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domingo, 29 de julio de 2012

Con su misma arma (1939) – Tay Garnett


El yanqui realizador Tay Garnett, que para siempre llevará como mayor mérito haber dirigido la segunda versión de El Cartero siempre llama dos veces (1946), su filme más conocido y de mayor impacto mediático, realiza en esta ocasión un sencillo y discreto ejercicio de cine negro, en el que utiliza la mayor parte de elementos que caracterizan el mítico film noir, materializando un tibio trabajo de esa corriente. Sin una historia de mayor profundidad ni un tratamiento digno de mayores alabanzas, Garnett nos presenta la historia de un personaje norteamericano, individuo que labora en el rubro de transportes, que se relaciona con personajes afines a su labor, pero que de pronto se verá inmerso en una impensada maraña de sospechas, incluido un asesinato. La película será pues una exploración por todas las vicisitudes que tendrá que atravesar el protagonista para probar su inocencia y desenmascarar al real asesino, con resultados sorpresivos. Como se dijo, el filme no brilla en  exceso, es un discreto ejercicio de cine negro, de serie B, estelarizada por actores más bien de poco relumbrón, moderado renombre, Pat O’Brien como el personaje principal, Edward Arnold lo secunda como un magnate del transporte, y Broderick Crawford es el buen camarada del protagonista, individuo que laboraría años después con el gran maestro italiano Federico Fellini en unos de los primeros trabajos de este inolvidable cineasta.

        



Se inicia la acción con un texto, que informa que a 8000 millas, más de 13000 kilómetros de donde se ubica la historia, está el sur, alejado de todo el mal citadino. De pronto, en una ciudad yanqui, se sabe que un magnate del transporte ha sido eliminado, el abogado John Webb (O’Brien), ligado al finado, investiga respecto al caso, junto con su ayudante Russel Sampson (Crawford). Ambos se encuentran brevemente con Alma Brehmer (Claire Dodd), ella se va a una fiesta de un acaudalado personaje. Webb y Sampson asisten también, es la fiesta de Vincent Cushing (Arnold), elegante reunión en la que encuentran a Brehmer nuevamente, en la fiesta se arma un barullo por ciertos individuos libidinosos, y Webb conoce a Anne Seymour (Ruth Terry), joven cantante de night club, a quien se le rompe el vestido, y, prendada de él, van incluso hasta su casa, Webb la despacha prontamente, es demasiado joven, pero la persistente jovencita va a visitarlo posteriormente. John, en cambio, sigue interesado en Alma, tienen un pasado, ella ahora es la chica del magnate Cushing. Mientras Webb y Sampson averiguan sobre el asesinato, Alma recurrentemente los visita, embelesada con John. Una noche, van ambos compañeros a casa de Alma. Encontrando oscuridad, y extraños gritos.




Encuentran a la fémina apuñalada, muerta, para furia de Webb, que  de pronto se convierte en el principal sospechoso del homicidio, junto con Cushing. Las pesquisas policiales se inician, exhaustivos interrogatorios, pruebas con químicos para detectar la sangre en la escena del crimen, John y Sampson se someten a las investigaciones, mientras Anne no  se separa de ellos insistentemente. Inclusive se realizan pruebas a muestras de concreto, la policía realiza gran diversidad de tests. Se inicia asimismo un juicio, al que Cushing asiste con preocupación, junto a su mujer, la señora Cushing (Janet Beecher), y su hija Sarilla (Phyllis Brooks), su propia esposa cree que Vincent asesinó tanto a Alma como al padre de ésta. John encuentra luego a Sarilla intentando destruir algunas pruebas, y poco después halla a su secretaria, también liquidada. La determinada Anne, siempre al lado de Webb, encuentra posteriormente unos importantes documentos, la búsqueda policial se va estrechando. Las interminables investigaciones llevan a Webb y a Sampson incluso hasta el cementerio, lugar en el que, sorpresivamente Sampson hiere a su camarada, que se acerca demasiado a la verdad, y tras confesar todos los asesinatos, pelea con él, termina muriendo accidentalmente en la riña. Webb, final sobreviviente, se queda con Anne, con quien incluso se casará.





Se configura así un ejercicio más bien discreto, inocuo, de un comienzo muy sosegado, como el filme todo, y en el que el meollo del mismo, pese a ser éste bastante breve, no se expone rápidamente. A esa tranquilidad e inocuidad colabora un cierto toque de comedia del que pretende Garnett dotar a su filme, una comedia tan poco efectiva como la película misma, el elemento más cómico viene a ser el ascensorista negro, que contempla con silenciosa pero asombrada actitud el éxito con las féminas de Sampson. Protagoniza el ascensorista las secuencias más hilarantes del filme, el individuo de color danzando, viendo al abogado ir y venir con diversas mujeres, sorprendiéndose de sus supuestas técnicas de cortejo, y sirviendo de colofón, cayendo víctima de la aplicación de lo que consideraba un método de ligue infalible. Siguiendo la estructura clásica de narración, espera el realizador hasta la mitad de su filme, para recién exponer el meollo, el tema central, el asesinato de la novia del magnate, un homicidio ciertamente misterioso, cuyo autor es toda una sorpresa, se consigue con eso cierto suspenso, aunque lamentablemente el suspenso es tan endeble que se diluye durante el sucinto metraje, se pierde en la tibieza del filme. Tiene la cinta los ingredientes de un film noir, sí, muertes, homicidios, investigaciones policiales, intrigas que no se desvelan hasta el final, incluso algún segmento de oscuro tratamiento, sólo adolece de la femme fatale, reemplazado por la tan persistente como tonta señorita Anne. Sin embargo, los elementos son esgrimidos de forma que se materializa un ejercicio inofensivo, tibio, tímido, aunque decente, en el que, empero, ciertos detalles, como la accidental muerte de Sampson, se advierten postizos. Con actuaciones que cumplen, sin más, se termina por dar forma a un filme que no hace más que reforzar la idea de que la mejor obra de este cineasta viene a ser la citada El cartero siempre llama dos veces.


domingo, 13 de mayo de 2012

El cuentero (1955) – Federico Fellini


Una de las primeras cintas del muy probablemente mejor director italiano jamás existido, y uno de los referentes del cine mundial. En su primera etapa, conocidos fueron sus trabajos impregnados de neorrealismo, iniciales trabajos como director, pues como escritor era ya prolífica su producción para entonces. Estando vigentes con vigorosa valía los baluartes neorrealistas, Felliini, apenas un año después de una de sus obras maestras, La Strada (1954), dirige este drama salpimentado con momentos de comedia, en el que retrata el patético mundo de un estafador, un timador, que recibirá su merecido cuando se decida a timar a la gente no indicada. Tres personajes se dedican  a estafar a los más necesitados, a los que menos tienen, valiéndose de artimañas y engaños, les roban sin piedad, todo lo que tienen. Todo marcha con normalidad, hasta que uno de ellos, el líder de la banda, contacta a su hija, a la que no ve en mucho tiempo, reflexionando sobre cómo ella está en problemas económicos, tratará de apoyarla, pero ese intento lo llevará a traicionar a sus propios compinches, que le darán severo escarmiento. Notable ejercicio, buen ejemplar del cine que realizaba el gigante Fellini en sus inicios, en los que ya se van dejando entrever algunas de sus directrices de esta etapa, antes de que explote el genio y su incontenible imaginería. Broderick Crawford encarnará al principal personaje, y la esposa del director, Giulietta Masina, con quien ya había trabajado un año antes en la mencionada cinta de 1954, tiene un rol secundario.

     


Comienza la acción con un personaje, el “barón” Vargas (Giacomo Gabrielli), que se reúne con otros individuos en la carretera, en un auto al que cambian la placa, mientras mudan de ropa. Uno de ellos, Augusto (Crawford), se viste como religioso, y llegan a la casa de una humilde mujer, donde se hace pasar por Monseñor, y le afirma a la dueña que, tras inverosímiles circunstancias, hay un tesoro enterrado en su propiedad. Prosigue su ardid, le dice que el que lo enterró estipuló que el tesoro fuera del dueño de la tierra, pero que necesita cobrar un anticipo en efectivo para causas benéficas. La dueña y su hermana debaten, y consiguen casi todo el cuantioso dinero, se lo dan, y los tres individuos se van. Poco después, “Picasso” (Richard Basehart), que también participó, se ve con su mujer, Iris (Masina), la agasaja con regalos y dinero. Vuelven a trabajar, ambos con Roberto (Franco Fabrizi), se desplazan hasta una humilde zona, se hacen pasar por promotores de viviendas, todos quieren legalizar propiedades de sus humildes viviendas, y los tres sujetos, nuevamente se retiran con el efectivo de los timados. Luego, son transportados por su amigo Rinaldo (Alberto De Amicis), en su elegante auto, a una fina fiesta de año nuevo.




“Picasso” trata infructuosamente de vender sus cuadros, pues pinta, mientras Augusto tiene un nuevo plan. Por su parte, Iris está cansada de los negocios turbios de Bruno, dice que no lo soporta más, y Picasso afirma que cambiará, la ama. Esto hace dudar a Bruno, pero el experimentado Augusto lo tranquiliza, mientras se encuentra con su hija, Patrizia (Lorella De Luca), de quien se había separado hace mucho; salen, ella cuenta que no tiene dinero, lo que amenaza su posibilidad de estudiar, y su padre le dice la ayudará con dinero para que trabaje. Estando ambos en el cine, es Augusto reconocido por un anteriormente timado, que a punto está de ajusticiarlo. Después, Roberto y Bruno se han separado de su socio, por lo que se busca al barón otra vez, y con Riccardo (Riccardo Garrone), el nuevo trío prepara otro golpe de “monseñor”. Llegan hasta una humilde casa, donde la hija es discapacitada, en muletas, que pese a todo, es feliz. Al salir del lugar, Augusto afirma a sus compinches que se compadeció de la inválida, y que le devolvió el dinero del timo, cosa que sus camaradas no creen, y lo golpean y apedrean con ferocidad, quitándole el efectivo. El desafortunado timador es abandonado en un descampado, donde la gente que pasa, no lo escucha pedir auxilio, y se queda ahí.




Breve y contundente cinta del realizador italiano, en el que no desperdicia ni un segundo: desde el inicio, desde la secuencia de apertura, vemos a los tres sujetos en acción, encabezados por Augusto, modifican la placa del auto en que se movilizan, y éste se muda de ropas hasta convertirse en un monseñor. Se trata pues, de timadores, y desde el inicio entendemos eso, vemos a ladinos personajes en acción, meticulosos y duchos, taimados individuos que escogen a las víctimas más precarias, a los más pobres para quitarles el poco dinero que tienen, son ciertamente unos abyectos facinerosos, sus presas son las gentes más humildes. Esa es la historia que nos presenta Felliini, el Fellini que todavía estaba impregnado de marcado neorrealismo -un neorrealismo, empero, no inspirando o que nazca del conflicto global, la Segunda Guerra Mundial, que dejara desolada y en ruinas a la sociedad italiana, económica y socialmente-, retratando la miseria humana, la decadencia y descomposición de unos infelices, pobreza y austeridad, ladrones y timadores, presas de las circunstancias, incapaces de escapar de esa inmundicia, inmundicia que es retratada con ciertos tintes de comicidad, mordaz, por supuesto, en medio de toda la miseria. En este marco es que se presenta a Augusto, el protagonista, timador principal, que estafa sin remordimientos a sus víctimas, los engaña hasta que, sin darse cuenta, ha saturado su mercado, ha timado ya a la gran mayoría de individuos, hasta el punto que en el cine, con su propia hija, es reconocido por uno de los perjudicados, configurándose patética situación, delante de su hija, delante de la que estaba cimentando una imagen decente.




Es la hija quien modifica su existencia, quien lo hace tratar de escapar de esa inmundicia, por la que trata de timar a los propios timadores, una candidez que le costará caro. Es así que tras intentar engañarlos, y tras esconder el dinero en su zapato, es atrapado en su intento de engaño, y ajusticiado, a nombre de todos los agraviados, no pudo completar su intención de ladrón que roba a ladrón…, y es golpeado y apedreado por sus propios compinches, siendo abandonado a un lado de la carretera, donde nadie lo puede escuchar, y donde pasa la noche entera. Fellini retrata con estupenda y correcta crudeza un drama duro, puro, todos rodeados por la omnipresente miseria de un barrio humilde, donde marginales y ruines personajes se desenvuelven, y con una deliciosa y disimulada clave cómica, va retratando también a la sociedad de su tiempo, pero ese humor va dejando lugar al drama, al clímax final. Al final, la desesperanza impera, el abyecto ser, que se humanizó al ver a su hija victimizada, trata de ayudarla, trata de apoyar a alguien que genuinamente quiere, finalmente se alejó de su faceta de timador, pero su intento se queda en eso, pues se choca con la realidad, de que es un ser atrapado en su propia ruindad. Dentro de su narrativa neorrealista, la única secuencia que veo distinguirse nítidamente de las demás, es la de la fiesta de año nuevo, pompa, distinción y algazara, fuegos artificiales y un psicodélico espectáculo, lo más delirante visualmente, todos los integrantes de la fiesta que parecen ser absorbidos y devorados por un desfile frenético de luces y sombras. En el apartado actoral, Broderick Crawford está excelente en su interpretación del timador que se ve conmovido al ver a su propia sangre, a su hija, en aprietos, su grave actitud y registros son apreciables en la cinta; y por su parte, Giulietta Masina demuestra porqué se volvió la musa de Fellini, si bien en un papel secundario, la menuda y hermosa latina es siempre un lujo actoral. Se configura así una cinta del periodo inicial de uno de los mayores titanes del cine, Federico Fellini, aquí director y guionista, colabora ya con el prodigioso Nino Rota, y materializa un delicioso ejercicio cinematográfico, infaltable para quien sepa apreciar a uno de los mejores directores que se haya visto.



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