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viernes, 13 de julio de 2012

El padre es abuelo (1951) - Vincente Minnelli


Durante la década de los 50s Hollywood todavía contaba con algunas de sus más fulgurantes estrellas vigentes en el firmamento, algunas ya en momento de finiquitar brillantes andaduras cinematográficas, otras apenas tomando las riendas de glorioso camino por formar. Entonces aparece Vincente Minnelli, dando con la tecla indicada para configurar una exitosa comedia, empleando los dos elementos antes mencionados, y alcanzado fama, consolidando una imagen ya antes cimentada. Un año después de El padre de la novia (1950), Minnelli tiene el acierto y olfato necesarios para reclutar exactamente la misma terna que exitoso resultado le diese en la mencionada obra inicial, para materializar la secuela, exactamente con los mismos personajes, exactamente con los mismos intérpretes, y la fórmula viene a dar resultado por segunda vez. Encontramos nuevamente a los Banks, con el inicial matrimonio de su hija Liz Taylor ya asimilado por el padre Spencer Tracy, apoyado por la bella esposa, Joan Bennett, pero ahora enfrentando el suegro una nueva prueba, tan o más dura que la anterior: ahora su hija está embarazada, la prole ha sido engendrada, y el reto de ser suegro, ahora se convierte en reto de ser abuelo, toda una nueva experiencia que generará nuevas situaciones disparatadas, enajenaciones, pero finalmente adaptaciones y nuevos horizontes que se aperturan, en un filme interesante y digno de ser visto con atención, por sus intérpretes y por lo que representa.

      



Vemos inicialmente a Stanley Banks (Tracy), que nos habla directamente, habla a la cámara diciendo que la vida se pasa tan rápidamente que de pronto ya no puedes hacer las coas que hubieras querido hacer. Rememora un pasaje particular de sus vivencias, cuando, con su esposa, Ellie (Bennett), se van a ver a su ya casada hija Kay (Taylor), supuestamente les tiene una gran noticia, y vaya que así es, pues ella a y su esposo, Buckley (Don Taylor), anuncian que la fémina está encinta, dejando anonadado a su padre. Ya a solas, Stanley le dice a Ellie, sus no pocos desacuerdos, el dinero, la prontitud, la juventud de Kay, entre otros. Tanto le molesta pensar que ya es un abuelo, que va al gimnasio queriendo recuperar tiempo perdido, pero lo único que obtiene son dolores musculares. Mientras Kay es agasajada con obsequios, Stanley alterado y aún sin entender lo que se viene, Ellie entristecida, se discute el cuarto de la residencia Banks que el primogénito tendrá; los abuelos paternos, Doris (Billie Burke) y Herbert (Moroni Olsen) también comunican sus particulares intenciones, pero Kay tiene otros planes. Con un dinero obtenido de hipotecas, Kay pretende quedarse en su casa, con sus padres, para beneplácito de Ellie, que solícita ayuda a los futuros padres con las diligencias.




Se va dsiscutiendo también el tema del nombre del niño, pero todo esto altera a Kay, que reclama mayor injerencia en las decisiones. El doctor asignado les da indicaciones a los familiares, y un buen día, Kay desaparece del lado de Buckley, escapa a casa de sus padres, Stanley habla con ella, está furiosa pues piensa que su marido le es infiel. Los meses han pasado ya, la ansiedad se incrementa entre los futuros abuelos, Stanley y Ellie están a la expectativa, una llamada por teléfono parece indicarles que la hora llegó. Pero resulta ser una falsa alarma, solo fue un susto, y días después, sin mayor aviso, el niño ya ha nacido, para extrema emoción y entusiasmo de todos, de todos excepto de Stan, que se mantiene serio y hosco ante su nieto, quien por su parte, también se muestra reacio y reacciona con llanto al acercarse su abuelo materno. Un día, luego de seis meses, el nieto se quedará en casa de los abuelos, Stan saca a la calle al infante, que con sus necesidades lo saca de quicio, e incluso, llega a extraviar a su descendiente en un parque. Tras muchos avatares y ajetreos, finalmente lo encuentra, y luego de gesta experiencia, nieto y abuelo se llevan muy bien. Inclusive, llegado el día de bautizar al niño, se le pone el nombre de su abuelo, Stanley, que ahora se regocija con su primer nieto.




Minnelli tiene el gran olfato de volver a reclutar al mismo equipo de un año atrás, la fórmula ganadora sigue ahí, y apreciamos otra vez al gran Spencer Tracy haciendo comedia. Resulta memorable ver su rostro cuando se le dice que será abuelo por vez primera, elocuente y proverbial es su expresión, se queda ido, pasmado, es divertidísimo ver a todos brincando, en algazara y celebraciones por la noticia, pero él permanece sentado, asimilando lo que considera es un problema. El perfecto retrato del individuo que recién asimila su futura condición de abuelo es Tracy, con su voz en off introduciéndonos en su drama, enriqueciéndolo, plasmando su horror a ser abuelo, recapitulando las personas abuelas que conoce y su deprimente imagen, y empeñado en demostrar que la vida apenas comienza para él. Se encarga el inmortal Spencer de protagonizar todas las secuencias humorísticas, cargadas de hilarantes situaciones, y de su refunfuñón toque, un deleite ver al maduro y legendario amigo íntimo de Humphrey Bogart haciendo las delicias del abuelo traumado de convertirse en tal. A su vez, acompañaban al gran Tracy dos féminas mayores en el cine, Joan Bennett primero, la hermosa e inolvidable diosa, etérea musa del periodo del film noir del titánico germano Fritz Lang, ciertamente un símbolo sería la actriz, dejando extrañar en esta oportunidad toda la fuerza y oscuro dominio de femme fatale, para dejar lado a la faceta de abuela que chochea ante la nueva vida que se le apertura. Por su lado, una Liz Taylor por aquellos años novata, se muestra tan bisoña como hermosa, una diosa en nacimiento, sus primeros pininos eran y ya se codeaba con la realeza del cine, una auténtica leyenda germinaba. Se trata de una divertida y entrañable comedia, disparatada, gran secuela de su exitosa predecesora, retratando toda la enajenación y expectativa que genera el primer integrante de una nueva generación, que trastornará la vida de su abuelo, individuo que terminará por asimilar su nuevo status, y disfrutar finalmente su novedosa condición, su pequeño dividendo, como cómicamente reza el título yanqui original, resultando divertido que ante su inicial rechazo al infante, éste también genera repulsión. Repítese con éxito la reunión de grandes estrellas de distintas generaciones hollywoodenses, en un trabajo ligero y divertido, digno de apreciarse.











viernes, 24 de febrero de 2012

Perversidad (1945) - Fritz Lang

Un año después de haber dirigido Fritz Lang La Mujer del Cuadro (1944), vuelve a convocar al mismo reparto actoral para protagonizar una segunda película, y ciertamente el alemán de origen austriaco acierta en su repetida selección, pues los papeles principales, muy similares en estructuras y funcionalidad a los de la cinta un año anterior, vuelven a quedar a la perfección a un siempre excelente Edward G, Robinson primero, a la bella y fatal Joan Bennett segundo, y finalmente a un Dan Duryea, todos casi extendiendo la cinta de 1944. Continuaría Lang haciendo maravillas en otro género, ya realizadas sus estupendas peripecias en el expresionismo, en áreas yanquis el director realizaría notables ejercicios de film noir, como el de esta ocasión, memorable película en la que un conservador sujeto, trabajador de banco durante años, está recibiendo homenajes por su loable trayectoria, empleado, artista frustrado, conocerá a la mujer menos indicada para un sujeto como él, que, junto a su violento y vividor amante, tratarán de estafar a la pobre víctima, humillándolo hasta niveles intolerables, haciendo que la psiquis del sujeto se vea transformada, llegando a alcanzar niveles mortales e insospechados. Como se dijo, los actores respectivamente encargados de los papeles, están brillantes nuevamente, el realizador tuvo una soberbia decisión al reclutarlos nuevamente, en papeles ciertamente similares, pero ahora con la Bennett en un papel más manipulador que nunca, Robinson más victimado que nunca, y un Duryea más vividor y granuja que nunca. Es un cine negro particular y definitivamente de necesario visionado.

         


En tierras norteamericanas, hay un edificio en el que se está realizando un homenaje de gente bancaria para un empleado que ha laborado muchos años allí, se trata de Christopher Cross (Robinson). Acabado el reconocimiento, Cross se retira, y al salir encuentra una dama que está siendo violentada por un sujeto en plena calle. Ayuda a la mujer (Bennett), y van por unos tragos cerca a la casa de ella, el señor Cross está impresionado por su belleza. Ella, Katharine 'Kitty' March, es una actriz, y el banquero le miente afirmando ser un artista, se queda embelesado con ella. Ya en su casa, Cross vive esclavizado por una tiránica esposa, casado cinco años, su rutina ha cambiado, se siente revivido por haber conocido a Kitty. Pero la bella Kitty vive en realidad con el personaje que la agravió inicialmente, éste es Johnny Prince (Duryea), su novio, vividor que vive con Kitty en la casa de la hermana de ella, y al ver el afán de Cross en su chica, la exhorta a quitarle dinero, pues él lo necesita para sus apuestas y gastos, la pareja es, pues, una estafa, son unos perdedores. Pero Kitty hace caso a Johnny, se sigue citando con Cross, él le habla de su mundo y la sensibilidad del artista, ella consigue pedirle disimuladamente dinero, con el pretexto de que él pinte su retrato. 





El enceguecido Cross alquila un departamento para pintar tranquilo, donde Kitty vivirá, y a donde naturalmente llega Johnny, que conoce al señor Cross. El pintor enamorado le pide incluso a Kitty matrimonio, y en respuesta, ella le pide dinero, que él consigue robando de su propio centro laboral, el banco. Pero los cuadros que dejó en el apartamento, interesaron a Johnny, y un famosísimo crítico de arte los compra, llegando incluso a buscar al autor de las obras. Llega al departamento, y Johnny hace quedar a Kitty como la artista, ella sigue el juego. Johnny exhorta a Kitty y firma sus cuadros. Hasta que entonces, la esposa de Cross ve sus cuadros en un escaparate, pero firmados por Kitty, y el embobado Cross decide darle todo el crédito de sus obras, y comienza a pintar el retrato de ella. De pronto, inesperadamente, aparece el supuestamente finado ex esposo de la mujer de Cross, que está clandestinamente vivo, pero Cross se las ingenia para propiciar un encuentro entre ambos, liberándose de su insoportable mujer, y cuando está yendo a contárselo a Kitty, la encuentra con Johnny. El la confronta después, y vuelve a pedirle matrimonio, pero solo halla la humillación por parte de Kitty, que le dice toda la verdad, y Cross, demente, la mata a cuchillazos. El tiempo pasa y Johnny es sindicado como el asesino, siendo condenado y ejecutado por ello. Tiempo después, un atormentado Cross se ha vuelto loco, es un vagabundo, harapiento delirante que camina por las calles, mientras el retrato que pintó de Kitty se vende a altísimo precio.




Termina así su cine negro Lang, un cine negro en toda la extensión de la palabra, una de las más logradas películas del género realizadas por el titánico alemán. Se apoya en el éxito y la química que tuvo la terna actoral de su cinta inmediatamente anterior, y no se equivoca, nuevamente Robinson cumple en el papel del conservador, atormentado y minimizado trabajador de banco, empleado modelo, durante años en la misma empresa, es querido y homenajeado, pero su vida y su rutina se ven modificadas sustancialmente cuando entre a la acción Kitty, la bella Joan Bennet, que pierde toda la candidez y la inocencia de La mujer del Cuadro, para ser la más manipuladora de las mujeres, ayudada por un Duryea en idéntico papel al de la cinta de 1944, malandrín comedido, estafador y vividor. El titulo de la cinta en aéreas latinas, Perversidad, encaja perfectamente con la perversidad de la cinta, en un doble camino, en ella, Kitty, que va creciendo gradualmente hasta ridiculizar y matar sicológicamente a Cross, y en él, naciendo y surgiendo impensadamente, el ser más inofensivo, al ver su dignidad y hombría por los suelos, ante la risa y burla de la mujer, es poseído por el lado más perverso, y la elimina, sin duda su transformación es la más drástica, la que culmina su decadencia. Memorables secuencias de su degradación son las de Cross pintándole las uñas a una dominadora y manipuladora Kitty, sumisión absoluta, control total de ella, un simbolismo poderoso en el que Cross queda completamente supeditado a los designios de la fémina. La segunda, naturalmente la revelación final de ella, que rompe en risas, se burla de él, lo humilla al máximo, la burbuja se ha roto, ha sido minimizado y humillado, la cruda realidad le es escupida en la cara por su propia amada, brotando la perversidad de sus poros, y transformándose el inofensivo banquero en asesino, pierde el control, cruza la línea, la elimina.





Es notable la forma cómo Lang delinea precisa y rápidamente a sus protagonistas, y es así que tenemos prontamente bien definidos a los personajes, el supersticioso Cross, pintor frustrado, rutinario trabajador de banco, casado con una gritona e insufrible mujer, siempre a la sombra del gigante retrato del ex esposo de ella. Frágil y crédulo individuo, es el blanco ideal para engañar y manipular, encarnado por un siempre destacable Edward G. Robinson, que nos obsequia una de sus mejores interpretaciones, como el patético pelele que es dominado, hasta tiranizado por toda mujer que se le ponga al frente, quedando imágenes como el “amo de casa”, poniéndose el delantal y cocinando mientras su mujer juega a las cartas u oye la radio. Es el blanco ideal detectado por la mujer fatal, una correcta Joan Bennett, la clásica mujer embobada por un gandul, un bueno para nada, vividor, apostador, abusivo, pero que, naturalmente, mientras peor la trate, ella más se enamorará y consentirá sus excesos, y Duryea cumple también como una suerte de chulo abusivo, papel mucho más profundizado que el un año antes caracterizado. La cinta es un recorrido por la decadencia y perdición de uno de los personajes, por supuesto, Cross, el pobre diablo, siempre dominado, tanto por su esposa como por Kitty, se trata pues, de un mequetrefe, capaz de creer todo lo que la mujer fatal le diga, enceguecido, idiotizado, dispuesto a casarse con la mujer que será su perdición. La secuencia máxima, el epitome de toda la película, y la más interesante sin duda alguna, es la secuencia en la que Cross pierde el juicio, viviendo en una suerte de bodrio, un cuartucho, solitario, con su físico y su psiquis deteriorados, arruinados, donde tiene lugar su desquicio final, las luces van y vienen, reminiscencias y voces de los muertos le atormentan, es una poderosa secuencia en la que se siente muchísimo del expresionismo que corre por las venas de Lang, es un expresionismo en tierras yanquis, y actuado por Edward G. Robinson, son instantes ciertamente estupendos. Secuencia delirante, que reemplaza el onirismo y el final feliz de La Mujer del Cuadro, ahora por la máxima caída de la víctima, su degradación y decadencia llegaron al clímax, la descomposición se ha consumado, el artista frustrado es un lunático, un harapiento vagabundo que divaga sin sentido por las calles, clamando ser el asesino de Kitty, en la última miseria, y con el simbolismo de ser confrontado a su máxima obra, el retrato de ella, que se vende a altísimas cifras, mientras ya es tarde Cross, pues él, y su vida, han sido arruinados. Es un imperdible ejercicio de film noir, una de las mejores películas de Lang en Norteamérica, elenco notable, director notable, una cinta necesaria.








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