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domingo, 25 de marzo de 2012

Sostiene Pereira (1995) - Roberto Faenza

Muy interesante cinta la que nos presenta el director italiano Roberto Faenza, enmarcándose dentro de las cintas que denuncian los abusos de los regímenes totalitarios en Europa, causantes de muchos crímenes, injusticias, y que la mayoría de las veces se queda en el ámbito clandestino. Nos ubica el director en tierras portuguesas, en Lisboa, durante los años en que imperaba en España el franquismo, y en ese marco nos narra la historia de un singular periodista, Pereira, un escritor de artículos comunes de acontecimientos ordinarios para un periódico local, obsesionado con el tema de la muerte, al que de pronto se le asigna la responsabilidad de escribir la columna cultural del medio de comunicación, una responsabilidad para la que se aliará con un joven graduado de filosofía, cuyo amor y convicción por la vida, y su pasión juvenil, además de su revolucionaria esposa, le traerán más de un problema al periodista, produciéndose choques con las autoridades a cargo de mantener el régimen. Para interpretar a Pereira, el director tiene el acierto y a la vez el privilegio de dirigir a un actor con letras mayúsculas, el genial Marcello Mastroianni, entrado ya en años, que caracteriza a este peculiar individuo, y además participa también el muy correcto actor francés Daniel Auteuil, como un doctor que se vuelve médico y amigo de Pereira. Buena historia, buena dirección, y sobre todo, buenos actores, para configurar una agradable cinta, una decente muestra de cine europeo finisecular.

         


Al periodista Pereira, personaje que piensa mucho en la muerte, y de lo inevitable que es, usualmente encargado de escribir artículos cotidianos, el director del periódico donde trabaja le asigna que se haga cargo ahora de la sección cultural. Busca un colaborador para esto, llegando donde un joven estudiante, recién graduado de filosofía, Monteiro Rossi (Stefano Dionisi), al que contrata, y conoce también a su mujer, Marta (Nicoletta Braschi), impulsiva e intensa dama, que está en contra del totalitarismo imperante en Lisboa, de la violencia y muerte, y los tres celebran la nuevo alianza laboral. Pero al comenzar a escribir los artículos, el joven demuestra más ímpetu que cabeza, deja entrever marcada subversión en sus escritos, y en más de una ocasión se le pide rehacer el artículo, y en sendas oportunidades incluso pide anticipos. Por su parte, a Pereira le nace cierta inquietud por denunciar la violencia diaria en su columna. Poco después, Montero Rossi lleva desesperado a un primo suyo a la casa de Pereira, el primo viene de pelear contra republicanos, y necesita un lugar donde esconderse, a lo que Pereira accede, mientras rechaza a una Marta que intenta volverlo a su causa, fogosa revolucionaria. Debido a su sobrepeso, y a cierto deterioro de salud, Pereira se trata con un prestigiado doctor, el Doctor Cardoso (Auteuil), a quien narra sus últimas experiencias y problemas, incluso intimidades.



Cardoso admira a Pereira, tienen gustos literarios e intelectuales comunes, se hacen buenos amigos, hablan de filosofía, de la juventud y la revolución, y Pereira se somete a terapias de agua y algas, cambia de dieta, y logra adelgazar. En las calles, las acciones represivas continúan, recibe noticias de Monteiro Rossi, mientras Marta ha transformado su apariencia para pasar desapercibida, pero mantiene la fuerza de sus pensamientos. Al confesarse, el religioso Pereira encuentra que incluso el sacerdote está en contra de cómo el Vaticano manifestó apoyo al franquismo, y el periodista continúa viéndose con su buen amigo Cardoso; continúan sus tertulias, pero éste debe partir a Francia, las cosas en las calles solo empeoran, e incluso el director del periódico llama la atención a Pereira por el notorio tono subversivo de algún artículo publicado. De pronto, Monteiro Rossi regresa, en el frente, su primo fue capturado, él escapó milagrosamente, Pereira lo esconde, y nota que su filiación política tiene mucha influencia de Marta. Entonces allanan su vivienda las corruptas autoridades, policías matones que registran la casa, golpean a Pereira, y golpean a Monteiro hasta matarlo. Conmovido, Pereira hace un inteligente truco, y consigue que la noticia sea editorial en el periódico, todo el país lo leerá, y él camina tranquilo, sabiendo que colaboró a algo importante -o al menos eos piensa-, pues el pueblo tiene que saber.



Agradable cinta que desfila dentro de las películas que denuncian los regímenes totalitaristas, y es así que se nos representa la historia de los días en el que el virus del franquismo y el fascismo azotaba España e Italia, con directa influencia en Portugal. Lisboa, específicamente 1938, violencia, muertes a menudo por el mero hecho de protestar son cosa rutinaria, la libertad de expresión es temeraria, son los días de terror por las masacres franquistas, todos envueltos en silencioso temor. La situación no deja indiferente a nadie, y la cinta retrata incluso la reprobación del clero en sus estratos bajos, un sacerdote sabe del apoyo público del Vaticano al franquismo, reprueba el religioso a su propia autoridad, sabe que está mal apoyar a los asesinos totalitaristas, al tiempo que Mussolini los apoya también con armas. Se cita a ilustres artistas conocidos por su filiación revolucionaria y libertaria, el gran García Lorca, Paul Claudel, Malachowski, grandes personalidades afines a la causa, en los años de los virus de los respectivos regímenes en cada país, condenando y atizando la represión y brutales crímenes, que quedan impunes. Es notable y agradable ver actuar a un ya maduro Mastroianni, con un sobrepeso artificial, siempre elegante, en un papel de hombre conservador, ávido lector, obseso con el tema de la muerte, uno de sus temas favoritos, al que le dedica buena parte de sus palabras, y es que parece disfrutar hablar de aquello. Tiene su lado religioso, confesándose, hablando con su difunta esposa, consultándole y narrándole los diarios eventos, su vida sufre un considerable giro cuando conozca a la joven pareja, su colaborador con su mujer, cuyas subversivas actividades lo acercarán al peligro represivo. Es bueno además ver a Mastroianni compartiendo escenas con Auteuil, un actor bastante decente, serio, buen representante del cine francés contemporáneo. La cinta es un buen ejercicio de cine liberal, agradable canto contra la represión, materializado en la subversión que llega a la existencia de un inocuo y viejo periodista.



martes, 13 de marzo de 2012

El caballero rojo (2003) - Hélène Angel

La directora francesa Hélène Angel, de filmografía bastante reducida hasta el momento, se anima a realizar este ejercicio de cine épico, de cine de la época medieval, tiempos de los caballeros, de las Cruzadas, de los dragones y las leyendas. Angel nos introduce en el personal universo del legendario caballero elegido por el Dragón Rojo, que ha sobrevivido al fuego del fantástico animal, siendo dotado de esta forma con un halo de inmortal, de impenetrable, invencible guerrero; un notable guerrero que, sin embargo, se ha visto entremezclado en inciertas y oscuras situaciones. Siendo acusado de asesinar a una mujer, es ahora prófugo, y deberá resolver muchas interrogantes de su propio interior. La realizadora pone en práctica una correcta puesta en escena, y para representar al caballero del título, recluta a un actor francés contemporáneo que hace rato está haciendo bien las cosas, Daniel Auteuil, un serio representante del cine de su país, que decentes trabajos nos ha entregado en las décadas recientes, siempre cumplidor. Encarnará al singular combatiente, que recibe la visita de un adolescente, admirador suyo, que quiere seguir sus pasos, y será una suerte de ayudante y escudero suyo mientras busca a un famoso poeta. Tiene algunos atractivos momentos la película, logra en algunos pasajes de su metraje un agradable tratamiento, y termina por ser una aceptable muestra de cine europeo contemporáneo.

       


Inicia la cinta con un primer plano de una flor roja, e inmediatamente después, vemos a un hombre con el rostro en llamas, y todo el cielo invadido por un impresionante rojo intenso. Una voz femenina en off nos cuenta que se trata de Guillaume de Montauban, el caballero elegido por el Dragón Rojo, bendecido personaje que además rescató a un amigo del fuego del animal, en los días de las Cruzadas. Después, Félix de Sisteron (Nicolas Nollet), es un joven que busca al fantástico animal, y casi sin querer, elimina a un caballero que se burla de su intención, adentrándose en un bosque plagado de cadáveres humanos, se interna luego en una cueva, donde hay otros jóvenes como él,  observan unas pinturas de la cueva, y creyendo en lo que hace, llevan a Félix a ver un cadáver. En medio de la sangrienta carnicería de los cuerpos, una figura se mueve, persigue y elimina a los incrédulos jóvenes, se trata de Guillaume de Montauban, a quien Félix reverencia. Le pide además que lo acoja, le permita acompañarlo a donde sea, pues quiere seguir sus pasos, el caballero le comenta que está buscando a Hugues, un músico, el poeta favorito del Papa, y avanzan juntos. A quien busca el caballero es a Hugues de Partuys, pero es entonces que aparece Micholas Mespoulède (Gilbert Melki), con otros guerreros, estos también están buscando a Hugues, este es un personaje destructor, que deja desolación en los lugares por los que pasa.



Aparece también en su camino un ser extraño, animalesco, identificado como Raoul de Ventadour (Sergi López), personaje del que se quiere responsabilizar a Guillaume y Félix, pero el caballero rápidamente se deshace de él. Reaparece poco después Raoul, y esa noche, increíblemente, frente a los ojos de Félix, se transmuta en un jabalí, Guillaume le dice que antes, él mató a la esposa de Raoul, y que desde entonces, por las noches se convierte en esa bestia. Entra en escena luego la monja Gisela von Bingen (Emmanuelle Devos), a la que encuentran en su camino. Están pues todos juntos, incluido Raoul, y Gisela cuenta a Félix la similar historia sobre la esposa del primero, y poco después, el fantasma de la propia difunta, Isabelle de Ventadour (Claude Perron), se la aparece al joven, y le habla de cómo Guillaume intentará matar a Raoul. Encuentran finalmente a Hugues de Pertuys (Titoff), con su mujer, que ha dado a luz. Por la noche, Guillaume ve también al fantasma de Isabelle, que le dice deberá matar a Raoul. Se encuentran con un numeroso grupo, vestidos de oscuras togas, que realizan ritos cristianos, Hugues huye con su hijo. Guillaume cuenta a Félix las circunstancias en que mató a Isbabelle. Raoul enloquece, ataca a todos los cristianos a su alrededor, feroz guerrero, elimina a muchos, pero es herido de muerte, y antes de morir, en brazos de Félix, perdona a Guillaume. Poco después, un desencantado y descompuesto Félix, fenece también, en una playa. Guillaume finalmente se bate a duelo con Mespoulède, venciéndolo en intenso combate, y termina quedando su existencia en la leyenda.



Termina de esta forma una cinta que tiene ciertos momentos de logrado magnetismo, de atractiva estética, y una de las secuencias más poderosas visualmente es sin duda el propio comienzo, empezando la cinta con intensidad, con poderosas imágenes viendo el rostro de un caballero en llamas, que se retuerce en el candente elemento que lo consume, mientras un potente y sanguíneo cielo teñido totalmente de rojo lo invade todo. De esta forma nos es presentado ese mundo épico, y narrado además el relato de la leyenda del caballero elegido por el dragón rojo, magnificándose el medieval mundo, dotando al relato de un halo fantástico, poderoso y potente, se siente pues el mundo de los días medievales, de la leyenda, de los caballeros. Es la expresión visual, la belleza plástica de sus imágenes, el punto más alto de la cinta, en la que la realizadora nos muestra un atractivo dominio y manejo cromático, los paisajes retratados, el verde prado combinado con un fuerte cielo azul, la blanquísima nieve que se toca casi con ese cielo también, montañas y nevados, esas imágenes paisajísticas plasman potenciado el cromatismo del mundo que nos muestra la directora. Asimismo, imágenes de atardeceres, también potentes visualmente, como ver a un sol perfectamente circular, un disco rojizo, sanguíneo y anaranjado, al igual que pálidas caídas del sol, y es que la intensidad, el fuego siempre es referenciado, aludido, inicialmente con ese indescriptible e intensísimo cielo carmesí, como la flor de la primera imagen, posteriormente con el rojo en el atrezzo, las túnicas de los cristianos por ejemplo, hay una constante referencia y presencia del elemento candente, de la pasión. En ese mundo, nos presenta a los protagonistas, en el que llama la atención Raoul, patético personaje, deficiente mental tras un evento que lo marcó, su mejor amigo elimina y empala viva a su esposa, con la maldición de convertirse en jabalí en las noches, y olvidarlo todo a la mañana. Su destino es ser eliminado por el gran caballero rojo. Y claro, el centro de todo es el caballero elegido por el dragón, el mejor caballero del mundo, que personifica una suerte de Sigfrido del clásico de los Nibelungos, un inmortal Sigfrido mediterráneo tras haber sobrevivido al fuego del dragón, ese fuego se apaga de su piel, pero permanece ardiente adentro toda su vida, termina su existencia volviéndose un mito, diciendo algunos que lo ven todas las noches llorar en la tumba de sus seres queridos. Termina así el relato de un mundo fantástico, medieval, de leyendas y dragones, de apariciones fantasmagóricas, un correcto ejercicio cinematográfico de la directora Hélène Angel.

 



martes, 31 de enero de 2012

Una Mujer Francesa (1995) - Régis Wargnier

Muy interesante y atractiva producción francesa, relato de los avatares de una mujer proveniente de dicho país, que se verá completamente sobrepasada por su desbordante libido, una lujuria que la envuelve y domina, de la que no se puede deshacer jamás, y por la que es capaz de poner en riesgo un matrimonio consolidado, y a sus hijos. La cinta es un viaje por la reconstrucción de una historia real, la reconstrucción de una fémina que formó parte de la vida del realizador, y que evidentemente dejó fuerte impronta en su persona, materializando dicha impronta en la película que nos ocupa ahora. El director Wargnier realiza pues una muy decente puesta en escena para narrarnos la historia de Jeanne, hermosa mujer cuya lascivia la descontrola, y aunque ella luche por dominarla, termina siendo sometida por su insaciable libídine. Correcta ambientación, correcto ritmo y tratamiento para las escenas de mayor intensidad, las que, por supuesto, están impregnadas de una poderosa sexualidad, la sexualidad de la atractiva Emmanuelle Béart interpretando a la mujer que arde en deseos carnales, una interpretación bastante decente y que es uno de los atractivos de la película. Acompañando a la guapa Béart se encuentra un actor francés bastante eficiente y distinguido, el buen Daniel Auteuil, que encarna al sufrido esposo de la mujer francesa, que luchará por mantener su unión, pero que, al igual que ella, se verá superado por una lujuria incontrolable, y que termina por llevar a su portadora a la muerte.

         


La acción se inicia con un matrimonio, una ceremonia que se está llevando a cabo, pero de pronto es postergada, detenida por el suegro, allí está Louis (Auteuil), hermano del novio. Louis tiene una relación con Jeanne (Béart), se besan, es la Francia de 1944, y un tren con prisioneros de guerra ha arribado. Louis debe partir a combatir, quedando ella sola, con noticias, tiempo después, de que él no vuelve. Después, el mensajero que le informa de todo, la seduce con una treta, y ella termina aceptando la seducción. Pero Louis regresa, encontrándose con la desagradable noticia de que Jeanne se ha fugado, con otro personaje, un alemán llamado Mathias Behrens (Gabriel Barylli). Pero la busca y la encuentra, y ella afirma que aún quisiera salvar su relación, él le cree y la perdona. Pasan los días, y ella está embarazada, tienen gemelos, y él prefiere omitir la duda de si son suyos realmente, acuerdan dejar todo, irse lejos, a Alemania, a comenzar otra vez. Pasan los meses, viven en Berlín, donde los franceses son depreciados, el comportamiento provocativo y caliente de Jeanne genera indignación en Louis, mientras ella queda embarazada por segunda vez. Cuando se acerca la hora del parto, Louis es interceptado por los alemanes, desapareciendo indefinidamente. Es en esas circunstancias que reaparece Mathias, la busca, pero ella pide que no la busque más, no quiere perder lo que tiene. El padre de Mathias muere, pasa un tiempo, la pareja se ha mudado a Nancy, Louis ha partido otra vez a la guerra, y otra vez Mathias vuelve a buscar a Jeanne, con quien vuelve a materializar el adulterio.



Continúan teniendo encuentros clandestinos, de sexo desaforado y muy caliente, Mathias está enamorado de ella, le pide que vivan juntos, que se vayan con sus hijos, y ella acepta. Pero cuando está partiendo, el hermano de Louis los detiene, y le quita a la prole, lo cual le causa sufrimiento. De pronto, Louis regresa, y vuelven a vivir juntos como si nada hubiera pasado, con los niños, parecen ser felices ambos, pero ella en el fondo está alterada. Pasa el tiempo otra vez, por influencia de ella, se han mudado de nuevo, ahora en Damas, ella se da por vencida, afirma a Louis haber luchado por dejar atrás ese capítulo en su vida, pero no ha podido olvidar a Mathias, lo ama, y pretende irse con él, presente también en una ruinas que visitaban. Se desencadena una pelea, en la que Jeanne, por defender a Mathias, deja malherido a Louis. Ye recuperado, Louis decide cortar todo, se va a Indochina, enviándole periódicamente dinero a Jeanne para los hijos, pero no ha habido divorcio, ella lleva una doble vida, descuidando a su prole mientras sigue manteniendo furtivo sexo con Mathias, pero éste le da a elegir, entre él y su familia, y ella finalmente se va. Nuevamente, Louis la perdona, están juntos, y también nuevamente, debe partir a la guerra, ahora a Argelia, mientras una voz en off informa que Jeanne tuvo más amantes, Louis más guerras, y después ella tuvo un malestar, feneciendo a causa de ello. Louis se queda solo preguntándose porqué murió, quizás por amor.



El director Wargnier pone punto final a su cinta, que está dedicada a una mujer de la vida real, inspiradora del drama, inspiradora de la historia de Jeanne, mujer cuya incontenible sexualidad la hace perder el control, y aunque no pierda ni a su esposo, ni a sus hijos, finalmente acaba perdiendo la vida, aunque en circunstancias algo inciertas. Provocativa cinta que tiene como motor de toda la acción a la hermosa Emmanuelle Béart, encarnando a la mujer que sí amaba, pero cuyo problema era que el sexo era más fuerte en ella que el amor, haciéndola arriesgar y tirar a la basura todo lo que tiene, incluida su familia. Su libidinosa y extraña condición es profundizada por su madre, cuando relata su bizarro nacimiento, considerándola como una aberración, pero Jeanne fue feliz a su manera, y la actuación de la Béart es estupenda, intensa, caliente, con fuertes dosis de erotismo durante la mayor parte del filme. Ella es la figura en la que reposa toda la sexualidad de la película, recurrente durante todo el metraje, y que dota a la cinta de candente atractivo, es la mujer de fácil excitación, explorada con deliciosa cercanía e intimidad en numerosas secuencias en las que la actriz se convierte en un objeto carnal más que provocativo, capaz de atraer a cualquiera, llegando al extremo de provocar el deseo, hasta en pleno trabajo de parto, del taxista que la transporta. Y la Béart se complementa notablemente con esa sexualidad, mujer tan hermosa como intensa en la cinta, sexo incontenible, salvajismos e instintos animalescos, donde lo más básico, el placer carnal, lo domina todo. Agradable realismo y desnudez en la presentación del drama, y un siempre eficiente Daniel Auteuil para complementar una cinta muy atractiva, y alguna secuencia interesante se ve de él sumergido en agua, pensando en el suicidio, denotando humillación y ansiedad. Buen ejemplo de cine francés contemporáneo, que reposa en dos buenos actores principales, y claro, en un buen realizador dirigiéndolo todo.





domingo, 29 de enero de 2012

Mi estación preferida (1993) - André Téchiné

El siempre interesante director francés André Téchiné nos presenta un muy atractivo filme que explora el complejo universo de la relaciones familiares, las ambivalencias que puede haber en los vínculos fraternales, y el paso del tiempo, la forma cómo el paso del mismo cambia todo, especialmente a las personas, dejando atrás la imagen de lo que alguna vez se fue. Téchiné realiza su singular ejercicio exponiendo los mundos personales de unos hermanos cuya relación se ha visto bastante alejada y erosionada durante el tiempo; muy cercanos cuando niños, los años han pasado, sus vidas han cambiado, e inevitablemente se apartaron, pero su relación se verá reactivada cuando la anciana progenitora de ambos enferme, y vaya perdiendo, primero la razón, y después la vida. La situación unirá, para bien o para mal, a los hermanos otra vez, desnudando los problemas que el paso del tiempo no ha borrado entre ellos, y también reavivando conflictos del pasado, pero pese a todo, expresando al final el fuerte amor que los une. La cinta está interpretada de manera excelente por la siempre hermosa y distinguida Catherine Deneuve, además de Daniel Auteuil en los papeles principales, y la calidad interpretativa de ambos, en especial de la bella Deneuve, dan realce definitivo a la película, que cuenta además con un no menor atractivo, la hija de un grande entre grandes, la hija del inmortal Marcello Mastroianni, Chiara, en su papel debut, dejando realmente buen sabor de boca, conformando todos un aporte actoral que se erige como uno de los principales alicientes de esta propuesta, que está dividida en cuatro partes o capítulos.

         


1, La Partida, vemos a una mujer madura que rememora experiencias pasadas con su madre, caminatas de sus años de infancia, y esto se produce debido a que su progenitora está de visita en su casa, es Navidad, y ella es invitada especial, aunque se muestra abstraída, hablando sola, y llamativamente inquisitiva. La madre está enferma, y con este motivo, la mujer, Emilie (Deneuve), va a ver su hermano, al que no ve hace años. Este personaje es Antoine (Auteuil), es neurólogo, a quien cuenta que su madre está delicada, aunque no es nada grave. Parecen no llevarse bien. Después, Emilie le cuenta a su esposo, Bruno (Jean-Pierre Bouvier), que invitó a Antoine para la cena navideña, cosa que no le sienta bien, pues lo considera inmaduro y problemático. 2, Paso en Falso, Antoine llega a casa, hay tensión, está nervioso e indeciso, encuentra en pleno acto sexual a Khadija (Carmen Chaplin), una colega de trabajo de los esposos, que laboran juntos, y Lucien (Anthony Prada), hijo adoptivo de la pareja. Al día siguiente, encuentra a su madre, que le cuenta detalladamente todo lo que no soporta de la familia de Emilie, está incómoda, desea irse. Durante la cena, la madre, Berthe (Marthe Villalonga), está a gusto con su hijo, mientras Bruno la soporta tan poco como ella a él. Ya terminada la cena, los jóvenes de la casa intiman, y una conversación sobre el testamento de Berthe desencadena una pelea física entre Antoine y Bruno, no llegando a nada sobre la herencia, y yéndose la madre con su hijo menor. Este problema saca a la luz las dificultades que atraviesa el matrimonio de Emilie, alejada de Bruno, herméticos desde hace tiempo, incomunicados, resuelven separarse. La más afectada es su hija, Anne (Chiara Mastroianni), que busca refugio en Khadija.



3, El Siguiente Paso, Berthe tiene un accidente, una caída, que es la segunda, Emilie otra vez es la primera en enterarse, busca a su hermano, no saben qué hacer respecto a su estadía, pero se reúnen, y en medio de vinos, se acercan, encuentran en su compañía un mutuo alivio como en ninguna otra parte. Dan paseos con su madre, algo arisca, pero juntos reviven viejas y alegres vivencias. Finalmente, la dejan en una institución para ancianos, y Antoine, al enterarse que está separada, lleva a su hermana a dormir a su casa. Después, Antoine visita a Anne, Khadija y Lucien, los jóvenes ahora hacen su vida a su manera, alejados de sus padres, ganándose el sustento en un club nocturno. De vuelta a casa, Antoine encuentra a una Emilie que no está del todo cómoda con la convivencia fraternal, pues la encuentra, a esas alturas, ridícula y anormal, pero siguen de esa forma. Cuando van a ver a su madre, se dan con la sorpresa que ya ha empezado a perder la razón y la cordura, Antoine enfurece, se la llevan de ahí, él mismo la examina, y los exámenes revelan que tuvo una hemorragia cerebral, los daños son graves. La más afectada con todo es Emilie, que está muy alterada, al punto de ser seducida por un extraño, tras lo cual se va de la casa de su hermano y regresa a su casa de matrimonio, vacía al estar Bruno de viaje. Un descontrolado Antoine va hasta la casa, entra por la fuerza y exige una explicación, tienen una fuerte pelea, en la que ella le recrimina culpabilidad por lo sucedido a su madre, se encaran viejos defectos y rencillas, odios y resentimientos. Impotente, él se auto lisia, quedando cojo, y finalmente Berthe muere, reuniéndose toda la familia para el velorio. En la secuencia final, la familia habla en una comida sobre sus estaciones favoritas, sus sentimientos, Emilie declama unos versos.



Es de esta forma que Téchiné pone punto final a su cinta, en la que realiza de primerísima mano un cercano estudio a una muy compleja relación fraternal, dos hermanos alejados ven cómo sus mundos vuelven a unirse al enfermar su madre, pero las cosas que encontrarán ya no son para nada como en otros tiempos. El cineasta francés se interna en ese mundo, donde Emilie es un ama de casa que se ha vuelto reprimida, amargada, insatisfecha con su vida matrimonial, y Antoine, un doctor que tampoco parece apreciar mucho su modo de vida. Ambos encontrarán alivio en el familiar que no ven en años, pero con el que nunca se deja de tener experiencias comunes únicas, haber crecido juntos, compartir cercanas anécdotas, pero este inesperado reencuentro también hará aflorar desencuentros, discusiones y viejos resentimientos, además también de nuevas e inesperadas circunstancias. A este respecto, es llamativo el nivel de ambigüedad que tienen los hermanos, sobre todo el deseo de posesión, casi carnal, de Antoine sobre Emilie, que es la única que detecta lo ridículo de la situación de hermanos adultos conviviendo juntos, las relativamente inciertas intenciones de su hermano, irresponsable, descuidado, engreído hijo menor, consentido de su madre. Ese nivel de ambigüedad estalla al no soportar ella más la situación, reproches que llevaban mucho esperando, acusaciones de odio a la madre, problemas del pasado, complicarán su situación, y Téchiné nos lo muestra con naturalísimo tratamiento, una especie de estudio psicológico en el que presenciamos las preocupaciones, complejos y tormentos que cada hermano tiene, en un acercamiento sutil y preciso a la intimidad de ambos. El lenguaje narrativo es mesurado, cosa correcta, dada la naturaleza del filme, rompiendo la linealidad y convencionalismo únicamente una secuencia onírica, sueño de Antoine, en la que alucina un sangriento suicidio de Emilie, denotando ansiedad. La secuencia final es la más bella narrativamente, y en la que la cámara es más excelsa que nunca, la comida familiar en la que todos comparten sus motivos de preferir tal o cual estación, revelaciones que nos hablan mucho del mundo interior de cada uno, justificando el título deliciosamente, todo mientras la cámara hace lo suyo, deslizándose por todos los ángulos tan delicada como excelentemente, explorando todos los rostros, expresiones, introduciéndonos aún más en su mundo, la movilidad de la cámara y la precisión de su travelling, de su recorrido, vuelven a la secuencia muy remarcable, expresiva, sensible y hermosa. Mención aparte merecen los protagonistas, una Catherine Deneuve tan eficiente y convincente como de costumbre, toda una señora actriz, Daniel Auteuil que cumple también lo suyo, y no se puede dejar de mencionar a Chiara Mastroianni, la hija del inolvidable Marcello, debuta en el cine con una serena y muy aceptable actuación. La cinta, pues, tiene numerosos motivos para ser vista, y muchos más para ser disfrutada.









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