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sábado, 7 de julio de 2012

Despertares (1990) - Penny Marshall


La neoyorkina Penny Marshall dirige este decente y apreciable drama psicológico, en el que nos muestra una historia basada en hechos reales, historia de llegada, y que cuenta además con dos intérpretes solventes, que por entonces, inicios de la década de los 90, mucho crédito tenían. Basada en la autobiografía del neurólogo Oliver Sacks, se retrata la historia de lo ocurrido en 1969, cuando el mencionado doctor aplique la droga L-dopa en pacientes que padecieron la encefalitis letárgica, verídica enfermedad que se esparció entre 1917 y 1928. Inicialmente, la droga será beneficiosa, generando, tras décadas, despertares en los pacientes catatónicos, naciendo una estrecha relación con uno de los pacientes en particular; pero este efecto será meramente temporal, y eventualmente los pacientes volverán a su habitual letargo. Buen trabajo de la realizadora con una seria puesta en escena, además de buena labor dirigiendo a dos actores magníficos, un siempre fulgurante Robert De Niro como el paciente de mayor injerencia, que estaba en una década para él fructífera y positiva, y Robin Williams, como el doctor que aplica la medicina, individuo cuyo crédito actoral se fuera diluyendo con el correr de los años. También resalta la inclusión y participación, aunque breve, de la siempre hermosa Penélope Ann Miller. En definitiva, se trata de un apreciable ejercicio, bien dirigido, y con buenas actuaciones.

        


Aproximadamente en los 20, en territorio yanqui, unos niños juegan en su barrio; uno de ellos, Leonard Lowe, de pronto experimenta unos temblores, contracciones musculares que lo van descontrolando. Pasan los años, es 1969, en el Bronx, el doctor Malcolm Sayer (Williams), llega a una institución mental por trabajo, y aunque, sin experiencia con humanos, obtiene un puesto allí. Va conociendo las inmediaciones y a los pacientes del instituto, uno de los primeros que conoce es Lucy Fisher (Alice Drummond), como todos allí, en estado catatónico, pero en quien descubre ciertas reacciones, suerte de reflejos. El hallazgo lo lleva a proponer investigaciones, obteniendo burla de sus colegas. Mientras descubre simples reflejos en los demás pacientes, va notando a Leonard, ya adulto (De Niro), Sayer se va documentando más sobre males encefálicos, un colega neurólogo se une en su investigación, y con su leal y admiradora enfermera, Eleanor Costello (Julie Kavner), mejoran algunos aspectos del lugar. Se interesa por el caso de Leonard, sigue probando los reflejos en los pacientes, pretende aplicar a Leonard la droga L-dopa, para ello obtiene consentimiento de su madre, la señora Lowe (Ruth Nelson). Diversos procedimientos aplica con el paciente, desde música, a hacerlo expresarse con una ouija.




Propone ya el uso de la droga en Leonard, lo discute con un neuroquímico, (Peter Stormare), y finalmente es aplicada. De pronto, sensible cambio se produce en Leonard, que despierta, habla, camina, reconoce a su madre, a la enfermera, se vuelve la estrella de la institución. Sigue mejorando Leonard, hasta desenvolverse prácticamente como un individuo sano, recorre ciertas partes de la ciudad inclusive. Sayer pretende aplicar la L-dopa en los demás pacientes, lo propone a sus colegas, pero esto sería muy caro, por lo que habla con su jefe, el doctor Kaufman (John Heard), las enfermeras y los benefactores del instituto. Consigue el financiamiento, aplica la droga a todos los pacientes, que milagrosamente despiertan, y son hiperactivos. Una pareja de ellos inclusive se casa, pero en vez de ir a la ceremonia, Leonard conoce a al bella Paula (Ann Miller), que visita a su padre. Mientras los demás pacientes celebran la unión de sus camaradas, Leonard y Paula se van conociendo, se caen muy bien, ella incluso va a visitarlo, despertando suspicacias en su madre. Sayer propone expandir las experiencias de los internos, pero cambia el comportamiento de Leonard, exige más libertad, salir, dar paseos solo, siendo rechazado. Luego empeora, se vuelve un revoltoso, plagado de tics, paranoias y reacciones violentas, hasta agrede a Sayer. Leonard vuelve con los demás, pero gradualmente se sume en el letargo, hasta volver al estado inicial, siendo visitado por Paula.



A finales de los 80 e inicios de los noventas, se encontraba en cierta vigencia lo que se podría denominar como cierto boom de filmes sobre enfermedades mentales. Rain Man (1988) de Barry Levinson iniciaría esta tendencia, a la que seguiría la recordada Mi pie izquierdo (1989) de Jim Sheridan, y el éxito obtenido tanto por Hoffman como por Daniel Day-Lewis de alguna forma impulsó esta cinta. Una apuesta fílmica de esta naturaleza siempre constituye cierto riesgo, cierta sangre temeraria, pero la apuesta finalmente le salió muy bien a la cineasta neoyorkina, obteniendo el filme sendas nominaciones a los Oscar, aunque no pudo el gigante De Niro emular a los anteriores protagonistas, no pudo obtener su tercera estatuilla, cosa que eventualmente sucederá. De esa forma, De Niro se vuelve aliciente principal, iniciando una década que tan buenos réditos artísticos y financieros le traerían, principalmente sus colaboraciones con el por entonces no tan malogrado Martin Scorsese. Encarna correcta y seriamente al catatónico individuo, que despierta tras una ausencia mental de más de tres décadas, vuelve a la vida, renace, pero ese renacimiento implicará mayores complicaciones de lo previsto, desatándose inesperada paradoja, pues al recuperarse la libertad, se topa con la mayor represión de la misma, se ve superado por las circunstancias, y no puede controlar esa libertad, que lo abruma. De Niro nos obsequia pues una caracterización de exigencia, una prueba que el inolvidable intérprete de Taxi Driver supo superar con toda la suficiencia que uno de los actores más brillantes de esta generación puede hacerlo.



Atractivo filme, la verídica historia basada en el libro homónimo del doctor, a quien Williams encarna aquí como a Malcolm Sayer. Es una historia real de superación, de despertares, apelando a ese valor como cimiento el filme, desatándose la locura y el frenetismo de ver a unos individuos, catatónicos al inicio, estatuas humanas, de hierática presencia, que de pronto despiertan, parlan, danzan, gritan incluso, se vuelven hiperactivos individuos que vuelven a la vida, cosa que ciertamente pasó, como nos ilustra el texto final del filme, en el que se nos informa que Sacks prosiguió con sus trabajos e investigaciones, logrando otros eventuales despertares, pero nunca tan dramáticos como los que el filme retrata. Se plasma pues la mencionada paradoja, el protagonista se convierte en líder, revoltoso individuo que exhorta a emanciparse a sus camaradas, el más inspirador caso pasa a ser la encarnación perfecta de lo que sucede el individuo que retorna a la vida, encerrado la mayor parte de su vida en los confines y límites de su enfermedad, al despertar, será otra vez libre, pero una quimérica libertad lo superará, no podrá manejar su recobrada facultad, inesperado obsequio que lo desequilibra, cuando la droga deje de ser efectiva, la ansiedad lo descontrola, quiere poseerlo todo, pero esa ambición, más la fracasada sustancia, lo sumirán nuevamente en su letárgica situación inicial. La fémina directora se permite plasmar momentos de sensible ternura, de destacable y al menos entonces factible romance, con el imposible idilio de Leonard con la hermosa Paula, cuando ella danza con él, etéreos segundos que retratan su genuino interés, pero imposible de materializarse. Descansa el filme, además de sobre su sobria dirección y puesta en escena, sobre las actuaciones, una muestra más de clase de De Niro, concisa también es la actuación del buen Robin Williams, a quien el paso de los años no favorecería, y la hermosísima Penélope Ann Miller, radiante como pocas, dulce y casi infantil por momentos, completa el reparto principal de un filme muy decente y disfrutable.




miércoles, 23 de mayo de 2012

Después de horas (1985) – Martin Scorsese


El otrora buen yanqui Martin Scorsese, tras haber vivido su etapa de mayor brillo y excelencia artística en la década de los 70, e inicios de los 80, con filmes tan inmortales como Mean Streets (1973), Taxi Driver (1976) o El Toro Salvaje (1980),  pondría un cierre a esta etapa con el presente filme, antes de adoptar su nueva y posmoderna etapa. Es una singular y bastante bizarra historia, probablemente esto último sea lo que aporta mayor cuota en el balance general para hacer atractivo al filme. Es la peculiar sucesión de aventuras y vivencias, por llamarlas de una manera, a las que se enfrenta un yanqui promedio, un yanqui común y silvestre en la competitiva ciudad de Manhattan, en donde una noche cualquiera, termina convirtiéndose en un interminable desfile de situaciones inverosímiles, de personajes igual de sorprendentes, y en las que hasta su propia vida se pondrá en peligro. Todo involucrará encuentros efímeros con misteriosas y sórdidas féminas, muchos yonquis, underground y morbidez, en una de las cintas más extrañas de Scorsese, pero positivamente extrañas. Sin actores de relumbrón, cuenta con Griffin Dunne y Rosanna Arquette entre los personajes de mayor importancia, como el tunante infortunado que se enfrenta a lo impensable, y la mujer con la que mayor tiempo se relaciona. Posteriormente a este filme, mucho del talento y la genuina bizarría del realizador neoyorkino se perdería para siempre.

   


Un individuo, editor, Paul Hackett (Dunne), vive en los ajetreos propios de su ocupación, hasta que conoce, en un café, a una atractiva joven, Marcy Franklin (Arquette). Esa misma noche, Paul la llama a su casa, y aunque tarde, se citan ahí mismo. Al llegar allí, no encuentra a Marcy, sino a su compañera de cuarto, Kiki (Linda Fiorentino), escultora; en la extraña y sombría habitación, pasa unos minutos con la semidesnuda escultora, la masajea, ella se queda dormida. Llega entonces Marcy, que fuma marihuana, le cuenta a Paul de una violación que sufrió de adolescente, además de contarle que está casada, y que su esposo se encuentra en Turquía, un extraño individuo. Fluye un  beso entre ellos, y poco después fuman marihuana adulterada. Él se va, quiere tomar el metro, no tiene efectivo, y el tendero del lugar, Tom (John Heard), ofrece prestarle para el boleto si enciende las alarmas de su casa, él olvidó hacerlo. Lo hace, está regresando, y en la puerta del edificio de Marcy y Kiki, unos individuos se llevan la estatua de la escultora, cree son ladrones, recupera la estatua y vuelve al extraño cuarto.




Allí, Kiki le dice que en realidad eran amigos, está con un sujeto de pinta sadomasoquista, Horst (Will Patton). Segundos después, encuentra a Marcy muerta en su cuarto, ingirió píldoras hasta la muerte. Llama a la policía y vuelve al café, la mesera de ahí, Julie (Teri Garr), le invita a su casa a cenar. Paul se topa con la sorpresa que Tom es el novio de Marcy. Se deshace pronto de Julie, busca a Kiki y Horst en un bar marginal y underground, pero no los encuentra, Al salir, conoce a una mujer, que también lo lleva a su casa a curarle una herida que le hizo. De pronto, es acusado Paul por el vecindario de una ola de robos, pero se libra de ellos. Conoce a otro individuo, un hombre, que también lo lleva a su casa, luego vuelve al bar, Tom lo acusa con la ya iracunda muchedumbre. Va al bar underground a refugiarse, conoce ahí a una mujer, June (Verna Bloom), y hasta allí llega la muchedumbre a lincharlo, pero la buena June lo descarta, convirtiéndolo en estatua humana, nadie puede ver que es él. Luego, la estatua es robada por los mismos amigos de Kiki, lo llevan en camión, la estatua se cae, se quiebra, Paul es liberado, frente al edificio de su trabajo. La aventura ha terminado.




Entretenida cinta, en la que asistimos a un desfile sinfín de situaciones anómalas, inverosímiles, todo es una sucesión de acontecimientos, cada uno más atípico que el anterior, todo simplemente va fluyendo, es una noche mundana, en un barrio mundano de Manhattan. Esa mundanidad vuelve a los hechos bastante cercanos, si bien extraños y bizarros, son plausibles, factibles, simplemente se trata de una noche muy loca, en la que sórdidas situaciones no dejarán de sucederse. Scorsese desliza su más negro humor, jugando con mórbidas imágenes todo el tiempo, incluso tétricas figuras, empezando con la habitación de Marcy y Kiki, bizarra locación, plagada de las estatuas de la escultora, estatuas extrañas, de locura y sufrimiento, aunque atractivas; pero si de bizarría se habla, eso es solo el comienzo, pues hay yonquis, sadomasoquistas, bodrios, y una discoteca que parece reunir a los más extravagantes y sórdidos personajes yanquis, y ojo que en esa locación, la más bizarra de todas, se anima Scorsese a aparecer, aunque sea brevísimamente, como un operador de luces en medio del marginal y efervescente mar de locura y pervertida oscuridad. Es una exacta plasmación del frívolo mundo yanqui, un mundo donde conoces a un perfecto desconocido, y cinco minutos después lo metes a tu casa, esa liviandad se repite no pocas veces en el filme, y en buena parte, la pesadilla en la que se sumerge el protagonista es por él mismo causada, por su dejadez y estúpidos olvidos. Se configura así una de las cintas más peculiares de Scorsese, es un desfile de freaks y seres estrambóticos, es la zona más mórbida de Manhattan, donde innumerables peripecias deberá superar Paul antes de volver a casa. Cierra Scorsese casi una etapa, pues posteriormente, los filmes más bizarros quedarían atrás, seguiría tocando temas como el hampa, criminales, gángsters, pero con un amaneramiento bastante mayor. Finaliza su primer periodo, el más atractivo, y esta cinta podría considerarse el punto de inflexión, la que pareciera haber realizado más por una naturaleza de locura, como el filme mismo, como un experimento divertido, la diversión de Marty.





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