciones llevan a Webb y a Sampson incluso hasta el cementerio, lugar en el que, sorpresivamente Sampson hiere a su camarada, que se acerca demasiado a la verdad, y tras confesar todos los asesinatos, pelea con él, termina muriendo accidentalmente en la riña. Webb, final sobreviviente, se queda con Anne, con quien incluso se casará.





Se configura así un ejercicio más bien discreto, inocuo, de un comienzo muy sosegado, como el filme todo, y en el que el meollo del mismo, pese a ser éste bastante breve, no se expone rápidamente. A esa tranquilidad e inocuidad colabora un cierto toque de comedia del que pretende Garnett dotar a su filme, una comedia tan poco efectiva como la película misma, el elemento más cómico viene a ser el ascensorista negro, que contempla con silenciosa pero asombrada actitud el éxito con las féminas de Sampson. Protagoniza el ascensorista las secuencias más hilarantes del filme, el individuo de color danzando, viendo al abogado ir y venir con diversas mujeres, sorprendiéndose de sus supuestas técnicas de cortejo, y sirviendo de colofón, cayendo víctima de la aplicación de lo que consideraba un método de ligue infalible. Siguiendo la estructura clásica de narración, espera el realizador hasta la mitad de su filme, para recién exponer el meollo, el tema central, el asesinato de la novia del magnate, un homicidio ciertamente misterioso, cuyo autor es toda una sorpresa, se consigue con eso cierto suspenso, aunque lamentablemente el suspenso es tan endeble que se diluye durante el sucinto metraje, se pierde en la tibieza del filme. Tiene la cinta los ingredientes de un film noir, sí, muertes, homicidios, investigaciones policiales, intrigas que no se desvelan hasta el final, incluso algún segmento de oscuro tratamiento, sólo adolece de la femme fatale, reemplazado por la tan persistente como tonta señorita Anne. Sin embargo, los elementos son esgrimidos de forma que se materializa un ejercicio inofensivo, tibio, tímido, aunque decente, en el que, empero, ciertos detalles, como la accidental muerte de Sampson, se advierten postizos. Con actuaciones que cumplen, sin más, se termina por dar forma a un filme que no hace más que reforzar la idea de que la mejor obra de este cineasta viene a ser la citada El cartero siempre llama dos veces.


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