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lunes, 16 de abril de 2012

Oliver Twist (2005) - Roman Polanski

Polanski había entrado ya al siglo XXI, y con arrollador éxito gracias a su El pianista (2002), en la que, pese al éxito cosechado, no hace más que dejar patente que es completamente otro director, completamente diferente al de siglo pasado. Una de las atribuciones conocidas del polaco fue su gusto a realizar puestas en escena de obras literarias, a llevarlas a la pantalla grande, no pocas adaptaciones realizaría, y en esta oportunidad se ocupa del inmortal clásico de Charles Dickens. Tras una decepcionaste década de los 80, la de los 90 sería más prolífica, pero ciertamente variopinta, donde resalta con nitidez la provocadora Lunas de Hiel (1992), para después ir poco a poco bajando el nivel, es su hasta ahora etapa final, en la que entremezcla proyectos de orígenes franceses, yanquis y británicos. El aspecto británico es el que sale a relucir ahora, con la adaptación del joven Oliver Twist, en la primera mitad del siglo XIX, huérfano que vive de las iglesias, de los orfelinatos, y que se ve inmerso en el mundo de los ladronzuelos, niños que hurtan diversos elementos, todos al mando del ambicioso y viejo Fagin, inescrupuloso sujeto que tiene atrapado al pequeño Oliver, no dejándole escapar de ese mundo de descomposición y perdición, pero del que finalmente podrá encontrar un alivio. Trabaja nuevamente Polanski con el inglés Ben Kingsley, a quien ya conociera una década atrás en La muerte y la doncella (1994), cumplidor dentro de un reparto que no brilla en demasía. Numerosas adaptaciones evidentemente tiene este clásico de la literatura, cada uno tendrá su favorita versión, y esta es una aceptable puesta en escena de Polanski, del nuevo Polanski.

     


Inicia la acción con el infante Oliver (Barney Clark), que es llevado a un hospicio, ha vivido siempre de las caridades de la iglesia, y los religiosos están cansados de eso. Llega el hospicio, donde trabaja con otros huérfanos, y donde el hambre es lo más amenazante, junto con malos tratos. Un buen día, por el mero hecho de pedir más alimento, es separado del grupo, se decide darlo a quien lo solicite, y está a punto de ir como ayudante de un deshollinador, pero Oliver, temeroso, ruega no le entreguen a ese sujeto. Logra evadirlo, y termina yendo con otro personaje, el señor Sowerberry (Michael Heath). El nuevo hogar tiene un negocio de funeraria, y come Oliver las sobras del can entre los ataúdes. Pero en el lugar, otro niño que ahí habita la hace la vida imposible, y tras pelear con él, Oliver escapa, camina mucho, hasta llegar a Londres. Sigue caminando, una anciana lo ayuda, y en un mercado conoce a otro niño, apodado Truhán, niño de la calle, que le enseña algunas cosas, y lo lleva a la casa donde habita, donde el viejo Fagin (Kingsley) se encarga de dirigir a muchos otros huérfanos callejeros. Ellos roban astutamente pañuelos, relojes, etc., de los bolsillos de los transeúntes, se les enseña a perfeccionar el robo, en una casa donde solo hay dos mujeres, entre ellas Nancy (Leanne Rowe).





Sin embargo, ya en la calle, realizando un robo, es aprehendido, pese a que solo observaba, el juez lo condena, pero el agraviado, el distinguido señor Brownlow (Edward Hardwicke), atestigua que él es inocente. Se lo lleva a su casa, una fina residencia, y cuida de Oliver, lo limpia y viste muy bien, lo cree un buen chico, pero la gente de Fagin, entre ellos Bill Sykes (Jamie Foreman), lo acechan. Un día, mientras hace una diligencia para Brownlow, Bill y Nancy recapturan a Oliver, lo llevan donde Fagin, se dividen el dinero, libros y finas ropas que su protector le había dado, pese a que Nancy se compadece y lo defiende. Bill hostiga a Oliver, y prepara un nuevo golpe, a la casa del propio señor Brownlow, y durante el allanamiento, Oliver intenta alertar al caballero, pide auxilio, pero es herido de bala por Bill. Nancy se compadece genuinamente de Oliver, incluso contacta a Brownlow para que lo ayude. Bill mata a golpes a Nancy, y él y Fagin son buscados por la policía. Finalmente lo encuentran por su enorme perro, Turco, la policía y una muchedumbre lo persiguen, y al huir por los tejados, termina ahorcándose a sí mismo. Oliver se queda con el señor Brownlow, y tiempo después, va a ver a Fagin, recluido en un manicomio, desquiciado.




De esta forma el realizador polaco muestra el vistoso mundo inglés del siglo XIX, y ya con toda la experiencia de quien ha recreado en anteriores oportunidades mundos de otra época, configura una recreación muy decente de aquellos años. Así, con su conocida habilidad y extremo detallismo, reconstruye el Londres en su inicio victoriano, caóticas ciudades, repletas de gente, de malandrines, robos, mayormente perpetrados por rapaces que practican el pickpocketing, robar de los bolsillos sigilosamente; es un bajo estrato al que Polanski nos crea la ilusión de volver con su correcta recreación, tanto en las vestimentas, así como las calles, las estructuras, los edificios, toda esa sapiencia suya, sumado a el acceso ya a presupuestos más fuertes, permiten a Polanski hacer una muy decente reconstrucción de aquellos años en Inglaterra. Son épocas de austeridad, en donde las iglesias ofrecen unas libras junto con niños, la alarmantemente creciente cantidad de vagabundos, y de niños particularmente, los vuelve un lastre, y la iglesia los regala cual mercancía, mientras las autoridades esnifan cocaína en plena luz del día, a las puertas de los hospicios, auténticos infiernos, igual que la ciudad; es un ambiente caótico. Algún momento interesante ofrece por supuesto el director, como unas agradablemente sorpresivas imágenes bucólicas, cromatismo de naturaleza relativamente desconocido en Polanski. Veremos unos bellos y verdes a más no poder prados por los que Oliver camina, rumbo a Londres, muestra con belleza esa brillante naturaleza, y lo hace con encuadres muy inteligentes, que se aprecian también en imágenes más grises, por supuesto, menos brillantes, es decir menos luminosos, pero con la misma excelente composición: días grises, puestas de sol también, en la que se demuestra lo impecable de la fotografía, uno de los puntos fuertes del filme. Además esto se manifiesta también en unas fulgurantes imágenes tipo postal, notables planos generales de las más características estructuras londinenses.






Es ese el bello pero bizarro universo en el que se desenvuelve Oliver, un infernal mundo del que no hay encape, en el que está atrapado en la podredumbre, en la miseria, en la desgracia, donde la escoria humana lo aparta de las mejores oportunidades que se le dan. Ese mundo lo conforma, para empezar, Bill, el despreciable infeliz, el peor de todos, sórdido asesino, insoportable ladilla, que hace la vida imposible a Oliver, y al que se le ve con el detalle del enorme cánido, un gran bóxer albino, el Turco, causante de su captura por la policía. Está además, por supuesto, Fagin, el viejo encargado del cuchitril de los rapaces, el que, pese a todas las desgracias, nunca fue excesivamente tirano con Oliver, y él sabe apreciar eso, cuando va a ver a un malogrado y descompuesto Fagin al manicomio, perdió el juicio, su decadencia se consumó; en este apartado considero que el mejor aporte a nivel actoral es, con distancia, el de Ben Kingsley, con su remarcable interpretación del mañoso y literalmente retorcido viejo ladino, con todos sus tics, registros y modulaciones. Es el que más nos convence de su personaje, añoso y condenable sujeto, una de las mejores interpretaciones que he visto de este decente actor británico, ya conocido para Polanski. Director gustoso de las adaptaciones cinematográficas de obras literarias, el realizador polaco materializa esta muy sobria y notable muestra de ello, hace gala del dominio en el área que tiene, y aunque ya no colabora su habitual Gérard Brach en el guión, configura un apreciable ejercicio que, empero, consolida la imagen del Polanski contemporáneo, muy alejado del sórdido y desenfrenado genio de décadas pasadas, sin que esto imposibilite, claro, que realice obras respetables. Segunda película del siglo XXI para el realizador, que despidió de la peor manera el siglo XX con la indecible La novena puerta (1999), para luego subir el pistón y realizar una cinta ineludible para el director, donde plasma mucho de su propio infierno de niñez, El Pianista (2002). Es otro Polanski ya, su forma más oscura va quedando paulatinamente atrás, cosa lamentable, pero el desarrollo del cineasta viene tomando estos rumbos, y sin esa bizarría, hay que hacer cierto esfuerzo por descubrir nuevas bondades en el polaco; esto es, para los conocedores del mejor Polanski, pues los no entendidos del tema ni siquiera lo notarán.





sábado, 14 de abril de 2012

La muerte y la doncella (1994) - Roman Polanski

Dos años después de la excelente y arrebatadora Lunas de hiel (1992), el genial director polaco vuelve a la carga, y vuelve con más de lo suyo, de lo que él muy bien sabe hacer. Polanski adapta la obra de teatro del dramaturgo chileno Ariel Dorfman, en la que se nos narra la turbulenta e inverosímil historia situada en un país sudamericano no identificado, donde está imperando una dictadura, con toda la represión y clandestinos eventos criminales encubiertos que esta tipo de régimen conlleva, y en el que una ama de casa traumatizada y con una oscura experiencia a cuestas, casada con un eminente abogado, experimentará una situación de pesadilla. Un buen día su esposo llevará a casa un personaje, un sujeto que ella está completamente segura fue quien organizó y llevó a cabo una gran golpiza, con violación incluida hacia ella, y se decide determinadamente a realizar su personal concepto de justicia con su agresor, mientras va convenciendo a su inicialmente incrédulo esposo, vinculado a las altas figuras gubernamentales de ese entonces. Protagonizada por Sigourney Weaver, Ben Kingsley y Stuart Wilson, es un buen ejemplar del cine de Polanski, y sin llegar a alcanzar el nivel de sus películas cumbres, de sus obras maestras, mantiene el tipo y la dirección del cine que todos conocemos del polaco, en una década que será más bien irregular dentro de su filmografía.

      


Inicia la cinta con una pareja de esposos que observan un cuarteto de cuerdas, se representa la pieza La muerte y la doncella de Schubert. Es un país no especificado en Sudamérica, una dictadura se está imponiendo, en la que el presidente vigente, Romero, ha organizado una comitiva para investigar la violencia y asesinatos cometidos en el lustro de 1975 a 1980. Paulina Escobar (Weaver) se entera de todo por la radio, y resulta que su esposo, amigo del presidente, estará a cargo de la investigación. Hay un apagón, llega su marido, Gerardo (Wilson), afirma tuvo un accidente en el camino. Poco después, llega a la casa el sujeto que lo benefició durante el accidente, el Dr. Roberto Miranda (Kingsley), que felicita a Escobar por su nombramiento en la comitiva, pero cuya sola voz y risa hacen que ella se aterrorice, y, acto seguido, empaca algunas cosas, toma dinero, y se marcha de casa en el auto de Miranda. Paulina se ha encargado de arrojar el auto del visitante por un barranco, y regresa a casa, ambos hombres duermen ahí, y noquea a Miranda, lo amordaza, maniata y amarra a una silla.




Ella le pone la mencionada música de Schubert, dice que recuerde, que él la agravió en el pasado, que reconoce su voz, risa y hasta su olor. Al despertar su esposo, intercede por el prisionero, pero ella, con un arma, maneja la situación, afirma que Miranda la torturó y ultrajó hasta en 14 oportunidades, detalle que Gerardo ignoraba. En privado le dice a su marido que quiere justicia, y al no poder violarlo de manera apropiada, quiere obtener una confesión de Miranda, quiere grabarlo confesando su crimen. Gerardo deberá encargarse de convencerlo a que confiese, los esposos pertenecieron en su juventud a un periódico liberal, donde sus identidades eran secretas, y poco a poco va creyendo a su mujer sobre Miranda. Ella se decide a eliminar a Miranda si no opta por confesar, el prisionero entonces, acepta lo solicitado, confesará, es liberado. Miranda escribe una declaración que asevera es inventada y es guiado paso a paso mientras se le graba hablando. Entonces, en un descuido, Miranda intenta tomar el arma, se desata una pelea, tras la cual lo llevan al mismo barranco a eliminarlo. Tras una sorprendente y genuina confesión de Miranda, Paulina termina por perdonarlo, los esposos no son capaces de matarlo.



Nuevamente Polanski nos da más de lo que mejor sabe hacer, un cine de angustia, de demencia, de situación donde la tensión se siente, es abrumadora, con sus personajes turbulentos y atormentados que tan bien sabe retratar el realizador. Comienza mostrándonos a la protagonista, Paulina, en su singular desenvolvimiento hogareño, sirviendo sus alimentos y comiendo con las manos, comiendo en un pequeño cuarto, casi recluida, en el suelo. Es una mujer singular, y para que la conozcamos mejor, también la vemos, tras quitarle la comida de la mesa a su esposo, arrojándola a la basura, y a continuación la figura de éste recogiendo el pollo del tacho de desperdicios, y comiendo. Pronto nos introduce en el drama, ella ha tenido una traumática experiencia, algo de su pasado la atormenta en el presente y esto hace nacer un conflicto con la nueva posición que su marido ha obtenido. Es retratada rápidamente como una mujer muy atormentada, turbulento personaje, y la Weaver hace un muy correcto trabajo en su interpretación, con una expresión grave, la mirada perdida, o, en todo, caso, la mirada en otro tiempo, como si estuviera observando en tiempo real lo que le sucedió. El misterio rápidamente es engendrado, ella amordaza y amarra a un extraño, algo ha sucedido, el espectador no lo sabe, solo ve a la arrebatada y aparentemente desequilibrada mujer clamando justicia, y materializando otra figura que habla de su peculiar persona, amordazando al extraño con su propia ropa interior, y lo golpea, tortura, y humilla, posteriormente encargándose de hacerlo orinar ella misma. Es pertinente señalar que Polanski, en los 90, ya se encuentra en su etapa de producción de colaboración francesa-británica-yanqui, en la que jamás utiliza actores de relumbrón, lo cual es correcto, y así vemos a la Weaver, norteamericana, y al británico Ben Kinglesy, ambos actores más allegados al ámbito hollywoodense, pero siempre de perfil bajo -al menos hasta entonces-, de algunas interpretaciones en ciencia ficción (la serie de Aliens, por la fémina, Species (1995), por Kinglsey), alejados de alguna forma de los decadentes ejercicios más comerciales yanquis, y ambos entregan actuaciones muy sólidas y decentes.






Una de las secuencias más vívidas es la de Paulina narrando con lujo de detalles bizarros sus reminiscencias del ultraje, con la cámara que hace un primer plano captando todo el sufrimiento y horror que transmite el rostro de la Weaver, un momento en el que el esposo es dejado completamente en segundo plano, ella es todo. Es una situación demencial la que impera durante casi todo el metraje, pues aunque ella dice estar completamente segura y con certeza de que él es su violador, nunca sabemos a ciencia cierta que así sea, los detalles y las coincidencias eventuales son incriminatorios -la cinta con la melodía del genial maestro Schubert, su gusto por citar a Nietzsche, cómo supo que la ataron con alambres y no cuerdas-, incluso van intensificándose en su certeza, más no hay una prueba irrefutable, alguna señal incontestablemente en contra del prisionero, que no podemos definir, hasta el final, como un monstruo aberrante, o como una mera victima más de los horrores de la dictadura y los crímenes siempre presentes en este tipo de régimen. Vuelve el estupendo polaco a sus raíces, y, como hiciera en sus iniciales y magnificas obras inmortales, El cuchillo en el agua (1962), Repulsión (1965) y Callejón sin salida (1966), recrea todo el universo demencial de la cinta, en espacios mínimos, nuevamente el cine de reducidas locaciones. Toda la carga ambiental logra ser otra vez “comprimida” a una menor locación, un thriller intenso que se desarrolla únicamente en una pocas paredes, y la verdad es que ese espacio físico basta y sobra para que se dé rienda suelta al genio de Polanski. Nuevamente además tres personajes son los que entretejen toda la demencia, dos hombres y una mujer, es como ver una re versionada del Polanski de sus inicios, utilizando mínimos recursos, pero sacando partido a su especialidad, generar una atmósfera sórdida, bizarra, demente, un ambiente de locura en el que no se sabe qué esperar. Solamente esa patética y final confesión genuina, redimirá al aberrante doctor, encargado de mantener vivas a las mujeres, pero dejándose llevar por el carnal deseo; ante eso, el odio y deseo de venganza de la mujer desaparecen, siente de alguna forma que su castigo ya está ahí, él mismo ha creado el infierno en el que tendrá que vivir el resto de sus días. La cinta es cerrada de excelente forma por el realizador, la pareja nuevamente en la ópera, frente al cuarteto de cuerdas que toca la pieza musical que da título al filme, mientras observan al depravado doctor que cambió sus existencias para siempre, con esa poderosa imagen multiplicada por el contrapicado, y enaltecida por la música del genial austriaco, hacen una símil secuencia que apertura y finaliza la cinta. No es lo mejor del director, no alcanza el nivel de sus mejores obras, pero es un muy buen ejercicio el presente thriller, y el que admira y conoce bien la obra del realizador polaco, mucho sabrá apreciarla.










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