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lunes, 30 de julio de 2012

La horda maldita (1933) - Henry Hathaway

Otros de los iniciales ejercicios del buen realizador yanqui Henry Hathaway, serían ocho en total esta serie de filmes de muy breve duración, siempre bajo la producción de la Paramount, y siempre materializando adaptaciones de novelas de Zane Grey. En esta oportunidad, Hathaway realiza una segunda versión de la obra, también conocida como Estampida de Búfalos, la primera sería dirigida por William K. Howard en 1925. Es la historia de unos cazadores yanquis de búfalos, en territorio del inacabable desierto norteamericano, que cazan a los bravos mamíferos, pero que verán entorpecida su labor por un lugareño que roba los cargamentos del animal, haciendo aparecer culpables a los indios comanches. El villano incluso raptará a una bella jovencita, y esto le enemistará con uno de los cazadores perjudicados, desatándose persecución por la fémina, y un eventual enfrentamiento contra loa salvajes indios. Sin volver a repetir la relativa brillantez de otros ejercicios dentro de la línea descrita -esto es, sus primeros filmes-, la cinta se siente que se ahoga en excesivos facilismos, y su excesivamente reducida duración atenta por momentos contra su concisión, aunque sean estos ciertamente defectos que no se le puedan atizar en demasía a una cinta de bajo presupuesto. Vuelve a reclutar Hathaway al tándem de actores que por entonces le eran frecuentes, el recordado Randolph Scott, Noah Beery siempre como el villano, y Harry Carey como camarada del héroe, símiles funciones a las vistas en El hombre del bosque (1933).

        



En el otoño de 1874, en el desierto yanqui, la escasez de dinero hace que los lugareños se vuelquen en la cacería de búfalos, su piel es buscada, lo que los lleva también a invadir territorio de indios. Clark Sprague (Carey) es uno de los comerciantes de pieles, con su socio Jud Pilchuk (Raymond Hatton), ambos hablan de la intervención de quien se cree es un ladrón de pieles. Aparece el ladrón, que sí es tal, se trata de Randall Jett (Beery), que con sus colaboradores, se visten de indios, y agravian una delegación de Sprague. De esto se enteran los socios, y Tom Doan (Scott), colaborador suyo que está enamorado de Milly Fayre (Judith Allen). En su campamento, Jett reparte botín, está también su vieja mujer, Jane (Blanche Friderici), que mangonea, pero es Randall quien lleva la batuta. Milly es su hijastra, el villano Jett se siente atraído por ella, despertando celos en Jane, mientras celebra lo bien que ha ido su última incursión de robo de pieles, pero después, en otro eventual robo a Sprague, Doan estorba su actividad.



Tom, enamorado de Milly, pretende casarse con ella, para disgusto de Sprague y Jud, que de hacerlo, lo sacarían de la sociedad. Pero la noche de la boda, Jett y los suyos raptan a Milly, y cuando Doan intenta rescatarlo, es herido por Randall. Los ladrones se dirigen al Rio Rojo, a donde los siguen los tres todavía camaradas. Mientras Tom se va recuperando, en el camino cazan también búfalos, a la vez que avistan grupos de comanches. Durante su cacería, desvían el rumbo de una manada de los animales, que se desvían hacia el campamento de Sprague, resultando agraviado su grupo de carromatos. Tras esto, los perjudicados indios declaran la guerra a los blancos, suenan tambores de guerra, mientras Sprague no duda ya que Jett es quien robaba las pieles, se avecina el enfrentamiento. En el clan Jett, la desquiciada Jane elimina a unos insurrectos, que pretendían robar el botín, y luego, celosa, elimina al propio Jett, escapando Milly. Tras severo enfrenamiento con los indios, los derrotan los blancos, vuelven victoriosos a sus carromatos, con la rescatada Milly.






Se materializa de esta forma un filme que se siente innegablemente emparentado con otro ejercicio de esta etapa del realizador, la citada El hombre del bosque (1933), que es, admito, la única película que he visionado de las ocho que conforman ese mini ciclo, aparte de la comentada en este artículo. Ese emparentamiento se siente desde el tratamiento, el producto audiovisual final, los paisajes, y el aspecto sonoro, el canto de las aves, ambos recursos esgrimidos también en la cinta citada, pero que en esta oportunidad, más endeblemente ejercidos, no tienen el mismo efecto. Adviértense, asimismo, repitentes figuras, que, muy probablemente obedecen al texto primigenio, como el personaje de la vieja celosa y posesiva, además de la naturaleza, en esta ocasión un búfalo, en el otro filme, un puma; pareciera, especialmente por el primer caracter descrito, que fuesen personajes fetiche para el autor, Zane Grey. Ahondando en el aspecto de la naturaleza, aparte del trabajo paisajístico, algunas escenas destacan de los salvajes búfalos corriendo poderosamente en manada, arriesgadas y notables tomas especialmente dignas de alabanza por la dificultad de trabajar con semejantes animales, y hacer una secuencia con el filme coherente, similar al puma en el otro trabajo. Se refuerza así esa arista inicial del realizador, trabajo con fieras, son correctas y apreciables secuencias, aunque ciertamente, como el filme mismo, se siente una verdadera pena que sean tan sucintas, es como si no se hubiera sacado todo el rédito de otras ocasiones, quizás menos complicadas y temerarias. Agrega el cineasta en esta oportunidad otro elemento indispensable de todo buen western, los indios que se enfrentan contra blancos, cobran mayor injerencia, aunque se ahogan en lo efímero del filme todo. Discreto ejercicio, bastante inferior a otros trabajos del mismo director y de su misma etapa, filme lastrado por su excesivamente corto metraje, que quita solidez narrativa e interés, sus simplismos le acaban condenando.

          

El hombre del bosque (1933) - Henry Hathaway


El reconocido y prestigioso realizador norteamericano Henry Hathaway comenzaba a cimentar su filmografía con la presente cinta, la quinta de su producción, basada, como sus iniciales y anteriores ejercicios, en novelas de Zane Grey, y producidas por la Paramount. Durante su variada y nutrida producción como director, dirigió a notables actores como John Wayne, y para sus iniciales labores, se involucra en el género por antonomasia yanqui, el western. Nos introduce Hathaway en el universo de un individuo en el Oeste norteamericano, que tiene por camarada a un anciano personaje cuyas tierras, que ha trabajado toda su vida, están por serle arrebatadas debido a una treta legal que un despreciable villano local ejercerá. Para evitarlo, el anciano querrá traspasar sus tierras a su sobrina, pero el villano querrá secuestrarla para evitar que se salven las tierras, debiendo el protagonista luchar por que se haga justicia, y detener al infame. Bastante breve filme, que apenas rebasa la hora de duración, en el que ya se van vislumbrando algunas de las aptitudes del cineasta, es notable básicamente que en su breve metraje la narración sea sólida y no se pierda el interés ni se caiga en el letargo, además de un agradable tratamiento paisajístico. Los protagonistas de este añejo filme de 1933 son un por entonces jovencísimo Randolph Scott, el héroe, Verna Hillie como la sobrina secuestrada, y Noah Beery como el abyecto villano.

          



Comienza la acción con un individuo, un personaje en medio del bosque, con su equino, que de pronto al parecer es atacado por severo felino, pero el animal en cuestión resulta ser su puma mascota. Se trata de Brett Dale (Scott), quien poco después se encuentra con su viejo vecino y amigo Jim Gayner (Harry Carey), con quien conversan de la situación del pueblo, del clima, y de un indeseable vecino lugareño, mientras unos jóvenes juguetean con un jumento. Aparece el indeseable vecino, es Clint Beasley (Beery), que hace una oferta a Gayner por sus tierras, la cual éste rechaza, pero, a punto de poder aplicarse unas leyes sobre tenencia de tierras, el anciano las perdería. Para evitar esto, Jim piensa en traspasar sus tierras a un familiar, sería su sobrina. Beasley, sabedor de lo que quiere Gayner hacer, pretende secuestrar a la joven mujer, pero Brett lo escucha todo, escondido en un granero, con su puma Mike, y desde ya piensa en evitar sus malas intenciones. Arriba entonces la sobrina, Alice (Hillie), el astuto Beasley se hace pasar por enviado de su tío, y la escolta, aunque en realidad la está secuestrando, pero Brett, que se apersona, consigue arrebatar a Alice de las manos de Beasley y los suyos.

 



Cuando Jim se entera que es Brett quien tiene a su sobrina, se tranquiliza, y Dale por su parte, sosiega y atiende a la díscola Alice, va menguando su brío y desobediencia, jugando ambos con los cachorros de Mike. Luego, Jim llega hasta la casa de Dale, con la mala suerte de que en las afueras se encuentra Beasley, que había anticipado sus acciones, y elimina al viejo Gayner. Acto seguido, llama, con su gente, al sheriff, a quien le indica que quien eliminó al viejo fue Brett, y teniendo éste secuestrada a su sobrina, parece ser todo cierto. Es Dale encontrado culpable y condenado a muerte por la horca, mientras Alice es llevada por Beasley a su residencia, donde vive con la señora Peg Forney (Blanche Friderici). Clint, haciéndose con la autoridad de la heredera Alice, despide a muchos empleados de la finca Gayner, quienes, sabedores que es una treta suya, se determinan a liberar a Brett, y por su parte, el puma Mike, aprisionado, se libera. El ruin Beasley, a solas con Alice, intenta propasarse con ella, solo la presencia de Forney lo evita, y poco después, la joven escapa de su claustro, mientras Dale a su vez, huye de prisión. Tras un severo tiroteo, que genera un incendio, y tras eliminarse a la puma, compañera de Mike, es Forney quien liquida a Beasley, finalmente los lugareños quedan en paz y felices.




Se plasma así una de las iniciales obras del yanqui Hathaway, y uno de los aspectos que prontamente se materializa, y que imperecederamente decora la cinta, es el tratamiento, el ambiente que genera el realizador, incluyendo tanto las tomas de los fondos indómitos y vastos, como el tratamiento sonoro. Así, el tono natural del filme se manifiesta en el cantar de aves, que nunca se detiene en exteriores, fusionado, en esas secuencias, con perennes y dominadores paisajes de fondo, ese tratamiento paisajístico, con grandes encuadres y notable composición de ese indómito medio, montañas y bosques, sumado al aspecto sonoro antes mencionado, materializa un trabajo audiovisual agradable, que pareciera vaticinar futuros trabajos de westerns, y con los que el cineasta ya va apuntando buenas maneras, una buena ambientación. En ese natural escenario, aparece nuestro protagonista, el héroe, en íntima conexión con esa naturaleza, como evidencia su tierna y entrañable relación con su felino mascota, el severo puma que parece un tierno gatito con su amo, incrementa ese tono de naturalidad, una sencillez que impregna la totalidad del filme, además de una cercanía con su equino, es una suerte de cowboy bonachón conectado con la naturaleza pero distanciado de las mujeres, que siempre le han caído mal, sin que esto deba caer en malas interpretaciones, es una muestra de su carácter y su persona, un noble héroe que no duda en dar nalgadas a la díscola muchacha para aleccionarla. Y en el otro lado, el abyecto villano, indeseable infeliz, ruin personaje que no duda en eliminar a la puma hembra, ni al anciano, ni en querer ultrajar a la sobrina, llevarse a los pumas cachorros, es un compendio de lo indeseable. En su brevedad y sencillez, el filme consigue delinear a sus personajes, es una sólida adaptación, Hathaway va definiendo y encontrando su estilo, su norte, dota al filme de una buena estructuración narrativa, dinámica y consistente, el interés jamás decae, y tiene un final consecuente, la propia mujer con quien convive Beasley lo liquida, poético final para un bastardo. Con decentes actuaciones de su reparto, especialmente de Scott y Beery, al igual que Carey -los tres asiduos por aquella época del cineasta-, además de una decente puesta en escena y dirección, se configura una correcta variación de western, casi un preludio a ello, es un buen ejercicio en el que un buen director va encontrando ya sus aristas.


martes, 12 de junio de 2012

Temple de acero (1969) - Henry Hathaway


Recordado trabajo del realizador yanqui Henry Hathaway, un western que cuenta con la presencia del actor más representativo del género, el inmortal John Wayne, que además ganaría la codiciada y aún por entonces significativa estatuilla, el Oscar a Mejor Actor. Como no podía ser de otra forma, encarna Wayne al héroe del filme, en esta oportunidad un viejo pistolero, recio y añoso individuo, al que solicita ayuda una tozuda y recia jovencita, que busca venganza por el asesinato de su padre. El pistolero recibirá la misión de encontrarlo y ajusticiarlo, se aliará con otro personaje, también buscando venganza hacia el mismo sujeto, una búsqueda temeraria que los llevará a internarse en el peligroso territorio de los indios. Uno de los filmes más recordados del mítico cowboy John Wayne, ciertamente no sería la mejor actuación que se ha visto del inmortal actor yanqui, sin embargo le bastó para alzarse con el tan anhelado reconocimiento del Premio de la Academia, por su interpretación del duro Rooster Cogburn. Es un personaje que volvería Wayne a interpretar en El rifle y la biblia (1975), con la inolvidable apariencia del tuerto, el parche en el ojo, para un individuo que no duda en alcanzar su objetivo, aunque tenga que enfrentarse, cómo no, a numerosos enemigos que no se lo pondrán fácil, en este filme, adaptación de la novela homónima de Charles Portis, memorable y bien realizado western.


    


Comienza la acción con un individuo, parte de casa, saca su dinero y deja a su hija Mattie Ross (Kim Darby). Después, en su pueblo, ella presencia una ejecución múltiple, un triple ahorcamiento se lleva a cabo, entre ellos, estuvo su padre. Indignada, acude a la comisaría del lugar, pero no hay mucho que se pueda hacer al respecto, más, se le recomienda que recurra al recio Rooster Cogburn. Luego, comiendo, conoce ella a La Boeuf (Glen Campbell), y obtiene los efectos personales de su fenecido padre. El mencionado Cogburn (Wayne), por su parte, está siendo enjuiciado, se le acusa de veintitrés muertes, es un individuo violento. La obstinada Mattie le propone que busque a Tom Chaney, asesino de su padre, y a su secuaz, Ned Pepper (Robert Duvall), pero Cogburn cobra demasiado caro. Finalmente llega ella a un acuerdo con Rooster y La Boeuf, que también busca a Chaney, ella paralelamente se encarga de arreglos de la herencia de su padre. Inician la búsqueda los pistoleros, que inicialmente quieren dejar atrás a Mattie, ir ellos solos, pero la chica los sigue, inclusive cruza un río, y los tres juntos ya, comienzan a buscar rastros. Avanzan, capturan algunos secuaces del buscado, entre ellos, Pepper, a quien interrogan.




Avistan al buscado, se produce un enfrentamiento a tiros en el que matan a otros compinches, Pepper escapa. Cogburn y La Boeuf siempre tratan de deshacerse de Mattie, de seguir solos, pero la jovencita siempre persiste y los sigue. De pronto, es casualmente ella quien avista a Chaney (Jeff Corey), lo ataca y hiere, pero éste es auxiliado prontamente por Pepper y otros, hacen retroceder a Mattie y los suyos. La chica resulta raptada en uno de los enfrentamientos, y aunque Rooster parece tener intención de abandonarla, aparece La Boeuf, ataca a los bandidos, libera a la muchacha. Muchos de los esbirros de Chaney van siendo eliminados, y el propio Pepper es también herido. Se llega al enfrentamiento cumbre, y entre Rooster y la tozuda Mattie, finalmente liquidan a Chaney, pero ella cae en un peligroso pozo, donde hay venenosas serpientes de cascabel, es mordida, luego rescatada por Cogburn. La Boeuf, abatido durante el ataque, fenece. Rooster lleva de regreso a la chica al pueblo, donde es atendida de su herida, sobrevive, tuvo su venganza, se despiden, y Cogburn se va cabalgando.




Termina de esta forma un decente ejercicio de western en el que el director yanqui Hathaway realiza algo que ya de por sí aprueba la cinta, retratando correctamente el vasto territorio del árido Oeste norteamericano, los desolados parajes, las imponentes y majestuosas montañas y mesetas. Aprovecha el realizador las múltiples oportunidades y posibilidades que ese vasto espacio le brinda. Consigue de esta forma materializar notables y grandes panorámicas, suertes de estupendas postales del inacabable territorio de los cowboys. En ese marco, nos presenta el director su filme, de trama más bien sencilla, no demasiado elaborada, así como lo es su desarrollo, de buen ritmo, aunque sin giros inesperados o que doten de mayor emoción a la misma, empero, consigue que no se difumine en demasía el interés en la historia, siempre con la implacable búsqueda del asesino, y tiene naturalmente la cinta su clímax en el desenlace, cuando se de alcance y cacería al buscado asesino. Está la cinta enaltecida vigorosamente por las actuaciones, empezando primero por Kim Darby -un papel que se dice fue rechazado por Mia Farrow, por consejo explicito del mítico Robert Mitchum, una decisión que la Farrow posteriormente lamentaría-, excelente en el papel de la pertinaz jovencita, recia, singularmente tenaz, sorprende a recios adultos ya curtidos con su inquebrantable determinación de venganza, su ímpetu será uno de los pilares para que la misión sea finalmente cumplida. Y claro, el correctamente oscarizado Wayne, que nos obsequia una de sus más memorables y mejor logradas actuaciones, en el papel que encaja con su perfil de toda la vida, severo pistolero, rudo, recio, un perfil en el que se desenvuelve como pez en el agua, dominador de todo, es uno de sus personajes más recordados, con el inolvidable look del parche en el ojo, y claro, repetiría plato con el mismo personaje seis años después, evidenciándose que es uno de sus papeles más queridos. El filme es un buen ejercicio de western, no descolla a la altura de obras maestras del género, pero se realza por las correctas interpretaciones, las mencionadas, a las que se suma un siempre eficiente Robert Duvall, cumplidor ya desde entonces, y una eventual participación de Dennis Hopper. Memorable filme, enaltecido por un reparto de primer nivel, encabezado por el mítico Wayne, ganador del Oscar.











miércoles, 16 de mayo de 2012

Rommel, el Zorro del Desierto (1951) - Henry Hathaway


Breve e interesante filme que nos acerca a la historia de uno de los militares más conocidos de la edad contemporánea, participante de los principales conflictos bélicos de la humanidad, activo partícipe de las dos guerras mundiales, el mariscal Erwin Johannes Rommel, simplemente el mariscal Rommel, el conocido Zorro del desierto. Se nos presenta la historia pues del brillante y respetado militar alemán, el nazi que supo maravillar al mundo con su genio para el combate, desde la singular perspectiva de uno de sus acérrimos rivales, desde la lupa de uno de los miembros del ejército británico, que con respeto realizó una sesuda investigación de la vida del zorro nazi, para narrarnos una al parecer verídica versión de sus últimos años. Es así que apreciaremos su historia, después de su operación en tierras africanas, sus incursiones en los posteriores operativos, y claro, el célebre e inmortal Día D, el desembarco en Normandía. Apreciaremos, paralelamente, la forma en que su relación con Hitler se va erosionando, se va desgastando, cuando envíe a sus tropas a misiones suicidas, con la máxima de la victoria o la muerte, hasta perder el Zorro completamente toda fe en su fuhrer, y deteriorada su relación veremos incluso el intento de asesinato al líder nazi, la traición de Rommel. El elegido para representar al conocido alemán será el buen James Mason, en una cinta tan breve como decente.

      


En las vísperas de Pearl Harbor, un submarino británico surca aguas alemanas, hace una incursión a un cuartel, su objetivo es matar a un hombre. Una voz en off nos informa que esto es una recopilación de las vivencias de Rommel, hechas por el que habla, un soldado británico del ejército de la India, que realizó sesuda investigación, entrevistando a personajes autorizados en la historia, y que nos narra las cosas a partir de la incursión en África, Rommel mandando sobre los prisioneros de guerra. Posteriormente, se anuncia la muerte Rommel, una muerte que evidentemente no es tal, es un truco de distracción. Es octubre de 1942, la guerra con los británicos ha estallado, el bombardeo se inició. Rommel entonces es infectado con rinitis, enfermedad que lo aparta efímeramente del combate. Vuelve al frente, enfrentando al gran Montgomery, desatando los recios enfrentamientos de sus tanques y cañones de artillería. Es el combate de el Alamein, las fuerzas alemanas comienzan a sentir indecisión, Montgomery está planteando un impecable combate, los nazis están siendo derrotados. Sus principales generales van cayendo, la idea de un repliegue cobra fuerza, pero el fuhrer directamente ordena que el desenlace sea la victoria, o la muerte, que no retrocedan un milímetro.




Los aliados avanzan y dominan, la salud de Rommel se deteriora, la indecisión crece, y Hitler sigue mandándolos a combatir en batallas imposibles. Es Noviembre de 1943, Rommel va a inspeccionar fuerzas al Atlántico, donde se cerciora del pésimo estado de las defensas. Recibe más de una visita de su amigo y colega el Dr. Karl Strolin (Cedric Hardwicke), que le cuestiona su ciego seguimiento a Hitler, y es que Rommel ante todo, afirma es un soldado, y su misión es ejecutar órdenes. Su mujer, empero, Lucie Marie Rommel (Jessica Tandy), es sabedora de la inseguridad de su marido, que debe partir al severo Día D. Los aliados desembarcan y avanzan, hay inseguridad entre los mandos nazis, abdican unos, se inicia la marcha hacia el Rin. Reúnese Rommel con Hitler, que le atiza ser derrotista, a la vez que afirma estar haciendo bien bombardeando Londres. Rommel ya se involucra en el complot contra el fuhrer, a quien, en una reunión con sus mandos, se intenta asesinar con una bomba, pero sobrevive al intento. Es ya 1944, Rommel pasa meses recuperándose de un ataque en combate, se requiere su presencia, pero él evita presentarse. Indefectiblemente, recibe emisarios, es acusado de traición, y la única salida que se le ofrece es que voluntariamente acepte ser ejecutado, y así se cuidará de su familia. Eso finalmente hace.




Interesante filme en el que rápidamente la voz en off nos informa que lo que presenciaremos es la recopilación sobre la vida de Rommel que él, soldado británico en la India, ha hecho del memorable militar nazi. Con breves imágenes se representa su trabajo de investigación, entrevistándose y conociendo de primera mano las fuentes que dan forma a la verídica historia que afirma se nos mostrará del Zorro del desierto. Evidentemente la historia se centra en sus vivencias finales en la segunda guerra mundial, y en ese sentido, se siente  que resaltan nítidamente del resto de imágenes las secuencias de combate, los intensos bombardeos, las imágenes tanto de los bombarderos realizando sus ataques, como de los tanques, los cañones, la artillería, el fuego. Son crudas y realistas imágenes del recio combate, frenético enfrentamiento, frenético desfile de imágenes de guerra, que nos introducen rápido y al grano, a la batalla, el mundo de Rommel, en sus finales días. Estas imágenes tan realistas son las que dotan al filme de mayor impacto, siendo particularmente notables las de la secuencia del Día D, prolongada incursión que es retratada extensa y verídicamente. Y claro, la documentación de esos días de Rommel es todo, todo nos es narrado con cercanía, una suerte de bitácora de sus últimas acciones, ahí radica el atractivo, en conocer la historia de un brillante estratega militar nazi, que, dejando de lado su filiación y el movimiento que una vez defendió, maravilló al mundo entero con su pericia para la guerra. Naturalmente, se tenía que abordar el tema de su distanciamiento con el fuhrer, y en esta versión yanqui de los hechos apreciaremos lo que se puede considerar la versión oficial, la forma en que se desgastó la relación con Hitler, hasta llegar a formar parte del complot por eliminarlo. La representación del líder nazi es uno de los atractivos, se construye una humanizada imagen del zorro del desierto, su entorno familiar, se documenta su gradual desencanto con Hitler, su indecisión y final traición; ese proceso y transformación, enfocado desde íntimo entorno, es el corazón del filme.Y el correcto corolario al filme viene a ser el discurso del mismo Winston Churchill para reconocer la valía del estratega nazi, como persona y como rival bélico, es el momento de su caída final. Dejando un poco de lado las exactitudes (o inexactitudes) históricas -que dejo más para los historiadores-, el valor del filme como tal es apreciable, y el aporte de James Mason es, como siempre, un serio elemento. Digerible y decente filme, digno de prestar cierta atención.



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