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martes, 6 de marzo de 2012

El Desprecio (1963) - Jean-Luc Godard

El reconocido francés Godard nos presenta con esta película uno de sus más provocativos y recordados títulos, memorable historia en la que nos habla de la degradación y resquebrajamiento que sufre un matrimonio, mientras se expone al esposo a una disyuntiva del creador, de la creación en el artista, cuando entre en conflicto su propia filiación, contra las exigencias propias de la ambición comercial. Nos sitúa el director en los estudios italianos de la Cinecittá, donde el director Fritz Lang está rodando una adaptación de La Odisea de Homero, trabajo para el cual se pide la colaboración del escritor, autor de obras de teatro, para que corrija algunos pasajes del guión con el que trabaja el director, el alemán Fritz Lang, pues no es congruente con los intereses comerciales del productor. Pero durante su trabajo, su mujer, una candente y atractiva rubia, se enredará con el productor, generando una seria y difícil situación conflictiva para el escritor. Conteniendo muchas lecturas en su desarrollo, es una de las películas más atractivas de Godard, y cuenta con un reparto que definitivamente la encumbra, el poderoso símbolo sexual Brigitte Bardot, homenajeada con memorables secuencias, además del yanqui Jack Palence, impensadamente dirigido por Godard, Michael Piccoli como el esposo escritor, y el más distinguido de todos, el maestro alemán, el genial Fritz Lang interpretándose a si mismo. Es pues un reparto actoral de primer nivel, y con una trama y tratamiento muy seductor, la cinta se vuelve de necesario visionado.

       


Inicia la cinta con imágenes de un equipo de cine, rodando en estudios italianos, están haciendo una película, tras lo cual vemos a una pareja, Camille y Paul Javal  (Bardot y Piccoli), que conversan, ajenos al mundo, en su cama, ella le pregunta por cada parte de su cuerpo, si son de su agrado. Posteriormente, el productor de cine Jeremy Prokosch (Palance) pide a Paul, escritor, que reescriba algunos pasajes del guión de una adaptación de La Odisea, pues el director, Fritz Lang, no está haciendo un trabajo de su agrado. Se reúne con Prokosch y con Lang, el alemán está rodando, muestra algunas imágenes de lo que va logrando, prístinas aguas, imponentes estructuras, pero Prokosch desprecia y arroja las latas, no está satisfecho. Acepta Paul el trabajo, con dinero de por medio, y poco después les presenta a director y productor a Camille, permitiendo incluso que ésta se vaya con Prokosch a su casa. Ella está reacia al inicio, molesta por la permisividad de su esposo, y ya de regreso al hotel donde se hospedan, está arisca, molesta, él la golpea, se planeó una salida de la pareja con Prokosch, pero ella no desea ir, se escabulle de la invitación, y rechaza con determinación a su marido, algo ha cambiado, le dice que no dormirán juntos, que ya no harán el amor, luego afirmando, que todo es una broma, pero es una ineludible ruptura, ella lo desprecia.




Se reúnen nuevamente con Prokosch y Lang, el productor afirma que ama la poesía, ella sigue despreciando a Paul, luego van al cine, siempre con Prokosch pendiente de ella. Continúa el rodaje, Prokosch invita con desfachatez a salir a Camille, que no acepta, pero un  resignado Paul la insta a que sí lo acompañe, mientras él se queda hablando con Lang, sobre La Odisea, y sobre una paralela historia que considera está sucediendo. Luego, Camille cede a la presión de Prokosch, se besan, y Paul lo observa todo a la distancia. Entonces Paul, al volverse a ver con Prokosch, dícele que no escribirá el trabajo, pues él es escritor de teatro, un dramaturgo, no un guionista. Conversan los esposos, Paul le dice que su decisión se ajustará a lo que ella le diga, pues aceptó el trabajo para ganar dinero y pagar un lugar bueno donde vivir, pero ella se va, lo desprecia y no le dirá la razón, preferiría morir antes de hacerlo, se aleja nadando, en una paradisíaca playa. No hay marcha atrás, Camille lo ha dejado, y cuando se está yendo con Prokosch, en el flameante Alfa Romeo rojo de éste, el vehículo choca con un enorme camión cisterna, muriendo ambos en el accidente. Solo y abandonado, Paul también se va, mientras deja a Lang, que continúa con la grabación de la película.




Godard termina de esta forma un notable ejercicio con más de una interpretación en su desarrollo, con un interesante recurso, desde el comienzo mostrando a un equipo cinematográfico rodando una cinta, nos localiza en la mítica Cinecittá italiana, y nos desnuda la realidad, las entrañas del cine, que todo lo que presenciamos es una representación, una película, una historia ficticia y artificial que se nos narra, y experimenta el director hasta con los créditos, que son hablados, expone auditivamente los responsables del filme. Prontamente la primera imagen de la historia en si que vemos es de la  desnudez de Brigitte Bardot, Godard nos muestra a la diosa completamente desnuda, jugando con el colorido, sepia primero, azul después, color natural también, preguntando a su esposo por cada parte de su cuerpo, si le gusta su cuerpo, mientras la cámara recorre detenida y pausadamente toda su ardiente figura, con esto dota el francés de un magnetismo animal a la cinta, impregna de sensualidad y sexualidad a la misma, nos expone al símbolo sexual como poderosa arma de seducción, la irresistible rubia es un auténtico y delicioso obsequio y deleite para la vista, algo deformada por la licencia y el jugueteo del francés con el color, que la da cierto aire surreal, pero no mucho más. Alabando aún las bondades de la Cinemascope, en ese escenario enmarca la historia, combina la acción de los humanos con la de los dioses y semidioses de La Odisea, amalgama la realidad con la leyenda, y no deja a su cinta exenta de algunos halos de la nueva ola, Godard continúa aún plasmando algunos vestigios -como los clásicos saltos de plano- de la corriente que apadrinó, y ambienta todo con una envolvente música, repitente, displicente y omnipresente, sobre todo en la extensa secuencia en la casa de la pareja, donde ella plasma su desencanto, donde ya algo ha cambado en la relación marital.







Godard además potencia su relato, potencia la narrativa, con las voces en off de los protagonistas, enriqueciendo la narración, adentrándonos más en sus personales dramas, pensamientos y situaciones, podemos apreciar la división de ambos, desde adentro. Era inevitable el paralelo con la historia retratada, con La Odisea, siendo, claro, Paul, Ulises, encarnando a un Odiseo contemporáneo, afirmando que el inteligente personaje de Homero voluntariamente alargó el viaje, pues estaba harto y cansado de Penélope, reflejando su propia situación, encarna así una moderna versión del astuto personaje, un Ulises que emprende un viaje creativo, en el que muchas cosas se sacrificarán. Por supuesto, Camille, la Bardot, es Penélope, pero una Penélope que olvidó la fidelidad, como la teoría de Prokosch, es pues una adúltera y carnal Penélope. Finalmente, Prokosch, Palance, Poseidón, el que desencadena todo, el que genera el viaje que alejará a Ulises de su mujer, de su tierra, de todo, el viaje artístico y creativo del que no hay regreso para el escritor. Godard nos presenta pues una atractiva historia, una versionada moderna de la legendaria novela épica de Homero, retratada en la paralela travesía del escritor, en cuyo camino su mujer irá pasando gradualmente de quererlo, de desear ser deseada por él, primero a dejar de amarlo, luego a despreciarlo irreversiblemente, y con el peor de los castigos, lo desprecia y dice que preferiría morir antes de decirle la razón del desprecio. De esta forma tenemos la historia del matrimonio que se requebrajó hasta niveles irrecuperables, la escisión es definitiva, pero a la vez se encuadra también la historia del conflicto, de la disyuntiva creadora, de la creación artística que entra en conflicto, cuando vemos al yanqui Palance gritándole al mismísimo maestro Lang, retrata Godard la angustia del artista creador, se retrata un poco a sí mismo, experimenta con el cine, uno de sus constantes sellos distintivos.








La plana actoral no podría defraudar, un Godard que ya contaba con mayores recursos financieros, por la fama y prestigio que ya se había granjeado, se permite abordar proyectos más ambiciosos y costosos, y recluta a Michel Piccoli como el engañado escritor, que cumple en su modesto rol, grave, resignado, derrotado y abandonado, la crisis evidentemente afecta su trabajo creativo. El yanqui Jack Palance aparece, como siempre, inevitable y correctamente agresivo, violento, enfático, y resulta acertada su inclusión en el film, le imprime al personaje la fuerza y la asertividad necesarias. Fritz Lang aparece de una manera que quizás se pueda considerar anecdótica, el prodigioso a inmortal maestro alemán es homenajeado también por Godard, y éste, como se sabe, asiduo a estos homenajes, no excluye a este ejercicio suyo de esa característica, plasmando numerosas citas, y otros tipo de referencias a figuras artísticas, y lee Camille en esta cinta un retazo de los pensamientos del padre expresionista sobre el crimen pasional, del asesinato como mala decisión, no como una solución, la muerte no puede ser una solución, afirma. Y por supuesto, la Bardot que se erige como piedra angular del filme, emblema y símbolo de la misma, poderosa figura sexual, impregna esa sexualidad en todo, y Godard materializa inolvidables y prolongadas secuencias mostrando su desnudez, ya sea al inicio, o la secuencia memorable donde ella se aleja nadando, desnuda en la playa, se aleja poco a poco y para siempre de Paul. Las secuencias de Godard son atrevidas, provocadoras, sugerentes, no deja mucho a la imaginación, y la Bardot hace una excelente interpretación, nos introduce en un universo, una incógnita, la incertidumbre de saber el motivo del desprecio, ella es el motor de todo, ella es el objeto de deseo, la cinta es también un homenaje al mítico sex symbol femenino. El director francés termina su cinta de la manera en que la comenzó, imágenes de cine haciendo cine, antes de terminar, nos repite, nos reitera, como para que no lo olvidemos, que todo ha sido une representación, todo ha sido una historia montada por el realizador, recurso usado también por otros notables cineastas. Necesaria cinta, de lo mejor de Godard, probablemente superior a otros trabajos mucho más mediáticos, pero de menor atractivo que ésta.







lunes, 5 de marzo de 2012

La tumba india (1959) - Fritz Lang

El inmortal alemán Lang, ilustre emblema expresionista, notable también realizador de film noir en tierras norteamericanas, realiza en esta oportunidad un ejercicio de cine ciertamente atípico a lo antes contenido en su filmografía, en esta película, cinta hermana de El tigre de Esnapur, primera parte de la historia, que vio la luz el mismo año, y que La tumba india complementa y finaliza. Historia que, continuando exactamente donde se quedó su predecesora, situándose siempre en la India, narra las peripecias y aventuras de Seetha, la bailarina del templo de Shiva, que prosigue su difícil romance con Harald Berger, mientras sufren ambos la implacable persecución del maharajá de Esnapur, Chandra, loco de celos por haber sido rechazado por la hermosa danzarina, y construyendo una fabulosa estructura, una joya arquitectónica, la tumba del título, una tumba que está destinada para Seetha. La cinta, irregular dentro de las directrices languianas, está retratada con todo el poder e impacto visual de las tierras hindúes, sus imponentes estructuras, sus pintorescas locaciones, plasmadas correctamente, compensando que por momentos se detecta una artificialidad llamativa en ciertos decorados. Contiene la cinta la memorable secuencia del baile de Seetha en el templo de Shiva, con una muy bien lograda coreografía interpretada por Debra Paget, acompañada por Paul Hubschmid como su amante, y Walter Reyer como el maharajá, los principales protagonistas de una cinta bastante atípica, y de las últimas en la filmografía del gigante Lang.

            


La cinta se inicia con un prólogo en el que se nos informa auditivamente los hechos en que terminó la película anterior, con el maharajá Chandra en su palacio, que ha ordenado al Dr. Walter Rhodes (Claus Holm) la construcción de una fabulosa e inmensa tumba, que servirá para Seetha, fugitiva con su amante Harald Berger, está furioso por el desplante de ésta, y que prefiera irse con un extranjero. Los amantes, por su parte, siguen huyendo a través del desierto índico, y a su vez el Dr. Rhodes, al enterarse los fines que tiene la estructura que está contrayendo, se niega a seguir trabajando en ella. Se inicia una búsqueda por todo Esnapur, se debe capturar al extranjero de cualquier forma, pero a Seetha con vida. La hermana del Harald, Irene Rhodes (Sabine Bethmann), va a hablar con el maharajá, que no cambia de opinión respecto a sus planes con la gran tumba india. La búsqueda continúa, la prófuga pareja se escabulle por poco, pero finalmente son capturados, ambos vivos, y a Irene se le informa que su hermano ha muerto, cazando tigres. Los sacerdotes del templo demandan que se juzgue y castigue  a Seetha por su ofensa, Shiva así lo exige, y con pesar de Chandra así se hace, realizando ella una danza ante una gran serpiente, tiene éxito al inicio, pero finalmente falla, y Chandra la salva del gran reptil.





Ya solos, Chandra dice a Seetha que debe aceptar su unión, volverse su mujer, su majaraní, o de lo contrario, eliminará a Harald. Paralelamente, Irene está convencida de que su hermano sigue con vida, y lo busca, Seetha ha podido ver a su amante, tras lo cual,  hablando con Irene, le afirma que se casará para evitar la muerte de Harald. Irene y su esposo, el arquitecto, tratan de imaginar dónde puede estar recluido Harald, Un confiado Chandra no hace caso a sus a sacerdotes, molestos por la traición que se hizo al interrumpir la ceremonia de juicio a Seetha, en la que debió ser muerta por la serpiente, igual se casará con Seetha, confiado en su poder y autoridad. Mientras Irene y su esposo planean generar distracción con dinamita y buscar a Harald, éste, que iba a ser ultimado, elimina a su custodia, y logra escapar de su claustro. Es entonces que una extraviada Irene consigue encontrarse con su hermano, y se reúnen con el Dr. Rhodes. Poco después, la boda del maharajá se está realizando, y en plena ceremonia, los religiosos acusan a Chandra de haber traicionado los mandatos de Shiva, detienen todo y capturan a Seetha. Chandra está siendo castigado, azotado, y cuando va a ser ejecutado, sus guardias recuperan el control, lo liberan, mientras los amantes Seetha, ya liberada, y un malherido Harald escapan. Finalmente, un Chandra completamente distinto, abandona el poder, y se va a servir a un anciano sabio, un consejero de Esnapur.





De esta manera culmina la cinta el director, y vale señalar que ambas cintas, tanto El tigre de Esnapur como La tumba india, son una reversionada de la misma obra, a dos cintas también, realizada por su coterráneo Richard Eichberg en 1938. Resulta singular el presente ejercicio cinematográfico viniendo de Fritz Lang, que curiosamente no dista demasiado temporalmente de otras obras más convencionales -dentro de su universo por supuesto-, como While the City Sleeps (1956), pero en la que ya se aparta bastante de su entonces vigente etapa, deja el film noir, deja incluso sus contados pero respetables westerns, y realiza esta suerte de leyenda indica, retratando el vasto y riquísimo escenario hindú, sus fabulosas estructuras, sus hermosos paisajes, y este apartado debe prevalecer sobre unos sorprendentemente artificiales decorados, específicamente algunas imágenes de fondo paisajístico, notablemente falsos, detalles bastante llamativos viniendo del cine de Lang. Pero ese aspecto queda minimizado con otros aciertos del alemán, como las exquisitas vestimentas, y un atrezzo tan elaborado y detallado que reducen ciertas falencias menores, como el hecho de ver a actores alemanes embetunados y haciendo papeles de hindúes, algo que ciertamente puede restarle sentimiento de naturalidad a la cinta. La película tiene un correcto contenido iconoclasta, representando y retratando a las deidades hindúes, teniendo su mayor expresión esto en la secuencia del juicio a Seetha, con unos contrapicados de la inmensa figura de Shiva, magnificando su imagen, y en esta misma y preciosa secuencia resalta, por encima de todas las demás, cómo no, el soberbio baile que realiza la danzarina del templo, aunque no faltarán las voces que aticen al baile como algo que no tiene nada que ver con las danzas hindúes, de todas formas la secuencia es la más lograda de la cinta. Es una danza que destila plasticidad, sensualidad y elasticidad, osadía desafiando a la gran serpiente, largos momentos de danza frente al gran reptil, mientras todo es observado por una inmensa imagen de Shiva, maximizada con el contrapicado, una estupenda secuencia ritualista, solemne, ceremonial.






La hermosa actriz Debra Paget es la encargada de realizar la memorable performance, luciendo sensual, irresistible, vestida con una interesante y reducida vestimenta, dejando mucha de su piel al descubierto, incrementando la carga carnal a esos instantes, la vuelve más impactante, mientras realiza su baile que parece hipnótico, y ciertamente lo es, pues el objetivo de la misma era engañar y amansar a la gran serpiente, objetivo que logra solo inicialmente, ya que termina perdiendo la concentración, y por poco la vida, de no ser por Chandra. La película no deja ser atractiva, tiene correctas actuaciones, correctas, nada más, sin embargo no deja de advertirse cierta simpleza en su tratamiento, cierta superficialidad, linealidad en su narración y en su contenido, y la película colinda por momentos peligrosamente con menores cintas de aventuras, generando que no falte algún insensato insolente que la compare con Indiana Jones (vaya sandez), pero es algo a lo que su por momentos simpleza la expone. Si bien en el apartado estético la cinta sí tiene momentos bien logrados, de belleza plástica con toda la fuerza pintoresca de los símbolos y paisajes hindúes, finalmente uno no puede dejar de sentir, terminado el visionado, una inconsciente interrogante de si lo que se acaba de ver es realmente una cinta de Fritz Lang, no porque su calidad sea inferior, sino porque se siente algo muy distinto a los trabajos por los que el director alcanzó la más alta cima del Olimpo cinematográfico. Nace aquí una dualidad, puede que se sienta una cinta que aporta muy poco a su filmografía, al menos, que aporta muy pocos elementos del calibre y contundencia de trabajos anteriores, sin embargo es ahí justamente donde radica a su vez otro atractivo, ver algo distinto en Lang, algo completamente diferente a su sello distintivo, y desde ese punto, el filme, y su hermano, son pues una fuente maravillosa de novedades: junto con la cinta predecesora, son rarezas únicas languianas, únicas e irrepetibles. Es ese el motivo por el que la cinta divide juicios, entre una relativa mayoría que defenestra a la cinta, pero también con estudiosos quienes la consideran clave en la obra de Lang; en cualquier caso, para el verdadero entendido, es un trabajo ineludible. Evidentemente, se debe ver la primera parte de la historia, El tigre de Esnapur, para darle mayor coherencia a una cinta que jamás deja de ser interesante, de ser atractiva, observamos ciertamente un nuevo lenguaje en el realizador germano, sí, puede que inferior en algunos aspectos a sus anteriores obras, pero que merece atención, pues sin acercarse a lo mejor de su producción, no deja de ser una cinta del titán Fritz Lang.





 


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