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sábado, 30 de junio de 2012

Historias de terror (1962) – Roger Corman


El inmortal Roger Corman se hizo conocido e imperecedero por sus inolvidables y abundantes adaptaciones de uno de los mayores prodigios literarios, el bizarro y estupendo yanqui Edgar Allan Poe, inagotable fuente de relatos tétricos, de horror y terror. Un año después de la magistral El péndulo de la Muerte (1961), Corman se aventura a dirigir otro de los clásicos mayores del gran maestro literario del terror, este cuento, naturalmente, es El Gato Negro, como platillo principal del sórdido mosaico que Corman prepara, siendo escoltado además por otras remarcables piezas de literatura, Morella y Valdemar. Naturalmente y como es conocido por el cineasta versado, Corman aportará su muy personal concepción de la obra de Poe, respetando, eso sí, las mayores aristas del género, y si bien como es natural se desvía por momentos del original texto, finalmente se ciñe a la naturaleza máxima de los relatos, dotando a cada una de las historias de momentos de auténtico horror, de mórbidas representaciones, de purulento terror, es ahí cuando el universo de Corman y Poe se emparentan y generan un cine memorable, de fusión de dos artes. Para materializar sus memorables ejercicios, Corman recluta, por enésima vez, a quien otorgaría mucho en lo mítico de sus adaptaciones, el legendario Vincent Price, protagonizando los tres relatos, además de Peter Lorre para el segmento de EL Gato Negro, y Joyce Jameson, entre los principales protagonistas de este filme breve, colección concisa y muy atractiva.

         


En el primer segmento, Morella, una atractiva fémina llega a una tétrica y abandonada residencia. Se trata de Lenora (Maggie Pierce), que Busca a su padre; en la vieja residencia, habitada por tarántulas, llena de telarañas, aparece finalmente su padre, Locke (Price). Tras veintiséis años sin verse, Locke se muestra frío e indiferente, bebiendo mucho alcohol, y, por ciertas circunstancias, Lenora deberá quedarse en la casa, ante lo cual, el viudo Locke afírmale al cuadro de su difunta esposa que su asesina ha vuelto. Lenora encuentra después, horrorizada, la momia de Morella, su madre, y Locke le narra cómo ésta feneció, afirmando que fue ella, Lenora, la causante de su muerte. Lenora le confía a su padre que le quedan pocos meses de vida, padre e hija se reconcilian. Pero en la noche, una suerte de espíritu ataca a Lenora, la asesina, Locke descubre con horror que Morella (Leona Gage) aparece en el lecho de su hija, y que en lugar de la momia de ésta, ahora yace una esperpéntica Lenora; en medio del fuego de las llamas, la muerta viviente liquida a Locke, apreciándose la imagen de su sonriente momia.




Se inicia el segundo segmento, El Gato Negro, Montressor (Lorre) es un alcohólico individuo que llega a casa, reniega con el felino mascota, gritonea a su mujer Annabel (Jameson), desempleado, le exige le dé dinero, lo que la mujer hace, y el hombre se lo gasta todo en el bar, hasta quedar borracho, vagabundeando por dinero. Vagando, llega hasta una convención de comerciantes de vino, en el que la atracción es Fortunato Luchresi (Price), experto catador. Montressor desafía a Luchresi a un duelo de catadores, sorprendentemente no lo hace nada mal, pero termina emborrachándose otra vez, y Fortunato lo lleva a casa, con su mujer, lo acuestan. El alcohólico Montressor descubre después que su mujer lo engaña con Luchresi, y, enfurecido, dopa a Frotunato con vino, deja a su mujer inconsciente, creyéndola muerta, y los empareda, los atrapa tras una pared; acto seguido, encuentra el dinero de Annabel, y, cómo no, lo gasta todo en alcohol, quedándose dormido. Tiene una terrible pesadilla, tras la cual, al despertar, efectivos policiales están en su casa, preguntan por su esposa. Tras hacer una búsqueda en su sótano, horripilantes sonidos animalescos se oyen, los policías escuchan y rompen la pared, donde encuentran los cadáveres, y donde hallan el terrible felino negro también.




En el segmento final, Valdemar, Ernest Valdemar (Price), está siendo tratado con un proceso de hipnotización de una enfermedad cerebral, al parecer irreversible y letal. Quien lo hipnotizó fue Carmichael (Basil Rathbone), personaje que propone y convence a Valdemar de un bizarro experimento, hipnotizarlo en el momento de su muerte e investigar sobre cómo dilatar el momento final de expiración, a lo que su esposa, Helene (Debra Paget), se opone, al igual que el Dr. James (David Frankham). Mientras el tiempo de fenecimiento se aproxima, Valdemar la dice a su mujer que desea que ella se case con James cuando quede viuda. Fenece Valdemar, y Carmichael lo hipnotiza, su cuerpo muere, pero logra mantener viva su mente, que desde el más allá los atormenta. El embustero Carmichael se las ingenia para hacer parecer que Valdemar desea que Helene se case con él, pero inesperadamente, el cuerpo del difunto resucita, lo liquida, quedando finalmente ambos cadáveres juntos.




Notable filme de Corman, como lo son todas sus adaptaciones del tenebroso y fabuloso universo de Poe. En el primer relato, siempre añadiendo al original texto del literato norteamericano sus matices, presenta la historia de fondo, respeta el realizador, como es acertado, el clímax de la primigenia obra. Es un segmento que comienza con tintes melodramáticos, pero en el que ya se manifiesta la bizarría y enfermedad de un individuo, que vive cual ermitaño en su residencia, donde sólo las tarántulas son sus compañeras, que mantiene la momia de su esposa en su lecho, es el oscuro y mórbido universo de Poe, siempre plasmado correctamente por Corman. Breve y excelente ejercicio, en el que, naturalmente, el poderoso clímax se reserva para el final, con la horrorosa imagen de la momia que cobra vida, cobra vida para cobrar a su vez venganza de su propia hija, a quien considera responsable de su fenecimiento. Momias que reviven, perenne atmósfera de densidad y muerte, espíritus, sórdidas imágenes de sonrientes momias, es ciertamente el oscuro universo del alcohólico literato norteamericano. Ese universo además se ve enaltecido y reforzado por la presencia de la leyenda actoral del terror, Vincent Price con toda la magnitud y distinción que su sola presencia es capaz de generar en un filme, con el clásico perfil que brinda a las adaptaciones de Corman, grave, atormentado, siniestro, elegante, y tanto las féminas Pierce como Gage cumplen también con su personal cuota. Gran trabajo para el primer relato de la colección, rompe el hielo de forma contundente.




Para el platillo principal, por supuesto, el mítico relato del oscuro felino, se inicia con un tono más bien comediesco, lúdico y cómico, que por momentos se aleja del original texto, pero quien conoce la obra de Corman, sabrá entender que es su aporte, su personal concepción en la que, claro, finalmente el inconmensurable estilo y directriz del gran maestro literato terminará por imperar. Así, el felino siempre estuvo presente, tras apreciarse la modificación ligera en el relato, vemos al gran Peter Lorre como el individuo, dueño de la mascota, que se enfrasca en una competencia de catar vinos, lo que lo llevará a ser engañado por su adúltera mujer. El relato fílmico volverá a encarrilarse por la lóbrega senda de Poe recién al final, pero lo hace con toda la fuerza posible, primero con la pesadillesca y surreal secuencia del sueño de Montressor, en la que el encuadre se deforma, dotando de mayor densidad y apariencia de auténtica pesadilla a lo que sucede, mientras su mujer y el gran Price juegan con su cabeza, materializándose la célebre imagen de Vincent con la cabeza de Lorre, imágenes imperecederas. Se respeta completamente el final, el atormentado sujeto, confiado, se pasa de la raya en su determinación de probar su inocencia, y busca su propia perdición, encontrando los oficiales a los difuntos emparedados, con le figura romántica e inmortal del gato negro, oscuro felino que corona la final carnicería. Plasmando ese final, el segmento alcanza la nota de excelente. Imposible dejar de notar además que se repite el prodigioso tándem que años antes viéramos en la inolvidable Comedia del Terror (1963) del gran Jacques Tourneur, repitiendo tanto Price, como Lorre y Joyce Jameson, únicamente faltaba incluir a Boris Karloff, en un segmento que es tan breve como efectivo, enaltecido por la fuerza incomparable de sus intérpretes. Sin duda alguna, de lo mejorcito de la triada que nos presenta Corman en esta ocasión.












Para cerrar el filme, el más bizarro de los cuentos, el que nos presenta las imágenes más mórbidas y oscuras, pues desde el inicio el tema es el más sórdido, el impensable experimento de hipnotizar a un moribundo para ver el lapso de tiempo entre la muerte corporal y la mental, y ver si se puede manipular el mencionado lapso. Con las naturales y ya conocidas variaciones en el relato, se respeta también finalmente la esencia del putrefacto cuento, guardándose, como siempre, para el final la mayor carga de terror, un maestro es Corman. Finalmente se materializa la imagen del zombie, el muerto viviente, el fenecido andante, que revive para librar a su esposa de los dominios del charlatán y maquiavélico hipnotista, y se generan las imágenes podridas, literalmente, mucupurulentas, citándose finalmente, como en los tres segmentos, los inmortales y estupendos versos oscuros del gran titán americano de la literatura, combinando con prodigio, como sólo él puede, la narrativa y la más lúgubre poesía. Excelente trabajo, como de costumbre, de Corman, nuevamente se materializa ese tándem imperecedero. Poe-Corman-Price. Genios juntos, una joyita cinematográfica producen. Imperdible para los que saben de qué tipo de colaboración se trata, una colaboración que rebasa una disciplina artística, y fusiona dos universos infinitos, el Cine y la Literatura.


lunes, 5 de marzo de 2012

La tumba india (1959) - Fritz Lang

El inmortal alemán Lang, ilustre emblema expresionista, notable también realizador de film noir en tierras norteamericanas, realiza en esta oportunidad un ejercicio de cine ciertamente atípico a lo antes contenido en su filmografía, en esta película, cinta hermana de El tigre de Esnapur, primera parte de la historia, que vio la luz el mismo año, y que La tumba india complementa y finaliza. Historia que, continuando exactamente donde se quedó su predecesora, situándose siempre en la India, narra las peripecias y aventuras de Seetha, la bailarina del templo de Shiva, que prosigue su difícil romance con Harald Berger, mientras sufren ambos la implacable persecución del maharajá de Esnapur, Chandra, loco de celos por haber sido rechazado por la hermosa danzarina, y construyendo una fabulosa estructura, una joya arquitectónica, la tumba del título, una tumba que está destinada para Seetha. La cinta, irregular dentro de las directrices languianas, está retratada con todo el poder e impacto visual de las tierras hindúes, sus imponentes estructuras, sus pintorescas locaciones, plasmadas correctamente, compensando que por momentos se detecta una artificialidad llamativa en ciertos decorados. Contiene la cinta la memorable secuencia del baile de Seetha en el templo de Shiva, con una muy bien lograda coreografía interpretada por Debra Paget, acompañada por Paul Hubschmid como su amante, y Walter Reyer como el maharajá, los principales protagonistas de una cinta bastante atípica, y de las últimas en la filmografía del gigante Lang.

            


La cinta se inicia con un prólogo en el que se nos informa auditivamente los hechos en que terminó la película anterior, con el maharajá Chandra en su palacio, que ha ordenado al Dr. Walter Rhodes (Claus Holm) la construcción de una fabulosa e inmensa tumba, que servirá para Seetha, fugitiva con su amante Harald Berger, está furioso por el desplante de ésta, y que prefiera irse con un extranjero. Los amantes, por su parte, siguen huyendo a través del desierto índico, y a su vez el Dr. Rhodes, al enterarse los fines que tiene la estructura que está contrayendo, se niega a seguir trabajando en ella. Se inicia una búsqueda por todo Esnapur, se debe capturar al extranjero de cualquier forma, pero a Seetha con vida. La hermana del Harald, Irene Rhodes (Sabine Bethmann), va a hablar con el maharajá, que no cambia de opinión respecto a sus planes con la gran tumba india. La búsqueda continúa, la prófuga pareja se escabulle por poco, pero finalmente son capturados, ambos vivos, y a Irene se le informa que su hermano ha muerto, cazando tigres. Los sacerdotes del templo demandan que se juzgue y castigue  a Seetha por su ofensa, Shiva así lo exige, y con pesar de Chandra así se hace, realizando ella una danza ante una gran serpiente, tiene éxito al inicio, pero finalmente falla, y Chandra la salva del gran reptil.





Ya solos, Chandra dice a Seetha que debe aceptar su unión, volverse su mujer, su majaraní, o de lo contrario, eliminará a Harald. Paralelamente, Irene está convencida de que su hermano sigue con vida, y lo busca, Seetha ha podido ver a su amante, tras lo cual,  hablando con Irene, le afirma que se casará para evitar la muerte de Harald. Irene y su esposo, el arquitecto, tratan de imaginar dónde puede estar recluido Harald, Un confiado Chandra no hace caso a sus a sacerdotes, molestos por la traición que se hizo al interrumpir la ceremonia de juicio a Seetha, en la que debió ser muerta por la serpiente, igual se casará con Seetha, confiado en su poder y autoridad. Mientras Irene y su esposo planean generar distracción con dinamita y buscar a Harald, éste, que iba a ser ultimado, elimina a su custodia, y logra escapar de su claustro. Es entonces que una extraviada Irene consigue encontrarse con su hermano, y se reúnen con el Dr. Rhodes. Poco después, la boda del maharajá se está realizando, y en plena ceremonia, los religiosos acusan a Chandra de haber traicionado los mandatos de Shiva, detienen todo y capturan a Seetha. Chandra está siendo castigado, azotado, y cuando va a ser ejecutado, sus guardias recuperan el control, lo liberan, mientras los amantes Seetha, ya liberada, y un malherido Harald escapan. Finalmente, un Chandra completamente distinto, abandona el poder, y se va a servir a un anciano sabio, un consejero de Esnapur.





De esta manera culmina la cinta el director, y vale señalar que ambas cintas, tanto El tigre de Esnapur como La tumba india, son una reversionada de la misma obra, a dos cintas también, realizada por su coterráneo Richard Eichberg en 1938. Resulta singular el presente ejercicio cinematográfico viniendo de Fritz Lang, que curiosamente no dista demasiado temporalmente de otras obras más convencionales -dentro de su universo por supuesto-, como While the City Sleeps (1956), pero en la que ya se aparta bastante de su entonces vigente etapa, deja el film noir, deja incluso sus contados pero respetables westerns, y realiza esta suerte de leyenda indica, retratando el vasto y riquísimo escenario hindú, sus fabulosas estructuras, sus hermosos paisajes, y este apartado debe prevalecer sobre unos sorprendentemente artificiales decorados, específicamente algunas imágenes de fondo paisajístico, notablemente falsos, detalles bastante llamativos viniendo del cine de Lang. Pero ese aspecto queda minimizado con otros aciertos del alemán, como las exquisitas vestimentas, y un atrezzo tan elaborado y detallado que reducen ciertas falencias menores, como el hecho de ver a actores alemanes embetunados y haciendo papeles de hindúes, algo que ciertamente puede restarle sentimiento de naturalidad a la cinta. La película tiene un correcto contenido iconoclasta, representando y retratando a las deidades hindúes, teniendo su mayor expresión esto en la secuencia del juicio a Seetha, con unos contrapicados de la inmensa figura de Shiva, magnificando su imagen, y en esta misma y preciosa secuencia resalta, por encima de todas las demás, cómo no, el soberbio baile que realiza la danzarina del templo, aunque no faltarán las voces que aticen al baile como algo que no tiene nada que ver con las danzas hindúes, de todas formas la secuencia es la más lograda de la cinta. Es una danza que destila plasticidad, sensualidad y elasticidad, osadía desafiando a la gran serpiente, largos momentos de danza frente al gran reptil, mientras todo es observado por una inmensa imagen de Shiva, maximizada con el contrapicado, una estupenda secuencia ritualista, solemne, ceremonial.






La hermosa actriz Debra Paget es la encargada de realizar la memorable performance, luciendo sensual, irresistible, vestida con una interesante y reducida vestimenta, dejando mucha de su piel al descubierto, incrementando la carga carnal a esos instantes, la vuelve más impactante, mientras realiza su baile que parece hipnótico, y ciertamente lo es, pues el objetivo de la misma era engañar y amansar a la gran serpiente, objetivo que logra solo inicialmente, ya que termina perdiendo la concentración, y por poco la vida, de no ser por Chandra. La película no deja ser atractiva, tiene correctas actuaciones, correctas, nada más, sin embargo no deja de advertirse cierta simpleza en su tratamiento, cierta superficialidad, linealidad en su narración y en su contenido, y la película colinda por momentos peligrosamente con menores cintas de aventuras, generando que no falte algún insensato insolente que la compare con Indiana Jones (vaya sandez), pero es algo a lo que su por momentos simpleza la expone. Si bien en el apartado estético la cinta sí tiene momentos bien logrados, de belleza plástica con toda la fuerza pintoresca de los símbolos y paisajes hindúes, finalmente uno no puede dejar de sentir, terminado el visionado, una inconsciente interrogante de si lo que se acaba de ver es realmente una cinta de Fritz Lang, no porque su calidad sea inferior, sino porque se siente algo muy distinto a los trabajos por los que el director alcanzó la más alta cima del Olimpo cinematográfico. Nace aquí una dualidad, puede que se sienta una cinta que aporta muy poco a su filmografía, al menos, que aporta muy pocos elementos del calibre y contundencia de trabajos anteriores, sin embargo es ahí justamente donde radica a su vez otro atractivo, ver algo distinto en Lang, algo completamente diferente a su sello distintivo, y desde ese punto, el filme, y su hermano, son pues una fuente maravillosa de novedades: junto con la cinta predecesora, son rarezas únicas languianas, únicas e irrepetibles. Es ese el motivo por el que la cinta divide juicios, entre una relativa mayoría que defenestra a la cinta, pero también con estudiosos quienes la consideran clave en la obra de Lang; en cualquier caso, para el verdadero entendido, es un trabajo ineludible. Evidentemente, se debe ver la primera parte de la historia, El tigre de Esnapur, para darle mayor coherencia a una cinta que jamás deja de ser interesante, de ser atractiva, observamos ciertamente un nuevo lenguaje en el realizador germano, sí, puede que inferior en algunos aspectos a sus anteriores obras, pero que merece atención, pues sin acercarse a lo mejor de su producción, no deja de ser una cinta del titán Fritz Lang.





 


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